Anciano ya, el Apóstol Juan fue rescatado de la isla de Patmos y llevado a Éfeso donde le esperaban ansiosamente muchos de los que luego serían sus más fieles adeptos. Por aquellas fechas Éfeso se había olvidado un poco de las enseñanzas de los Apóstoles y se entregaba alegremente a los ritos paganos. La diosa Artemisa (Diana) recibía homenajes constantes, y el error y la disipación volvían a apoderarse de la ciudad. Donde hacía unos años tan sólo, hablaba el Apóstol San Pablo y se destruían los ídolos, volvía ahora a inmolarse víctimas a las representaciones impuras. El Apóstol Juan clamaba, poseído de santa indignación, rogando para que la luz ahuyentara las tinieblas. Y dándose cuenta de que su vida se extinguía, se daba prisa por terminar su Evangelio repleto de Palabras maravillosas...
<<En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros...>>
La voz del anciano Apóstol, torrente de claridad y de amor, acalló a la diosa Artemisa, y desde entonces el Evangelio de San Juan nutre al pueblo cristiano, resonando por los siglos de los siglos. Según muchas autoridades, murió Juan, serena y alegremente, a la edad de cien años y cuando en Roma reinaba el emperador Trajano. Fue enterrado en Éfeso, según el testimonio de Policrato. Su tumba alcanzó gran celebridad, y sobre ella se construyó una iglesia denominada Apostolicon. La aldea se reemplaza hoy a la antigua Éfeso, lleva el nombre del Apóstol teólogo.
Desde su origen, la opulenta Éfeso fue consagrada a Artemisa, la indómita virgen hermana de Apolo y diosa de la Luna y de la caza, llamada Diana entre los romanos. Numerosos sacerdotes y una nutridísima congregación de jóvenes sacerdotisas rendía culto a Artemisa, en diversos templos, suntuoso y asiduo culto para impetrar sus favores y protección.
La ciudad de Éfeso estaba en aquel entonces enmarcada por un paisaje incomparable: masas rocosas de rojizo colo y extrañas y atormentadas formas, alternaban con suaves colinas cubiertas de grises olivares, mientras todo descendía en amplias graderías hasta la playa cercana. Prosperidad y dicha respiraba la vida en Éfeso. Quizá por esto, los efesios juzgaron que no habían hecho bastante para agradecer a la diosa Artemisa su protección y amparo. Y para demostrar agradecimiento a los constantes favores, el año 620 antes de J.C. resolvieron elevarle un templo que fuera mayor y el más bello del Mundo, una verdadera maravilla.
No tardó en trazarse el proyecto de la magna edificación. Pero cuando estaban a punto de realizar los planos, surgió la duda de no saber qué clase de materiales emplearían en la construcción del templo. Mas cuando los arquitectos se hallaban en esta encrucijada, un hecho casual vino felizmente en su ayuda y resolvió el problema que tanto les preocupaba.
Se cuenta que cuando cierto día el joven pastor Pixadore se hallaba en la montaña al cuidado de su rebaño de carneros, vio que dos de ellos se enzarzaban de pronto reñido por un duelo. Sus encontronazos eran cada vez más violentos, dando la impresión de que se trataba de una lucha a muerte.
De súbito, en plena pelea, uno de los carneros contendientes se desvió, quizá cegado por el ardor del combate, yendo a dar con sus cuernos en la roca cercana, de la que arrancó un pedazo. Muy sorprendido, Pixadore recogió el fragmento. Pero su asombro no tuvo límites cuando vio que era de mármol magnífico, resistente como el hierro y brillante como la nieve que reverbera bajo los rayos solares. Sin preocuparse lo más mínimo de su rebaño, corrió el pastor a Éfeso con el afán de mostrar su hallazgo a los magistrados y arquitectos. Aquel mismo día se realizó un sondeo en el lugar indicado por Pixadore, y se halló un yacimiento inmenso de mármol espléndido y nunca visto.
Fue una solución providencial, porque de allí se extrajo toda la piedra empleada en la construcción del magnífico templo de Artemisa, la obra que en la Antigüedad <<superó toda otra construcción humana>>. El grandioso monumento fue construido con la participación de todos los pueblos de Asia Menor, que depositaron en él sus tesoros para salvaguardarlos de eventuales saqueos. Se elevó en el centro de la ciudad de Éfeso, sobre una meseta artificial que se improvisó para que destacará más. Daba acceso a esta maravilla del arte helénico una monumental escalera bordeada de ricas estatuas por ambos lados...
La construcción del templo se inició hacia el año 540 antes de Jesucristo y se concluyó 120 años después. Todo el edifico, desde la base a la cúspide, era enteramente de mármol blanco. Cuentan algunos escritores que lo admiraron la fascinante impresión que producía, de modo especial durante las noches cuando la luz de la Luna, es decir, de Diana misma, arrancaba fantásticos fulgores a la maravillosa obra. No es de extrañar, pues, que los efesios se sintieran orgullosos de tener en su ciudad aquel templo, que ninguna otra ciudad hélenica había sabido levantar con tanta magnificencia en honor de Artemisa, su divinidad tutelar.
A la entrada de templo, sobre un enorme pedestal, elevándose la estatua de la diosa. Era de oro macizo. Medía unos cinco metros de altura y de hallaba de pie sobre un carro tirado por dos enormes serpientes aladas. La creencia popular la reputaba como caída del cielo, y ese origen mítico le valió la supersticiosa veneración de todos los pueblos de la antigua Grecia. A diario llegaban a Éfeso, desde los más lejanos lugares, numerosos peregrinos ansiosos de venerar a la diosa.
Con ocasión de las grandes fiestas anuales que en honor de Artemisa (o Diana) se celebraban, las calles de la ciudad presentaban durante varios días una animación extraordinaria. Era de ver entonces a los príncipes y grandes señores, a los generales y ricos mercaderes, fraternizar con los humildes campesinos y los artesanos modestos, movidos todos del mismo sentimiento religioso que les impulsaba a venerar a la divinidad. Las fiestas duraban por lo general una semana. Durante estos días, Éfeso se convertía en el eje y centro de toda Grecia. Con motivo de tales fiestas, se celebraba una solemne procesión que recorría las calles de la ciudad y constituía uno de los acontecimientos más espectaculares y sugestivos de aquella lejana época. He aquí cómo lo describe un testigo presencial:
<<Desde muy temprano, casi en las horas del alba, comenzaban a formarse a las mismas puertas del templo. Abrían la marcha tañedores de flauta y de cítara; seguían guerreros armados de lanza y escudo y la caballería, en perfecta formación y uniforme de gala, con sus jefes a la cabeza.>> Y después avanzaba, con majestuosa pompa, el carro de Diana, tirado por bueyes, mulos y perros blancos. A ambos lados del carro tenían su puesto los sacerdotes de todas clases dedicados al culto de la diosa, los cuales, de tiempo en tiempo, cuando cesaban de tocar los músicos, entonaban himnos laudatorios...
Conducidos por los sacrificadores venían seguidamente, en rebaño, los animales destinados al sacrificio solemne con que daba fin la ceremonia: toros de dorados cuernos y becerros ceñidos con floridas guirnaldas y cintillas de vivos colores.
A corta distancia marcaban los ancianos de blancas barbas, portando ramas de olivo, y después los ofrendantes de los más ricos presentes. Seguían aún jóvenes de ambos sexos, con flores y frutos, y la masa del pueblo cerraba la marcha... Una vez que la procesión había recorrido las principales calles de la ciudad, regresaba al templo. Entonces regresaba la estatua de la diosa Artemisa a su pedestal y se alumbraban los altares para disponerlos al sacrificio y a la ofrenda.
Después de cumplidos sus deberes religiosos, los peregrinos emprendían el regreso a sus hogares, no sin antes entregar a <<la congregación de sacerdotes crecidas sumas de oro y plata para sufragar los gastos del culto>>. El santuario era, en realidad, obra colectiva de todos los griegos. Y gracias a sus "donativos voluntarios", procedentes de todas partes, pudo no sólo construirse tan magnífico templo, sino permitir también su suntuoso mantenimiento.
La Artemisa de Éfeso se distinguía de la griega en que, lejos de ser virgen, era una verdadera nodriza. La nodriza universal de todos los seres. Su acción fecundante alcanzaba a todas las formas de vida, tanto animal como vegetal. Su culto era de un fanatismo feroz, como lo prueba no sólo la mutilación de los sacerdotes e hieródulos adscritos a su servicio, que tenían que ser eunucos, sino los <<"sacrificios humanos">> y las sangrientas danzas guerreras que a menudo se celebraban en su honor (Adoración a las fuerzas oscuras).
La imagen de la Artemisa griega, en general, se la representaba bajo los rasgos de una cazadora joven acompañada de un perro o de una cierva. El tipo de Artemisa de Éfeso es completamente diferente. Se trata de esa curiosa escultura que representa a la diosa con una especie de corona en forma de torre o de cesto; un gran halo con adornos; infinidad de senos que le llenan todo el pecho; los brazos pegados al cuerpo hasta el codo, y luego abiertos en ángulo recto. De cintura abajo una especie de faja ceñida, hasta los pies, dividida en seis secciones circulares y llena de adornos, en relieve, con animales.
En realidad, el culto a Artemisa estuvo extendido en Asia Menor, pero siempre revistió caracteres sangrientos. Los efesios, como es de suponer, se sentían muy orgullosos de la magnificencia y suntuosidad de su templo. Es fácil imaginar, pues, su consternación cuando una noche corrió velozmente por la ciudad la pavorosa noticia de que el templo de Artemisa ardía en incendio.
Toda la ciudad acudió en masa a sofocar las llamas. No se consiguió nada. Los efesios, devorados por el dolor, no pudieron hacer otra cosa que asistir impotentes al siniestro.
Tan lamentable suceso ocurrió en el año 356 antes de J.C., la misma noche del nacimiento de Alejandro Magno, el famoso conquistador macedónico. Cuenta la leyenda que el incendio tuvo lugar mientras la diosa Artemisa estaba fuera del templo asistiendo en el parto a Olimpia, madre de Alejandro y esposa de Filipo de Macedonia.
Pronto supieron los efesios que el siniestro había sido provocado por un pastor de la ciudad, un oscuro demente llamado Eróstrato. (Un loco, como el bestia, que ha atropellado a muchas personas en una plaza de Alemania; ¿estaba temeroso de perder su empleo? ¿Es un suicida? o es ¿un fanático religioso... un terrorista integrista?). Al ser preguntado por qué había tenido la idea de incendiar el maravilloso monumento, respondió tranquilamente: <<Porque quiero que mi nombre pase a la posteridad>>.
Indignados los efesios por semejante hecho hicieron promulgar un decreto que prohibía, bajo pena de muerte, pronunciar el nombre del incendiario Eróstrato, a fin de borrar de la memoria de los hombres todo vestigio de recuerdo de la triste fama adquirida por aquel loco.
Sin embargo, aquella ley, a pesar de su severidad, no logró su objetivo, pues la Historia ha conservado el nombre del demente Eróstrato. Aún hoy son frecuentes en literatura las alusiones al incendiario, cuando se quiere designar con ellas a personas que cometen actos insensatos para alcanzar una vana popularidad.
Pasada la primera impresión, los efesios no tardaron en reponerse de su abatimiento y, con admirable entusiasmo y la ayuda más tarde de Alejandro Magno, emprendieron la reconstrucción del templo bajo la dirección de Dinócrates, el famoso arquitecto de Alejandría. El nuevo templo de Artemisa o Diana fue tan bello como el anterior. Según cuenta un célebre investigador, los fundamentos del nuevo santuario medían 120 metros de longitud por 80 de anchura. Todo el techo estaba recubierto de placas de mármol blanco, y 100 columnas de 20 metros de altura indicaban el camino que conducía hacia el interior del magnífico monumento, todo él lleno de cuadros, esculturas y multitud de adornos de oro.
Con cada vez mayor afluencia de peregrinos, tanto asiáticos como extranjeros, el templo se conservó esplendoroso durante cerca de quinientos años, hasta que los godos entraron en Éfeso, el año 262 de la Era Cristiana. Los bárbaros, emulando a Eróstrato, después de devastar la ciudad, saquearon el templo y lo incendiaron. Y en el siguiente siglo, hombres de corazón más duro que el mármol arrasaron lo que quedaba del maravilloso edificio, y así se perdió para la posteridad aquella maravilla del Mundo antiguo.
La identificación de Diana, la divinidad itálica que correspondía a la Artemisa griega, debió de comenzar probablemente antes del siglo VI antes de J.C. Pero la diosa original romana debió de ser, como la primitiva Artemisa, una diosa de la naturaleza salvaje. Cátulo la llama <<la dueña de las montañas y de los verdes bosques, de los calveros y desiertos, de los ríos murmurantes>>.
En definitiva, Artemisa o Diana no era sino el doble femenino de Apolo o Febo (el brillante). El carácter <<lunar>> de esta diosa acabará de probarlo de un modo evidente.
En 1.863, el arquitecto e investigador inglés J. T. Wood, guiado por las descripciones de Plinio y sobre todo por los relatos del Nuevo Testamento, se decidió, ayudado por el Museo Británico, a investigar sobre el templo de Artemisa, en Éfeso.
Su labor constante y su fe inquebrantable le llevaron al cabo de seis años al éxito de su empresa, encontrando el emplazamiento del templo de Éfeso, en el sitio del actual Ayasoluk. El hallazgo de una inscripción que hacía referencia a varias imágenes de Artemisa en oro y plata, ofrendadas a la diosa en el templo, señalando a la vez el camino que debían recorrer, hizo que Wood encontrase primero la puerta Magnesia por la que entraba en la ciudad.
Y a una milla de distancia, bajo una capa de siete metros de espesor y en un magnífico y soberbio piso adornado de esculturas, con zócalos y columnas, halló al fin los restos del antaño magnífico templo de Artemisa. Otro inglés, David G. Hogarth, treinta y cinco años después de Wood, encontró debajo del calcinado altar una gran cantidad de estatuas pequeñas de Artemisa en oro, bronce, plata y marfil. El templo de Artemisa en Éfeso, que los Apóstoles Pablo y Juan habían conocido, gracias al relato que se hace en los Hechos (XIX, 24-29) pudo adquirir una representación plástica merced del celo y tesón de incansables investigadores.
Apócrifo, desde el punto de vista etimológico, significa cosa escondida u oculta. Por eso, libros <<apócrifos>>, en un principio, eran aquellos cuya lectura servía a los iniciados. Posteriormente, su significado cambia de signo y pasa a ser <<apócrifo>> todo aquel libro sospechoso de autenticidad. Pero, dentro del cristianismo, alcanzó otra significación, designando a los libros sospechosos o poco recomendables. Aunque desde muy temprano ya se establecía la distinción, fueron los Concilios de Nicea y Laodicea los que se encargaron de dividir la literatura evangélica en dos corrientes bien diferenciadas: evangelios canónicos (inspirados) y evangelios apócrifos. Unos y otros constituyen un verdadero laberinto y no hay motivo para creer en la autenticidad de unos y la falsedad de los otros. Sobre todo si se tiene en cuenta que los consideramos apócrifos fueron publicados al mismo tiempo e incluso con anterioridad a los que hoy pasan por auténticos.
Por ejemplo, el evangelio canónico dice de María Magdalena, mujer penitente, muy arrepentida de sus pecados; especialmente dicen que fue la prostituta arrepentida pecadora. María de Magdala (aldea de Galilea), salvada de la lapidación por Jesucristo, y que luego "acompañó en el Calvario a la Virgen María y presenció la muerte de Cristo". (Nada más falso, María Magdalena no estuvo en el aquel monte Calvario junto a la Madre de Jesucristo, ni presenció la muerte de Jesús el Nazareno, hijo de la Virgen María y del Espíritu Santo). Además, según los evangelios, fue una de las mujeres que llegaron al sepulcro en las primeras horas de la mañana de Pascua para ungir el cuerpo y encontraron removida la piedra del sepulcro y éste vacío. Entonces lloró copiosamente al creer que el cuerpo había sido robado. El Papa Gregorio Magno (540?-604) la identificó como la hermana de Lázaro y Marta que bañó los pies de Cristo con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. (La Virgen María, se vio completamente sola, todos los discípulos abandonaron al Maestro).
De ella cuenta la Biblia que, tras abandonar su anterior vida de pecado, pasó el resto de su vida llorando amargamente y tratando de redimir sus pasadas culpas, cosa que debió conseguir si tenemos en cuenta que fue canonizada siglos después por la Iglesia.
La palabra Apócrifos, al margen de los paganos, se sobrentiende que hace referencia a los del Antiguo Testamento. Son libros de este último, los <<Apócrifos Neotestamentarios>>, los que constituyen el objeto de esta obra. Recoge cinco evangelios cuidadosamente elegidos entre los que hoy se conocen. El más extenso de ellos, El Evangelio Taciano, es el que mejor se aproxima a los considerados canónicos. Tres de los otros cuatro, el de Santiago, el de Santo Tomás y el de San Pedro, se encuentran entre los más condenados por las iglesias cristianas.
Jesús de Nazaret ha sido, indudablemente, el personaje sobre el que más se ha escrito desde San Pablo hasta nuestros días, lo que no establece ni su rigor histórico ni lo contrario. En torno a su figura, se plantean dos cuestiones aparentemente contradictorias: por un lado, según el Talmud, Jesús existió; por otro, el testimonio de los evangelios es históricamente nulo. Sobre lo primero, si un hecho ha merecido tantos estudios y tantas polémicas, es prueba inequívoca de que algo grande ocurrió; con la presencia física de Jesús o sin ella.
Sobre lo segundo, el Concilio de Nicea (año 325) fue clave, ya que en él se fraguaron los escamoteos históricos, los ocultamientos biográficos y los añadidos e interpolaciones que configuran el mito.
El mito fue el que creó los evangelios, sobre los cuales hay muchas dudas de que sean verdaderos documentos históricos. Estos parecen, más bien, el resultado de una tradición oral más tarde recopilada en los libros, sobre todo si nos atenemos al hecho de que ningún apóstol escribiera una sola palabra en los evangelios.
Lo cierto es que Antiguo y Nuevo Testamento, literaturas mayoritariamente concebidas en lenguas hebreas y griega, pronto encontraron sendas jerarquías religiosas(hebraica y cristiana, respectivamente). Estas adoptaron oficialmente estos libros y los dividieron en admitidos y rechazados, en canónicos y apócrifos, con la única finalidad de encumbrar unos y desprestigiar otros.
Pero conviene tener en cuenta que apócrifo no significa falso ni prohibido ni erróneo, sino cosa escondida u oculta, aunque para los cristianos tomara una nueva aceptación, significando libro sospechoso de herejía o poco recomendable.
Cuando se dividieron los evangelios en canónicos y apócrifos, la Iglesia sólo condenó lo que de herético pudiera haber en estos últimos, naciendo, a partir de ahí, dos tendencias: una, encabezada por San Jerónimo, partidaria de la supresión de todo lo que no fuera canónico; otra, menos radical, inclinada por el aprovechamiento de lo bueno que ofrecen los apócrifos (patrística oriental y San Agustín). Pero la Iglesia no se ha decantado por ninguna de las dos posiciones y sus recomendaciones son sólo de carácter privado.
Es verdad que, muchas veces, su fantasía se aproxima a la extravagancia y la puerilidad. Pero no es menos cierto que en ellos hay valores y datos aprovechables. Además, hay que considerar que fueron escritos al mismo tiempo, e incluso antes, que los que hoy pasan por inspirados, pues los primeros apócrifos datan de finales del siglo II y el núcleo principal oscila entre los siglos III y V. Aunque justamente los que parecen más antiguos son los catalogados como heterodoxos por los católicos, unos y otros constituyen un testimonio sin máscara de lo que aquellos cristianos pensaban sobre la figura de Cristo.
Los apócrifos del Nuevo Testamento, como los canónicos, se dividen en Evangelios, Hechos, Epístolas y Apocalipsis, siendo el primer grupo el que tiene mayor número de apócrifos neotestamentarios, se han elegido El Evangelio de Taciano, El Protoevangelio de Santiago, El Evangelio de Santo Tomás, El Evangelio de San Pedro y El Evangelio del Pseudo Mateo. Precisamente tres de ellos, el de Santiago, el de Santo Tomás y el de San Pedro, se encuentran entre los más condenados por las iglesias cristianas, católica, griega y protestante. El primero, el más extenso, fue escrito en el año 173. El de Santiago, que es una colección de narraciones dividida en tres partes, la tercera de las cuales parece añadida con posteridad, es de muy insegura datación. El Evangelio de Santo Tomás es del año 150 y puede ser una derivación del Protoevangelio. Del Evangelio de San Pedro se puede afirmar que existía ya antes de que acabara el siglo I, tratándose, de este modo, de uno de los documentos más antiguos del cristianismo, sobre todo si tenemos en cuenta el sentido gnóstico de su mensaje. Finalmente, El Evangelio del Pseudo-Mateo parece un arreglo del Protoevangelio, de datación desconocida, pero naturalmente posterior a éste, que, considerando lo dicho más arriba, es anterior al año 150.
Habiendo muchos intentado poner en orden la historia de estas cosas, que entre nosotros han sido verdaderas, como nos lo enseñaron los que desde el principio las vieron con sus ojos y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí (el autor), después de haber comprendido todas las cosas desde el principio con diligencia, escribírtelas ordenadamente, oh mi buen Teófilo, para que conozcas la realidad de las cosas en las cuales has sido enseñado.
Capítulo I: El Verbo de Dios. En el principio era el Verbo, y Dios era con él, y el Verbo era Dios. Todas las cosas por Él fueron formadas, y sin Él nada fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres. Y la Luz en la oscuridad resplandece. Mas las tinieblas no la entendieron.
Capítulo II: El sacerdocio de Zacarías. Hubo, en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote que era llamado Zacarías, casado con Isabel. Eran ambos justos ante Dios, pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y su edad avanzada. Sucedió que, ejerciendo Zacarías el sacerdocio ante Dios por el orden de su vez, como era la costumbre del sacerdocio, se le apareció el Ángel del Señor, puesto en pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se turbó y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo:
-Zacarías, no tengas miedo, porque tus rezos han sido oídos. Tu mujer engendrará un hijo, que llamarás Juan. Y tendrás gran alegría y muchos gozarán por su nacimiento. Porque será grande ante Dios. El Espíritu Santo estará en él desde el vientre de su madre. Y convertirá al Señor Dios a muchas gentes de Israel. Porque él irá primero, él con el espíritu y la virtud de Elías, y convertirá los corazones de los padres a los hijos y los reacios a la prudencia de los justos.
Y dijo Zacarías al Ángel: -¿Cómo conoceré ésto? Porque yo soy viejo, y mi mujer también. El Ángel le respondió: -Yo soy Gabriel y he sido mandado a hablarte y a darte esa buena nueva. Y he aquí que estarás callado, y que no podrás hablar hasta el día en que yo digo sea hecho, por cuanto no tuviste fe en mis palabras, las cuales serán cumplidas a su tiempo debido.
El pueblo estaba aguardando a Zacarías y todos se maravillaban de que se retrasase en el templo. Cuando salió, no les pudo hablar. Y comprendieron que había visto una visión en el templo.
Y él les explicaba por señas, y quedó mudo. Después de aquellos días, Isabel engendró.
Capítulo III: El Ángel Gabriel habla a María. Al sexto mes, el Ángel Gabriel fue mandado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, para que visitase a la virgen, desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. Y el nombre de la Virgen era María. Entrando el Ángel adonde ella estaba, le dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo y bendita serás entre las mujeres.
Ella, al verlo, se sobresaltó. Y el Ángel le dijo: -María, no temas, porque has encontrado gracia cerca de Dios. Concebirás y parirás un hijo, cuyo nombre será Jesús. Será llamado Hijo del Altísimo. Y será Rey de la casa de Jacob por siempre y su Reino no tendrá fin.
Entonces María le dijo al Ángel: -¿Cómo ocurrirá eso? Porque yo no he conocido varón. Y el Ángel le respondió: -El Espíritu Santo vendrá sobre tí y la virtud del Altísimo te dará su sombra, por lo cual lo que nazca de tu vientre será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que también Isabel, tu parienta, ha engendrado hijo en su vejez. Ella, la llamada estéril, ya cumple el sexto mes de embarazo, porque para Dios todo es posible.
Entonces María dijo al Ángel: -He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Y el Ángel partió de ella.
En aquellos días, se preparó María y fue a la montaña con prisa, a casa de Zacarías, y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó la salutación de María, su hijo saltó de gozo en su vientre y fue colmada del Espíritu Santo. Y exclamó: -Bendita eres entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y por qué la madre de mi Señor viene a mí? Porque cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura dio saltos de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le dijeron de parte del Señor.
Entonces María dijo: -Enaltezca mi alma al Señor y mi espíritu se congratule en Dios, mi Salvador. Porque se ha dignado mirar a la bajeza de su sierva, y he aquí que, desde ahora, será llamada bienaventurada todas las generaciones. Santo sea su nombre, y su bondad vaya de generación en generación a los que lo aman. El apartó a los poderosos de los tronos y levantó a los humildes. Y recibió a Israel, su siervo, como habló a Abraham.
María se quedó junto a Isabel durante tres meses. Pasados éstos se volvió a su casa.
Capítulo IV: Nacimiento de Juan El Bautista. Llegado el tiempo del parto, Isabel dio a luz un hijo, que fue llamado Juan, ante el asombro de todos sus vecinos. Hablaron a su padre por señas, para que dijese cómo quería llamarlo y, pidiendo la tablilla, escribió sobre ella: Juan es su nombre. Luego fue entreabierta su boca y su lengua, y bendijo a Dios. Cayó gran temor sobre sus parientes y sus vecinos, y en las montañas de Judá fueron dichas aquellas cosas.
Todos cuantos las oyeron las conservaron en su corazón, pensando: ¿<<Quién será este niño>>? Y el poder de Dios estaba con él. Y el niño creció, se fortaleció en espíritu y estuvo en los desiertos hasta el día en que mostró a Israel.
Capítulo V: Genealogía y Natividad de Jesús.
Todas las generaciones, desde Abraham hasta David, son catorce generaciones, y desde David hasta la transmigración de Babilonia, catorce generaciones, y desde la transmigración de Babilonia hasta la de Cristo, catorce generaciones. Y al Cristo Jesús se le creía hijo de José, que fue hijo de Elí.
El nacimiento de Jesucristo ocurrió así. Que, estando María, su progenitora, desposada con José, antes de que cohabitasen, se encontró haber concebido del Espíritu Santo. Y José, su marido, que era justo, no quiso infamarla, y se propuso abandonarla secretamente. Cuando José pensaba en ello, he aquí que el Ángel del Señor se le apareció entre sueños y le dijo: -José, hijo de David, no temas admitir a tu esposa bajo tu protección, pues lo que en ella se ha engendrado es del espíritu Santo. Y parirá un hijo, y su nombre será Jesús.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que dijo el Señor al profeta, que vaticinó: <<He aquí que la virgen fecundará y parirá un hijo y lo llamara Emmanuel, que significa Dios con nosotros>>.
Cuando José despertó del sueño hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y admitió a su mujer.
Por aquellos días, Augusto César publicó un edicto para que toda la población fuese empadronada. Y todos fueron a empadronarse, cada uno a su lugar, José, de la casa de David, fue a la ciudad de Bethlehem, de Judea, desde Nazaret, de Galilea, llevando con él a María, su esposa, la cual estaba en cinta. Encontrándose allí, llegó la hora en que a María le tocaba dar a luz. Y parió a su hijo primogénito, al cual, envolviéndolo en pañales, acostó en un pesebre, por no encontrar otro lugar para ellos en el mesón.
Capítulo VI: Aparece el Ángel a los pastores
Había en aquel territorio varios pastores que velaban su rebaño. De repente, el Ángel del Señor apareció delante de ellos y los cercó con un esplendor de luz divina, lo cual los llenó de gran temor. El Ángel les habló así: -No temáis, porque estoy aquí para daros una nueva que será de grandísimo gozo para todos, y es que en la ciudad de David, hoy ha nacido un Salvador, que es el Cristo o Mesías, Señor Nuestro. Y sírvaos de señal que encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Al instante, se dejó ver con el Ángel una gran cantidad de ejércitos celestiales, que alababan a Dios, exclamando: -Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buen voluntad.
Luego que los ángeles se marcharon de allí y volaron al cielo, los pastores se hablaron los unos a los otros: -Vayamos a Bethlehem, y seremos testigos de este suceso que acaba de producirse y que el Señor nos ha manifestado. Caminaron a toda prisa, y encontraron a María, a José y al niño en el pesebre. Una vez comprobado cuanto les fue dicho, los pastores se volvieron, sin cesar de alabar y de ensalzar a Dios por todo lo que habían visto y oído, tal como se les había anunciado.
Capítulo VII: Jesús es llevado por sus padres a que lo circunciden
Pasados los ocho días prescritos para circuncidar al niño, lo llamaron Jesús, como el Ángel había dicho. Cumplido también el período de purificación de María, según la legislación mosaica, lo llevaron a Jerusalén y lo presentaron al Señor. Porque está escrito en su santa ley. <<Todo varón que nazca el primero me será consagrado>>. Asimismo, llevaron la ofrenda de un par de tórtolas, tal como está ordenado en la ley del Señor.
En aquella ocasión, había en Jerusalén un hombre justo y piadoso, de nombre Simeón, el cual deseaba la consolación de Israel. En él moraba el Espíritu Santo, y éste le había manifestado que no moriría sin haber visto al Cristo. Inspirado por él, se encaminó al templo. Y al entrar el niño Jesús, acompañado de sus padres, para practicar lo ordenado por la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: Ahora Señor, saca en paz de este mundo a tu esclavo, según prometiste, porque mis ojos han podido ver tu salvación.
Sus padres estaban admirados de las cosas que decían de Jesús. Simeón los bendijo y advirtió a María: -Este niño que ves aquí está destinado para ruina y para salvación de muchos en Israel y será digno de contradicción. Vivía también, en aquel momento, la profetisa Ana, hija de Phanuel, de la tribu de Aser; era viuda de hasta ochenta y cuatro años, y no se separaba del templo, sirviendo a Dios de día y de noche con ayunos y oraciones. Ella también hablaba del Señor a los que, en Jerusalén, confiaban la redención de Israel.
Capítulo VIII: Los magos que llegaron de Oriente
-¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y queremos adorarlo.
El rey Herodes, oyendo ésto, se desconcertó, y toda Jerusalén, con él. Reunidos todos los príncipes de los sacerdotes y los intérpretes del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos contestaron: -En Bethlehem de Judea. Porque lo dejó escrito el profeta. Entonces Herodes llamó a los magos, les mandó ir a Bethlehem y les pidió: -Id allá y preguntad con prontitud por el niño. Cuando lo halléis, decídmelo, para que yo también pueda adorarlo.
Ellos, después de oír al rey, se marcharon. La estrella que vieron en Oriente iba delante de ellos, hasta que, llegando, se puso sobre el lugar en que se encontraba el niño. Entraron y vieron al niño y a su madre. Y, postrándose, lo adoraron y le ofrecieron sus tesoros: oro, incienso y mirra. Pero volvieron a su país por otro camino, ya que en sueños les fue avisado que no obedecieran a Herodes.
Capítulo IX: Huida a Egipto
Apenas hubieron partido, el Ángel del Señor se apareció a José, y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Estáte allá mientras yo no te diga otra cosa, porque Herodes buscará al niño para matarlo. Cuando se despertó, tomó al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo dicho por el Señor a través del profeta: <<De Egipto llamé a mi Hijo>>.
Capítulo X: Herodes ordena matar a todos los niños pequeños
Herodes, al verse burlado por los magos, se enojó mucho y mandó matar a todos los niños que había en Bethlehem y en sus términos, de dos años para abajo. Entonces se cumplió la profecía de Jeremías, que dijo: <<Oyóse voz en Ramá y lloros y gemidos y lamentos. Raquel lloró a sus hijos y no quiso ser consolada, porque perecieron>>.
Capítulo XI: Jesús vuelve de Egipto
-Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel. Porque han muerto los que querían la muerte del niño. Se levantó, tomó al niño y a su madre, y vino a tierras de Israel. Oyendo que Arquelao había sucedido a Herodes, su padre, temió ir allá. Y, amonestado en sueños, se fue al país de Galilea y vivió en la ciudad de Nazaret. Para que se cumpliese lo que habían dicho los profetas de que había de ser llamado Nazareno.
Capítulo XII: Jesús en el templo de Jerusalén
El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sapiencia. Y la gracia de Dios era sobre el. Cuando tenía doce años, sus padres, como de costumbre para las fiestas de Pascua, subieron a Jerusalén. Pasados los días, volvieron. Pero, sin embargo, el niño Jesús se quedó en Jerusalén. Creyendo que iba con todos, lo buscaron entre sus parientes. Más no lo hallaron y volvieron a Jerusalén a buscarlo. Y lo encontraron a los tres días, en el templo, sentado entre los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Y todos los que lo oían se pasmaban de su inteligencia y de sus contestaciones.
Sus padres quedaron admirados; y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué has hecho ésto? Tu padre y yo te hemos buscado con tristeza. El les dijo: -¿Por qué me buscábais? ¿No sabéis que me conviene estar en los asuntos de mi Padre? Pero ellos no entendieron lo que les decía. Descendió con ellos a Nazaret y les estaba sometido. Y su madre guardaba todas esas cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, para con Dios y para con los hombres.
Capítulo XIII: Aparece Juan el Bautista en Israel
En el año quinto del Imperio de Tiberio César, siendo Pilatos gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea y Anás y Caifás sumos sacerdotes, llegó la palabra del Señor sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Anduvo por toda la tierra de los alrededores del Jordán, predicando el bautismo de la penitencia para la remisión de los pecados y diciendo: -Arrepentíos, que el reino de los cielos se ha acercado. Porque éste es aquel de quien dijo el profeta Isaías: <<Aparejad el camino del Señor y enderezad sus veredas. Todo valle se henchirá, se bajará todo monte y toda colina. Y los caminos torcidos se harán rectos y los ásperos se verán allanados, y toda la carne verá la salvación de Dios>>. Y el que habla vino por testigo, para dar testimonio de la Luz verdadera. Juan dio su testimonio de él y clamó, diciendo:
-Este es aquel del que yo aseguraba que, aunque venía tras de mí, existía antes que yo, y de cuya plenitud tomamos todos. Porque la ley fue dada por Moisés, pero <<la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha.>> Juan andaba vestido de pelos de camello y con un cinto de cuero alrededor de sus lomos. Comía langostas y miel silvestre. Y salía a él Jerusalén, toda Judea y toda provincia de alrededor del Jordán, en cuyo río eran bautizados todos los que confesaban sus pecados. Viendo él a muchos de los fariseos y de los saduceos que venían a su bautismo, les decía:
-Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que vendrá? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento y no comencéis a decir que vosotros mismos que tenéis a Abraham por padre. Pues yo os digo que puede Dios despertar hijos a Abraham aún de estas piedras. Ahora, ya también la seguro está puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no hace buen fruto es cortado y echado al fuego>>. Las turbas lo interrogaron, diciendo:
-¿Qué haremos pues? El les respondió: -El que tenga dos túnicas, dé una al que no la posea, y el que tenga que comer, haga lo mismo.
Vinieron también los publicanos y le preguntaron: -¿Qué haremos, maestro? El les contestó. -No exijáis más de lo que os está ordenado. Asimismo, le preguntaron los soldados: -Y nosotros, ¿qué haremos? El repuso: -No causéis extorsión a nadie, ni calumniéis, y contentaros con vuestras pagas.
El pueblo estaba expectante, y todos pensaban en sus corazones si Juan sería el Cristo. Pero Juan confesó: -No soy el Cristo. -¿Quién eres, entonces? ¿Eres Elías? -le preguntaron; -No lo soy -contestó. -¿Eres profeta? -No. -¿Quién eres entonces? Porque hemos de decirlo a los que nos enviaron. ¿Qué dices tu de ti?
Yo soy la voz que clama en el desierto: <<Preparad el camino del Señor, según dijo Isaías>>. Estos que preguntaban eran enviados de los fariseos. Y siguieron preguntando: -¿Por qué bautizas, si no eres el Cristo? Juan contestó. -Yo os bautizo con agua, en penitencia. Más viene en pos de mí aquél de quien no somos dignos de desatarle el calzado. El os bautizará con Espíritu Santo y con fuego. Porque en su mano está su aventador, y aventará su era. Y guardará el grano en su hórreo, y hará arder la paja en un fuego inextinguible. Estas y otras cosas decía para evangelizar al pueblo...
Capítulo XVI: Juan reconoce en Jesús al Mesías
-He aquí el cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Los discípulos, al oír hablar así a su maestro, se fueron con Jesús. Y estos discípulos eran Andrés y su hermano Simón Pedro. Y a ellos se unieron Felipe y Nataniel.
Capítulo XVII: Jesús lee en la sinagoga los libros de Isaías
Jesús vino a Nazaret, donde había sido criado, y, según su costumbre, entró el sábado en la Sinagoga y se levantó para leer. Le trajeron el libro del profeta Isaías y lo abrió por el lugar en que estaba escrito: <<El Espíritu del Señor es sobre mí. Porque me ha elegido para dar buenas nuevas a los pobres y para sanar a los quebrantados de corazón, para predicar la libertad de los cautivos, para devolver la vista a los ciegos, y para anunciar el año grato del Señor>>. Enrollando el libro, les dijo: -hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos. El tiempo es llegado. Arrepentíos y creed en el Evangelio, porque el reino del cielo está próximo...>> Uriel Koss Evangelios Apócrifos. ...y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?
El Evangelio canónico: María es la Madre de Dios (<<Theotókos>>), pues por obra del Espíritu Santo concibió en su seno virginal y dio al mundo a Jesucristo, el Hijo de Dios. La Encarnación encuentra su prolongación en el misterio de la Iglesia, cuerpo de Cristo. (San Juan Pablo II, <<Redemptorís Mater>>, 5).
<<Los Santos Lugares se deben salvaguardar en su sacralidad, tutelando así no solo el legado del pasado, sino también a las personas que los visitan hoy y que los visitarán en el futuro. Que Jerusalén sea verdaderamente la Ciudad de la paz. Que resplandezca plenamente su identidad y su carácter sagrado, su valor universal, religioso y cultural, como tesoro para toda la Humanidad. Qué bello que los peregrinos y los residentes puedan acudir libremente a los Lugares Santos y participar en las celebraciones.>> Franciscus.
Una mentira de los Evangelios canónigos: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaba su Madre (es verdad, muy cierto, la única persona que lloraba, arrodillada de bajo de la Cruz de Jesús, era Su Madre; tres palos en forma de T, y tres hombres colgado de pies y manos, atados con cuerdas; Jesús en medio de ellos, hasta espirar). María, la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: <<Mujer, ahí tienes a tu hijo>>. Luego dijo al discípulo: <<Ahí tienes a tu madre>>. Y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio.>> (Esto es un infundio, una mentira como la Torre de la Giralda de Sevilla de larga y grande. La Virgen, María, fue levantada por los dos centuriones que guardaban a los reos, que habían colgado. Al expirar Jesús, la Tierra tembló, el Cielo se abrió, truenos, relámpagos y una manta de lluvia gruesa cayó en aquel instante. María, fue socorrida por los soldados del templo, los mismos, que le permitieron entrar en los calabozos del templo, para bañar y vestir a Jesús, con dos túnicas una abajo blanca y la otra azul violeta, iba descalzo, subiendo la escarpada cumbre de monte Calavera (Calvario), sin cruz a cuestas, sin público, él iba escoltado por dos centuriones y su madre lo seguía a distancia, hasta llegar a la cumbre. Donde lo sentaron en una piedra, le colocaron la corona de espinas. Ya estaba reventado. Su ojo descolgado, chorreando sangre.
Haz brillar, Señor, la verdad y muestra Tu rostro a este Mundo engañado, estafado, incrédulo por los que dan falsos testimonios de Dios y de la vida en el cielo y en la Tierra. Señor, sal a la luz del Mundo, Salva a la Humanidad. Que mi testimonio de Tu vida ilumine allí donde no creen, por los engaños. <<Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo>>. 2 Corintios 1, 18-22; Salmo 118, 129 Mateo 5, 13-16.
¿Por qué una práctica ocultista de la antigüedad resulta tan llamativa y atractiva a los hombres y Mujeres de los siglos XX y XXI, incluyendo a lo escépticos? La gente tiene hoy una gran necesidad de encontrar sentido a la vida. Han descubierto -a veces dolorosamente- que a ese sentido no se lo puede hallar en un concepto estrictamente material de la realidad. Aun los escépticos quieren conocer respuestas a preguntas tales como: <<¿Quién soy yo?>>, o <<¿Por qué estoy aquí?>>, o <<¿Qué pasará cuando muera?>> Sea que lo admitan o no, el concepto de la vida como algo que no es sino unos pocos años de dolor y placer, que será reemplazado por una no existencia eterna, atemoriza a la gente.
Los hombres saben ahora que son mucho más que el producto final de átomos de hidrógeno y de un hecho casual. Y es claro que están buscando respuestas. El hombre moderno ve tales prácticas como una prueba de las respuestas más profundas de la vida: la naturaleza de la realidad (¿es algo espiritual?), de la muerte (¿es el fin?), la capacidad humana (¿es ilimitada? y el yo ¿es divino?). De ese modo, se persuade con fuerza de que se tiene acceso al mismo mundo espiritual que puede proveer respuestas. Los espíritus están dando información engañosa al hacer pensar que están en contacto con gente que alguna vez vivió en la tierra, que murió y que ahora está feliz en una vida posterior. Los espíritus, por medio de la reencarnación, han encontrado las respuestas de la vida y el conocimiento de que todos los hombres justos vivirán para siempre. Esa es la naturaleza de Dios El Eterno, el propósito de Dios, es que muchos se salven de la condenación Eterna en los infiernos. Cristo es Dios El Rey del Universo y nosotros somos sus hijos e hijas, hechos a Su Imagen y Semejanza, seres humanos, muy poderosos, somos seres creativos, creamos desde el pensamiento, ideas buenas salvan de todo Mal. A pensamientos positivos, resultados positivos. No lo olvide. Cómo evitar la seducción del Demonio Lucifer: Llama a San Miguel o a Jesucristo. Ellos tienen más poder.
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, Bendice y certifica la obra de nuestras manos, haz que la Verdad brille. Paz en toda la Tierra, llega Navidad, Señor, pan, justicia y libertad nos das a todos. Gracias. Amén.
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