Contar un cuento, ¿es jugar un juego?; pero, la Historia y la Leyenda son otras cosas. Mientras escribo este corta y pega, con un poquito de palabras que voy añadiendo; los misiles vuelan destruyendo ciudades y puentes, haciendo correr ríos de la sangre de los jóvenes de este tiempo. Indudablemente, la Leyenda se trata de la proyección de una historia que existe. El cuento sirve, para dar al niño las claves de una iniciación que, en su momento, podría recorrer. El cuento sería para el pueblo lo que los libros sagrados para las clases sacerdotales: la transmisión más inmediata del conocimiento tradicional. Al analizar lo que hay detrás de multitud de cuentos de la tradición popular; no cabe duda de que encontraremos en ellos todo un mundo de sugerencias -que me resisto a creer casuales- que, a poco que las penetremos, nos descubrirán hechos, ritos y símbolos íntimamente ligados con los caminos de la iniciación.
Nos bastaría con rememorar a menudo sus esquemas estructurales para captar esa intención. ¿Acaso no nos acordamos ya de las historias en las que una planta minúscula -el guisante, por ejemplo- se convierte en árbol que no cesa de crecer hasta alcanzar los cielos y por él y por él habrá de subir el héroe en busca del premio que se le ha prometido? Si recordamos que el Árbol forma parte de toda la Tradición sagrada universal como Eje del Mundo y como símbolo del Conocimiento, la historia comienza a adquirir un sentido muy distinto. Tampoco creo que nadie haya olvidado el cuento de la Bella Durmiente del Bosque, en el que la Dama, dormida por la maga perversa, tendrá que esperar durante siglos el beso de amor que la despertará a la vida y a la felicidad.
Detrás de esa Dama-Princesa se encuentra latente todo un estado de Ser, esperando también ser despertado a un amor íntimamente ligado, en las doctrinas esotéricas, con el encuentro consciente y despierto de la Realidad trascendente.
Hay toda una serie de cuentos populares en los que el héroe por los más diversos motivos, tiene que recurrir a un animal determinado -a menudo un caballo, pero también, a veces, unos dragones, un gato, un perro o un ave- que le habrá de conducir a la meta en la que encontrará la solución a todos sus problemas y, a menudo, el premio que le colmará de felicidad. Son animales tótem, portadores de un saber ancestral que les sirve, en los cuentos, para convertirse en conductores que llevarán al héroe a su destino. Al fin y al cabo, estos animales vienen siendo sagrados desde estados prelógicos de la Humanidad y muchos de ellos - como en el caso de los cuervos entre los pueblos celtíberos- se convierten en mensajeros de las divinidades y hasta, eventualmente, como nos lo han demostrado las torres de los muertos de Termancia o de Numancia, estarán destinados a transportar las almas de los héroes hasta las moradas celestiales. La perspectiva que se nos propone tras la muerte se reduce sólo a tres posibilidades:
<<La resurrección, la reencarnación o la nada>>. En el último de los casos, es inútil plantearse la existencia del espíritu como algo trascendente. La creencia en la resurrección es difícil de sustentar con argumentos lógicos; se apoya exclusivamente en la fe. Y, en cuanto a la reencarnación, no hay duda de que se trata de una posibilidad de supervivencia más universalmente aceptada. Con ligeras variantes, que dependen más del contesto cultural y de la época que de la esencia, la doctrina reencarnacionista propone la existencia de una inmensa pluralidad de vidas sucesivas, lo que en términos más científicos también se ha llamado transmigración de los espíritus o metempsícosis
El Humanismo aborda el estudio de cuanto atañe al ser humano en tanto que ente total y diferenciado entre las demás criaturas que pueblan la Tierra. Parte fundamental de esa profundización en la esencia de lo humano la constituyen las actitudes desde las que se aborda el fenómeno de la Muerte y, sobre todo, aquéllas que se plantean lo que puede haber más allá del instante en que se muere.
El ser humano, aunque lo acepte en teoría y en el ámbito de determinadas posturas ideológicas, se resiste íntimamente a asumir la idea de que la muerte signifique el final de todo. Esta resistencia se complementa con la necesidad visceral de creer que existe una prolongación de lo personal e individual más allá del instante de morir; es decir, que casi se plantea tan a regañadientes la idea de una Nada post-mortem como la conciencia de una eventual integración de la personalidad en una determinada universalidad, con el consiguiente abandono definitivo de lo que consideramos identidad individual: el YO.
Sólo por este temor ante lo que es, a la vez, inevitable y radicalmente ignorado, la Humanidad ha creado las formas religiosas y ha instituido o aceptado determinada religiones, basadas en supuestas revelaciones definitivas de dioses, o en enseñanzas sagradas de profetas o mesías, han intentado, fundamentalmente, tranquilizar las angustias del ser humano frente a lo desconocido, dictaminado inapelablemente su destino y supeditándolo al comportamiento ético mantenido en vida. Así, las formas religiosas, en su mayoría, constituyen un conjunto de promesas que habrán de cumplirse después de la muerte, en un sentido o en otro, según los creyentes hayan respetado los códigos morales y obedecido a las sumisiones presuntamente establecidas desde los más altos niveles de lo sagrado, más allá del campo de conciencia del conjunto de la Humanidad.
Los sistemas religiosos, tanto aquellos que ya podemos llamar arcaicos, como los que conservan su vigencia con mayor o menor entusiasmo y pureza por parte de la feligresía, basan esencialmente sus principios sobre dos esquemas de solución al problema de lo que sucede después de la muerte. Unos prometen para el más Allá una existencia eterna, (es cierto, cada personaje nuestro sigue viviendo eternamente en el más Allá, hay diferentes planos, buenos y malos) infinitamente feliz o desgraciada según el comportamiento que el individuo haya tenido en esta vida (léase, según su grado de sumisión y obediencia a las normas establecidas por los teólogos y moralistas de las clases sacerdotales).
Otros se inclinan por la hipótesis de existencias sucesivas, que en algunos casos evolucionan o involucionan conforme a ese mismo comportamiento, pudiendo producirse la presunta reencarnación en personalidades más perfectas o en criaturas menos evolucionadas o incluso en entidades dotadas de vida vegetativa de reino vegetal y hasta mineral. La diferencia entre ambas concepciones religiosas estriba en que, mientras una formas de fe apuestan por la creencia en una existencia de ultratumba totalmente distinta a la que se ha conocido aquí, las otras defienden una sucesión más o menos prolongada de existencias en este mundo, o eventualmente en otro, a lo largo de las cuales el individuo tendrá la oportunidad de evolucionar positivamente hacia una auténtica realización.
Ciencia profana y creencia religiosa nunca se han puesto de acuerdo. Y no sólo por discrepar en sus respectivos conceptos de la Realidad (que nos son tan distintos, aunque así lo parezca en una primera aproximación), sino por unas razones bien sencillas: mientras las religiones establecen verdades previas y construyen desde ellas los esquemas del presunto conocimiento, las ciencias tratan de alcanzar el significado de la Realidad a través de la experiencia y del estudio de los fenómenos, que nos son previamente aceptados.
Digamos, en síntesis, que las religiones explican la realidad desde la previa aceptación por la fe de unos orígenes divinos que la trascienden, mientras que las ciencias tratan de estudiar esa misma realidad para alcanzar el conocimiento de sus causas primeras, que se admiten a priori como desconocidas. Así, el Conocimiento y la Creencia, discurriendo por un mismo camino limitado por lo real y sus causas, siguen sentidos contrarios que, como en las carreteras, provocan choques violentos en cuanto se entrecruzan los entusiasmos correspondientes: los correspondientes fanatismos.
Hay un cuento repetido en el ámbito de muchas tradiciones que refleja claramente esta fundamental unidad dentro de la enorme diversidad de métodos y caminos seguidos por las más distintas culturas. Hasta resulta significativo que el cuento sea siempre el mismo. <<Pusieron a cuatro ciegos junto a un elefante y les pidieron que lo describieran. El primer ciego palpó una pata y sugirió: <<El elefante es como un árbol de tronco rugoso>>. El segundo dejó correr sus manos por una oreja. <<El elefante es como una vela>>, dijo. El tercero le tocó la tripa y exclamó: <<Es como un gran techo de roca caliente>>. El cuarto asió su trompa: <<El elefante es lo mismo que una serpiente>>.
El esoterismo no es ciego en modo alguno. Si, cabe, es la expresión más lúcida de esa tendencia universal hacia el encuentro de la Realidad. Es ciego, en cambio, quien no es capaz de abarcar el sentido de todas las manifestaciones y se conforma contemplando los aspectos anecdóticos o particulares que parecen surgir en las que tiene a su alcance; toma entonces las partes del Todo, como hacían los ciegos al tentar únicamente un miembro del elefante que se les había pedido describir.
El hombre, más allá de los últimos ocho o diez mil años, es un enigma. Como ciegos que tratan de imaginarse un paisaje, no podemos hacer otra cosa sino lanzar hipótesis o aventurar conjeturas sobre los que nos precedieron, sobre aquellos que estaban aquí mucho antes de que nosotros llegáramos. Construimos nuestra idea del pasado partiendo de trozos de cerámica, de puntas de flecha, de hachas de pedernal, y con esas piezas tan escasas, componemos rompecabezas cada vez más complejos, hasta que surge una pieza nueva y todo eso que habíamos imaginado del pasado se desmorona y nos vemos obligado a comenzar de nuevo.
Ni siquiera, por muchos que se empeñen algunos paleontólogos, podemos afirma rotundamente que el hombre lleve sobre el planeta medio millón de años, un millón o cien millones de años; saberlo depende de la casualidad, del hallazgo afortunado de un diente o de un trozo de hueso en un yacimiento de carbón.
Por eso, al hablar del origen del hombre americano, debemos aplicar las mismas reservas que al enjuiciar cualquier acontecimiento del pasado remoto: no se puede afirmar tajantemente de dónde procedía ni cuándo llegó allí. Así pues, comencemos con un razonable suponer. Y es razonable suponer que el hombre americano no es de ese continente, sino que llegó allí procedente de otro lugar. Hace más de 25.000 y menos de 40.000 años, en la época que denominamos Paleolíticos Superior, el estrecho de Bering, que hoy separa Siberia de Alaska, era un puente de hielo que unía ambos continente: grandes masas de agua estaban retenidas en forma de glaciares y el paso de Eurasia a América era entonces posible.
Llevados por el instinto o por el hambre, empujados por el clima, o siguiendo el rastro de la caza, grupos de nómadas fueron atravesando ese puente temporal y adentrándose, sin saberlo, en un continente despoblado y virgen. Lentamente, siglo a siglo, milenio a milenio, los viejos vagabundos, que ya eran americanos, fueron poblando las nuevas tierras: unos se establecieron donde el lugar era propicio; otros continuaron hacia el Sur, en una pausada peregrinación, dejando atrás paisajes y generaciones.
Pescando en los ríos o acosando al mamut -dispensador de carne y vestido-, abandonando a su paso el testimonio de un hacha de pedernal o un trozo de tosca vasija, los descendientes de aquellos lejanos euroasiáticos fueron poblando América de norte a sur y, al hacerlo, gestaron culturas cada vez más complejas, más expresivas, más llena de arte y de intención.
Los recipientes de barro dejaron de ser simples objetos para transformarse en un medio donde plasmar sus conceptos estéticos, sus gustos, sus costumbres; a la función útil se unió la decorativa. De cazadores, se convirtieron en agricultores y, con ello, ganaron tiempo para tejer, modelar o pintar; ya no fueron las gentes anónimas que antes eran, porque esas muestras de su arte, a veces ingenuo y a veces sorprendente, nos dejaron datos con los que saber cuál era su vida, cuáles eran sus creencias, cómo se vestían o cómo se peinaban.
Con ellos, el pasado de América dejó de ser oscuro y se transformó en Historia. Una Historia que, no por serlo, resulta del todo conocida; hay demasiadas lagunas, demasiadas contradicciones, como para poder establecer de qué forma se fueron creando las culturas americanas; lo frecuente es que el arqueólogo se encuentre con ellas ya maduras, espléndidas, sin que quede claro cuál fue el camino recorrido hasta alcanzar su madurez. Esto es, precisamente, lo que sucede con Teotihuacán...
Hace más de tres mil años que se gestó en México una de las más espléndidas y originales culturas del planeta: la Olmeca. Cuando el pasado de Mesoamérica estaba arqueológicamente ordenado, se descubrieron las primeras cabezas colosales de piedra que el paso de los siglos había sepultado; y hubo que hacer sitio en la Historia para aquellas gentes, desconocidas hasta entonces. ¿Quiénes fueron los olmecas? Sus esculturas reflejan rostros de ojos oblicuos y boca atigrada, cuando no con rasgos de negroides. Fueron, desde luego, los maestros de los mayas y de otros muchos pueblos; pero apenas sabemos nada de ellos, excepto que su arte y sus conocimientos alcanzaron un nivel desconcertante. Su origen, su raza y el talante de sus dioses permanecen aún en el misterio.
A través de la relación maestro-discípulo, el camino iniciático supone, una tensión constante, durante la cual, a lo largo del proceso, el maestro somete al iniciado a toda una serie de estímulos conducentes a que la conciencia dormida despierte a la Realidad que tiene ante sí. No siempre la iniciación discurre por esos cauces. Incluso en el ámbito del budismo Zen, que podríamos considerar como la casi más intelectual de las iniciaciones, el maestro somete eventualmente al discípulo a castigos corporales crueles que hay que soportar sin acusar el dolor. Este medio de dominio de lo sentidos para lograr la apertura de la Conciencia es el camino iniciático de los pueblos en el estadio de la conciencia mágica: los pueblos que llamamos, con nuestra perspectiva bañada en inteligenci tecnológica, pueblos salvajes o, en el mejor de los casos, culturas prelógicas.
Hace algunos años, una película titulada Un Hombre Llamado Caballo sorprendió a los espectadores con una secuencia en la que, por medio del truco cinematográfico, se narraba la cruel ordalía iniciática que tenía lugar entre los indios siux de las praderas norteamericanas a la hora de elegir a sus jefes. Para muchos, aquel acto de crueldad extrema, durante el cual el protagonista era colgado de su propia piel, reflejaba el primitivismo cultural de aquellas tribus que, ¡menos mal!, el Hombre Blanco vino a civilizar. Y, qué ahora esos hombres, parece, que vuelven al primitivismo de aquel entonces. Promocionando tanto belicismo por todo el mundo. Vemos a la aspirante a Presidenta de los Estados Unidos, anunciar: Tendremos más armas y un ejército invencible y, ¿para qué? Si llega, señora Harry, procure la paz, creando empresas solidarias, que de trabajo digno a los americanos, y no dependan de la guerra para sobrevivir y subsistir.
Sin embargo, nadie pareció darse cuenta de que, detrás de aquel ritual de dolor en su estado más puro, se escondía un ceremonial iniciático destinado a lograr en quien lo sufría un estado superior de conciencia. Ceremonias semejantes protagonizadas por sacerdotes y chamanes de África y de América meridional, conducen a la certeza de que aquellas iniciaciones estaban destinadas a propiciar auténticas experiencias místicas que podían poner al adepto en condiciones de percibir una realidad trascendente a la que resultaba imposible acceder en la vida cotidiana.
En cierto modo, estas ordalías venían a sustituir a estados paralelos de percepción producidos por la ingestión de sustancias alucinógenas y colocaban al sujeto en condiciones de percibir una faceta de la Realidad más allá de la que se puede alcanzar utilizando normalmente los sentidos que nos permiten captarla.
Acceder a esta percepción iniciática era poner al que pasaba por ese trance en condiciones de regir, con conocimiento vivido, en condiciones de dirigir los destinos del colectivo que se pondría bajo su custodia, pues gracias a la prueba, el futuro jefe o el chamán se convertían en mártires -es decir, etimológicamente, en testigos- de algo que, para los demás, sería inalcanzable. (El mundo, humano cambiaría si los que gobiernan hoy, pasaran por esos rituales iniciáticos y, además tuvieran que ir al frente del pelotón, en cada conflicto bélico y, además sus hijos con ellos, los primero de la fila).
Se tiene por cierto, y Descartes mismo lo corrobora en una de sus cartas a la princesa Isabel, que el perfecto esquema estructural de su Discurso del Método, tenido como base de la metodología científica posterior, le fue sugerido a su autor durante un sueño; es decir, en medio de uno de los estados más irracionales por los que atraviesa el individuo en su experiencia cotidiana.
Igualmente, existe la evidencia documental de que Isaac Newton, considerado el padre indiscutido de la ciencia moderna, fue adepto incondicional de la Astrología y de la Alquimia. Y hasta se tiene testimonio de que, en respuesta a preguntas sobre sus prácticas, que le hicieron los doctos miembros de la Royal Academy, les respondió: <<No creo en un Universo de accidentes; y además, yo he estudiado esta materia y ustedes no>>.
No cabe duda de que los auténticos genios, como los profetas o los verdaderos mesías, son seres excepcionales que han sabido proyectar sobre su conciencia mucha más experiencias que las propias del instante histórico que les tocó vivir. Penetrar en ellos, cuando es posible, es como descubrir al Género Humano desde una proyección mucho más profunda, más allá del Tiempo; como si hubieran sido acumuladores de toda la energía emanada de esa multitud de razas, culturas, saberes y vivencias que constituyen el conjunto de la Historia de la Humanidad y de las distintas etapas de la Conciencia por las que el Género Humano ha pasado.
¿Está escrito nuestro destino, o somos nosotros los artífices? El debate determinismo -libre albedrío permanentemente planteado tiene una difícil solución filosófica y teológica; y, desde un punto de vista astrológico, la opinión generalizada es que los astros inclinan, dirigen, pero no obligan. Sin embargo, Vicente Cassanya piensa -y así lo propone en este libro- que el destino está mucho más escrito de lo que imaginamos, (totalmente de acuerdo, nuestro destino está escrito en el LIBRO DE LA VIDA de cada uno de nosotros: Destino=Dios, es decir, lo que Dios nos ha dado antes de reencarnar, lo que ocurre es lo que nos tenía que ocurrir, pero, si se descubre a través de los oráculos algo que nos perjudica, podemos negociar con Dios y cambiarlo a bien y, si es el efecto de una causa o más..., entonces el perdón y el rescate con ayuda de nuestro Ser Superior, guías y ángeles que se muestren favorables a ayudarnos...) y basa esta afirmación en una serie de argumentos históricos; repeticiones de hechos sociales que parecen estar anunciadas antes por los astros; eclipses cuyos efectos pueden haber cambiado el curso de la Historia; la genética cósmica, según la cual los hijos heredan las posiciones planetarias más fuertes de las cartas astrales de sus padres, entre otros.
Y aprovecha también Cassanya la ocasión para aclarar conceptos que, a su juicio, no se están interpretando de manera correcta, como el milenarismo, la Nueva Era y la Era del Acuario... Es común a casi todas las culturas considerar que hay unos ciclos que rigen la existencia. Ese complejo y gigantesco reloj que es el Cosmos marca las grandes horas para la Humanidad en su conjunto: por mucho que intentemos huir de la dinámica, creaciones y destrucciones periódicas no son, ni más ni menos, que el principio y el fin de una misma cosa, un gran ciclo absolutamente necesario para que la vida pueda seguir. (Así, que todos los que se empecinen en seguir en la oscuridad, en la ignorancia, en lo sucio y corrupto del sistema, se destruirá; es decir, ve haciendo el testamento. Porque, el Acuario limpia, según las Escrituras, para dar paso a la Edad Dorada).
Aquellos pueblos deificaron los ciclos planetarios, y uno de ellos era bastante especial, a fuerza de repetirse todos los años y ser muy visibles los cambios de Naturaleza que provocaba; además, al mismo tiempo, constituía una dualidad de opuestos y complementarios a la vez, una de las claves del pensamiento mágico: era el comienzo del verano y el invierno, esto es, cuando el Sol entraba en Cáncer (Solsticio de Verano) y cuando entraba en Capricornio (Solsticio de Invierno). Estos dos puntos del Zodíaco se convirtieron en puertas del destino; era como si cada vez que los planetas pasaban por allí el Universo tomase un nuevo respiro y nos transmitiese un soplo distinto. A partir de ahí filosofaron que sin al paso del Sol por esas puertas le acompañasen todos los demás, ese soplo del Universo podría ser tan grandes como para provocar, no ya aquellos cambios de estación de cada año, sino cambios mucho más espectaculares y de dimensiones incalculables.
Y creyeron que todos los grandes diluvios o destrucciones periódicas por fuego podrían estar en conjunción de todos los planetas al principio de Cáncer o de Capricornio. Al tiempo que tardase en repetirse una de estas abultadas y, digamoslo prácticamente imposibles conjunciones le llamaron Gran Año.
Aunque la filosofía del Gran Año comparte la base de la teoría de los ciclos, es algo prácticamente inútil para la astrología, y sirve más para filosofar que otra cosa. Sin embargo, se ha ido transformando y malinterpretando y ha ido dando lugar a diversas creencias. Así, los indios llamaron a este período de tiempo <<los días del mundo>> o <<kalpas>>, complicando la cosa en numerosos submúltiplos.
Esta idea de repeticiones periódicas del Gran Año, por la que se repetían cosas semejantes, aunque no las mismas, era familiar a Pitágoras, Platón, Aristóteles y muchos otros. Para algunos de ellos, este gran ciclo era el alma del mundo. Hasta San Agustín, que en su juventud fue astrólogo, dedicó un capítulo entero al Gran Año, aunque para condenarlo. Digamos también que aunque algunos le llamen el Año Platónico o el Año Perfecto de Platón, éste no hizo más que recoger una tradición astrológica anterior a él.
Poco a poco, debido a la mala transmisión del conocimiento astrológico, el Gran Año fue siendo confundido y sustituido a la vez por otro ciclo -éste con más fundamento astronómico- descomunal: la Precesión de los Equinoccios, de la que hablaremos en el capítulo de la Era de Acuario (donde desmitificaremos esos dos conceptos que tan errónea como ampliamente han calado entre las masas: la Nueva Era del Acuario).
LA HISTORIA SE REPITE <<Si buscas una buena solución y no la encuentras, consulta al tiempo, puesto que el tiempo es la máxima sabiduría.>> (Tales de Mileto). La idea de ciclos implica repeticiones en algún sentido. Sin embargo, un ciclo nunca es igual al anterior; los ciclos, más que surcar en círculo, lo hacen en forma de espirales. Por ejemplo, nuestro Sistema Solar en su conjunto da una vuelta a la galaxia cada 250 millones de años, pero, al mismo tiempo, viaja hacia la constelación de Hércules a una velocidad de unos 20 km/seg. Así pues, las coordenadas de nuestro Sistema Solar ya no serán las mismas cuando respecto a la galaxia, ya que ésta habrá cambiado de situación.
De hecho, el Universo presenta en cualquier momento una singularidad; sus coordenadas varían incesantemente. Ya lo dijeron los antiguos filósofos, como Heráclito, quien tenía razón al señalar que en un mismo río no te puedes bañar dos veces, pues el agua nunca será la misma. Dejando a un lado las filosofías para centrar nuestra atención en algunos datos que podamos analizar, tenemos que ser conscientes de que, para prever el futuro, hay que conocer el pasado. En este sentido, una de las mayores pruebas de que la historia se repite nos la ofrece la astrología mundial, una especialidad astrológica basada en los ciclos planetarios que demuestra una correlación entre las repeticiones de conjunciones o encuentros planetarios y los acontecimientos históricos, algo que, por otra parte, también ocurre con la astrología personal.
En los principios, la astrología era casi exclusivamente de aquella especialidad, siendo utilizada por príncipes y gobernantes de toda clase que estaban interesados en saber el destino de sus dominios; sólo más tarde pasó a democratizarse, aplicándose a todas y cada una de las personas, adulterándose a la larga para dar lugar a la popularización de los horóscopos, una mala divulgación de la auténtica cultura astrológica. De hecho, las primeras predicciones astrológicas de las que tenemos constancia son las de Sargón el Viejo, que datan de alrededor del año 2700 a.C., donde aparecen máximas como ésta: <<Si la Luna es visible el décimo día, hay buenas noticias para la tierra de Akkad, malas noticias para Siria>>.
El interés por la astrología mundial no sólo ha continuado interesando a los gobernantes de todos los tiempos, sino que se ha ido perfeccionando y depurando para alcanzar un mayor grado de precisión. En la España del siglo XIII, Alfonso X el Sabio revisaba y prologaba personalmente las traducciones de los libros de astrología, que pasaron a constituir los primeros manuales en lengua castellana; su interés parece estar centrado en que esas obras, traducidas muchas de ellas del árabe, hablaban de los destinos para un rey y para su reino... Precisamente ese es uno de los motivos por los que tenemos que lamentar que, en ocasiones, este saber milenario se haya convertido en un arma arrojadiza.
Y nunca mejor dicho: en la II Guerra Mundial, tanto los alemanes como los ingleses utilizaron a los mejores astrólogos que pudieron para montar una guerra de espías muy peculiar. Las biografías de Krafft, del lado de los alemanes, y de Louis de Wohl, por parte de los ingleses, son bastante explícitas al respecto.
UN CICLO PARA MESÍAS Y DINASTÍAS
Los antiguos astrólogos mundiales estudiaron muy atentamente los sucesivos encuentros (conjunciones) de planetas. De estas conjunciones había una especialmente significativa, la formada por Júpiter y saturno. Entre otras cosas, generaba el ciclo de mayor duración, al ser los planetas más alejados del Sol que se conocían entonces. Pero también porque se mostró como la que más directamente se relacionaba con el ciclo vital del ser humano, por lo que estos dos planetas pasaron a ser considerados como cronocratores, este es, los que marcan el tiempo. Su conjunción se produce cada 20 años aproximadamente,y, cada tres conjunciones, dan una vuelta completa al Zodíaco, volviendo casi al mismo punto donde se formó la primera de las tres conjunciones, entre las cuales suman cerca de 60 años.
Este ciclo de 60 años alcanzó una relevancia extraordinaria entre aquellos astrólogos debido a las correspondencias, casi mágicas, que observaban, y que fueron dando lugar a diversas teorías...Hoy en día, todavía utilizamos este sistema en determinadas divisiones del tiempo (las horas en 60 minutos y los minutos en 60 segundos).
También señala que este número alcanzó categoría de sagrado y después fue transmitido como superstición entre algunos pueblos, como en Portugal, donde utilizaban rosarios de 60 cuentas para espantar el mal de ojo. (El pueblo es sabio, si lo hacían es porque los protegía de las fuerzas oscuras) Y e mismo autor ha rastreado este ciclo en antiguas profecías, como las de San Malaquías que hacen referencia a los Papas. Según él, se debe a este ciclo que la edad límite de administración de justicia entre los esenios fuese los 60 años. La correspondencia de este ciclo con el de la vida humana era normal si tenemos en cuenta lo que escribe Demetrio Santos:
<<El período vital de un ser vivo tiene resonancia en aquellos períodos de influencia más próximos al suyo propio, ya que qu período vital es consecuencia del influjo de aquéllos. Si un animal vive 12 años, el planeta o período resonante en él es Júpiter, y éste será para él fundamentalmente en sus tránsitos y aspectos, pues no se repiten durante su vida... Igualmente, podemos aplicar esta ley a los demás seres vivos, los cuales responden con especial intensidad a ciertos períodos por efecto de resonancia>>.
Para los pueblos de Oriente este tipo de conjunciones presagiaban la llegada del Mesías. Parece ser que la Estrella de Belén, anunciadora del nacimiento de Jesús, tuvo que ser, en realidad, la conjunción de Júpiter-Saturno que hubo en el año -7, mientras que los Reyes Magos que seguían la Estrella eran astrólogos venidos de Oriente, pues allí estaba la cuna de la astrología.
Abenjaldún, hablando de los astrólogos, decía: <<En cuanto a los pronósticos de interés general , que tocan a las monarquías y los imperios, se sirven de las conjunciones astrales y sobre todo de las de los planetas superiores, Saturno y Júpiter>>.
Podríamos pensar, ingenuamente, que todo esto son supersticiones del pasado, pero lo curioso es que actualmente, a pesar de los avances científicos y técnicos, esta relación de analogía entre estas conjunciones planetarias y la historia sigue tan viva y con tanta fuerza como en la Antigüedad, o quizá más.
Parece difícil imaginar que los acontecimientos geopolíticos, que todavía se están produciendo a escala internacional, y más concretamente la caída del comunismo y la desmembración de la U.R.S.S., tenga una relación directa con las lejanas posiciones de los planetas. Para el mismísimo karl Marx, que creía en otro tipo de destino, el que forjan los hombres, esta teoría que vamos a exponer hubiera supuesto un duro golpe.
Sin embargo, en todas las conjunciones Saturno Neptuno que se han producido desde que Marx y Engels redactaran el <<Manifiesto Comunista>>, a mitad del pasado siglo, hasta la fecha, existe un paralelismo increíble con los principales hitos del comunismo y, especialmente, de Rusia. Además, cada vez que se produce esta conjunción, hay enormes movimientos de gente o de grandes revoluciones que sacuden violentamente la psicología de las masas oprimidas y de los pueblos sometidos a fuertes presiones. Las conjunciones Saturno-Neptuno parecen dar alas a los pueblos oprimidos y marcan algunos de los momentos más revolucionarios de la Historia.
Saturno y Neptuno se encuentran en el cielo, para un observador de la Tierra, cada 35 años aproximadamente. Por supuesto, estos ciclos no son objetivos o arbitrarios, sino que vienen dados por cálculos matemáticos y confirmados por la observación; cualquiera lo puede ver consultando las <<Efemérides planetarias>> de la N.A.S.A u otras. Echemos una ojeada rápida a las fechas de las conjunciones y veamos que pasó con ellas.
Conjunción en 1847.- Una fiebre revolucionaria recorrió Europa, hasta tal punto que aquel momento histórico se conoce como el de la Europa de las barricadas. Entre tanto, Marx y Engels redactaron el <<Manifiesto Comunista>>, (Ve y observa los libros LOS PROTOCOLOS llamado en su época El testamento de Satanás y ILLUMINATI Paul H. Koch y otros muchos, allí se explica que es idea de los Sabio de Sión, para la dominación del mundo) destinado a convertirse en la biblia de este movimiento político. (Millones de muertos en la U.R.S.S en Europa y en todo el mundo guerras y terrorismo permanente, en las calles de todo el mundo).
Conjunción en 1822.- El zar Alejandro II de Rusia es asesinado.
Conjunción en 1917.- En plena I Guerra Mundial, y cuando Rusia todavía no había alcanzado las etapas previas postuladas por el socialismo científico, surge y triunfa la Revolución Rusa; los bolcheviques tomaron el poder situándose bajo el mando de Lenin y asesinando al último zar ruso, Nicolás II.
Conjunción en 1953,- Stalin, que había establecido una fuerte dictadura del proletariado, no sólo en su país, sino en los países satélites, muere el 5 de marzo. Ello supuso un giro radical en la política de U.R.S.S. Esto también sirvió de aliciente para grandes cantidades de gente, que quisieron atravesar la puerta de Brandenburgo para pasar Alemania del Este a la Alemania del Oeste. En esta ocasión, no lo consiguieron; la historia acabó en masacre. La Guerra Fría se instala con fuerza entre las dos superpotencias, EE.UU y U.R.S.S.
Conjunción en 1989.- El 9 de noviembre cae el vergonzante muro de Berlín. Todos pudimos ser testigos de la historia y ver cómo, en esta ocasión, los alemanes si pudieron atravesar aquella puerta de Brandenburgo libremente. El comunismo cae y una especie de efecto dominó recorre Europa del Este en una serie de acontecimientos vertiginosos. Es el fin de la Guerra Fría.
A los ojos de un observador imparcial, es imposible pensar que lo que acabamos de exponer sea producto de la casualidad. La relación entre los seres vivos y el Cosmos es mucho más intensa y más mágica de lo que podamos imaginar; al fin y al cabo, somos hermanos de las estrellas, como demuestra la ciencia con la comparación entre numerosos componentes químicos y los de esas lejanas y atractivas luces que pueblan el Universo.
De verdad, ¿quién podría asegurarnos que Gorbachov, Reagan y Juan Pablo II, protagonistas fundamentales del rompecabezas de estos últimos años, no hayan sido dispuestos por el destino? Obviamente, la astrología no es tan inútil como algunos detractores suyos han querido hacerla ver, ni una panacea que pueda dar respuesta a todo, como algunos han pretendido. Siempre quedan inquietantes preguntas; ¿preguntas cuya respuesta está en el Cosmos y todavía no estamos capacitados para leer? ¡Quién sabe! Por ejemplo: ¿por qué el comunismo aparece con la conjunción de mitad del pasado siglo y no antes, cuando conjunciones como ésa se daba cada 35 años?
LAS CRISIS ECONÓMICAS
Dijo Engels que <<la producción económica y la organización social que de ella se deriva necesariamente para cada época de la historia constituyen la base de la historia política e intelectual de dicha época>>. Lo cual parece evidente. Los economistas y su ciencia siempre han intentado predecir por dónde iban a ir las cosas, pero la verdad es que se han visto superados por unos ciclos que aún en la actualidad están fuera de su alcance. Un artículo de un premio Nobel de Economía, Paul A. Samuelson, llevaba el siguiente encabezamiento: <<El desplome mundial de las cotizaciones bursátiles en octubre de 1987 produjo temor e incertidumbre por todas partes. Las personas corrientes, en casa y en el trabajo, en Europa, América o Asia, no saben si una recesión está a la vuelta de la esquina. Los expertos en economía no están en una situación mucho mejor>>.
Bien sabido es por los economistas que su ciencia presenta un mecanismo cíclico bastante incierto y difícil de prever. Tanto es así que estos ciclos se han venido considerando como inevitables por el hombre, y en cada época se les han atribuido diferentes causas. Lo cierto es que las distintas fases del ciclo (Auge-Recesión-Depresión-Recuperación y vuelta a empezar; será cosa de que vienen ... a recoger la cosecha) se aceptan como el desarrollo natural de la economía. Los intentos para explicar esos ciclos han sido numerosos, unos más espectaculares y heterodoxos que otros, como el Ravi Batra, un hindú titular de una cátedra de economía en la Universidad de Dallas (EE.UU). Por otra parte, más de un político de talla internacional ha llegado a buscar en otras técnicas para poder anticiparse al futuro, ya hemos visto algunos ejemplos. Pero, si de cuestiones económicas hablamos, tendríamos que resaltar seguramente, a Sheik Yamani, el que fuera por muchos años ministro del petróleo de Arabia Saudí, astrólogo, a su vez, que solía viajar acompañado de las efemérides planetarias.
Seguramente los economistas tienen razón cuando a esos ciclos los consideran inevitables: al menos nosotros, desde el análisis astrológico, hemos podido descubrir unos ciclos planetarios que parecen regir los destinos de las macroeconomías, señalando tanto los momentos de crisis como los de recuperación. estableciendo el paralelismo de las depresiones en la historia de la economía y los ciclos planetarios, se constata que Saturno y Plutón rigen, en gran medida, los destinos de la economía: estaban aspectados inarmónicamente cuando llegó la catastrófica caída de la bolsa de Wall Street y con ella la Gran Depresión que alcanzó a todo el mundo occidental; también cuando a mitad de los años 60 hubo una fuerte caída en la tasa de los beneficios de los principales países industrializados; y en el 73, con la crisis del petróleo.
Desde 1991 hasta 1995, Saturno y Plutón estaban en inarmonía en los cielos, lo que se traduce en la depresión que todavía debe llegar a tocar fondo, pues el momento más tenso entre ambos planetas todavía no ha llegado. (Ve y observa la Biblia, el Viejo y el Nuevo Testamento, Moisés abre los graneros de Egipto evitando una hambruna en la población..., José el Encargado por el Faraón para administras su bienes y los de pueblo, ante la resolución de los sueños del Faraón, construye silos y grandes graneros, para guardar para los tiempos de <<vacas flacas>>, y évita otra hambruna, Jesús de Nazaret con sus Parábolas nos enseña cómo prevenir todos los males que padecía la gente de su época. Todo está escrito. Pon la Palabra de Jesús por obra, y el mundo entero cambiará hacia el bien).
LAS GRANDES CRISIS DE LA HUMANIDAD
<La filosofía está escrita en este inmenso libro siempre abierto ante nuestros ojos (quiero decir: el Universo), pero no se la puede comprender si no se aprende primeramente a conocer la lengua y los caracteres en que está escrito>>. (Galileo). A este hombre sabio lo acosaron hasta la muerte. Los avaros de su época.
La II Guerra Mundial actuó como catalizador para los estudios de los astrólogos mundialistas, que sintieron el fracaso de no haber previsto correctamente tan magno acontecimiento. Y empezaron a buscar nuevos métodos que les pudieran dar una mayor precisión a la hora de efectuar previsiones, las cuales suponen uno de los mayores retos para la astrología. Este fue el motivo que espoleó al francés Henri Gouchon, que de 1946 a 1949 publicó unas previsiones anuales basadas en una curiosa gráfica a la que él llamó Índice de Concentración Planetaria. Consistía en una sinusoide que iba uniendo los puntos formados por los cinco planetas más lentos (Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón). Esta interesante innovación en el mundo de la astrología pasó prácticamente desapercibida en un principio. Poco a poco, sien embargo, algunos autores fueron estudiándola, rescatándola y, al mismo tiempo, tratando de perfeccionarla. de ahí surgieron algunas variantes de la misma. Uno de los recuperadores de aquel estudio fue nuestro colega André Barbault, uno de los más grandes maestros de la astrología mundial, que en los años 60 la adaptó y le puso el nombre de Indice Cíclico... Hagamos un breve repaso.
Precisamente los dos valles más pronunciados corresponden, con bastante precisión, a la I y II Guerras Mundiales; el siguiente valle, el de los años 50, marca el punto crucial de arranque de la Guerra Fría, y también la Guerra de Corea; el de los años 60 discurrió con la guerra del Vietnam, la Revolución Roja de Mao y Mayo del 68; el de finales de los 70 coincide con la llegada al poder del ayatollah Jomeini en Irán y la invasión de Afganistán por tropas soviéticas. Mientras que el último valle dibuja, prácticamente, la reciente Guerra del Golfo y la extraordinaria reestructuración geopolítica que se ha dado recientemente...
¿Es posible que la Tierra sienta un peso excesivo ante las enormes mareas cósmicas que provocan estas grandes concentraciones planetarias? Incuestionablemente, sí. la Tierra también participa en esa extraordinaria danza cósmica, siendo condicionada, y condicionando, a su vez, a los demás planetas.
Nosotros diríamos que, a la luz de estas gráficas, tenemos motivos bastantes fundados para pensar que las grandes crisis de la Humanidad no se distribuyen al azar, sino que una ley cósmica las regula. Grandes conjunciones planetarias:Y, para terminar de despejar dudas, todavía presentaremos otra prueba, consistente en considerar la secuencia de conjunciones planetarias a lo largo del siglo XX. Esto también podemos considerarlo como la explicación del Indice Cíclico desde otro punto de vista.
De nuevo, debemos a Barbault el haber elaborado este valioso estudio. En lo que llevamos recorrido del siglo XX, se han producido un total de 34 grandes conjunciones, concentradas especialmente en ocho etapas. Veámolas:... Sigue leyendo el libro: El destino está escrito- Vicente Cassanya.
NOSTRADAMUS Y EL ÚLTIMO ECLIPSE DEL MILENIO
En este capítulo dedicado a los eclipses todavía debemos añadir una hipótesis que podría dar la respuesta a esa intrigante cuarteta de las profecías de Nostradamus que algunos han querido interpretar como el anuncio del fin del mundo, la que se refiere al año 1999.
<<El año mil novecientos noventa y nueve siete meses/ Del cielo vendrá un gran Rey de terror / Resucitar al gran Rey de Angoulomois/ Antes después marte reinará afortunadamente>>.
Nostradamus utilizó la astrología, como queda patente en sus cuartetas, que, por cierto, enfocó básicamente para Francia. No se sabe hasta qué punto Nostradamus pudo ser conocedor de la astrología, pero si que debió tenerla en alta estima, como demuestra al ser consciente de que mucha gente la utilizaba mal. <<Que todos los astrólogos tontos y bárbaros se alejen de mi obra>>, que alguien manipuló colocando una coma tras la palabra astrólogos. Con los tiempos que corrían había que escribir en clave, pero sus referencias astrológicas resultan excesivamente ambiguas, por lo que sólo permiten suposiciones y se presentan a múltiples interpretaciones.
En tiempos de este personaje todavía no habían sido descubiertos Urano, Neptuno ni Plutón, consecuentemente, los principales ciclos de la astrología mundiales eran desconocidos. En cambio, las lunaciones, esto es, las lunas nuevas y lunas llenas eran altamente valoradas; muchos más los eclipses, que, al fin y al cabo, son lunaciones con un énfasis especial. Además, ya hacía muchos siglos que los eclipses se podían calcular tanto para tiempos pasados como futuros. Nostradamus podía saber que en un futuro tan lejano como era entonces el 11 de agosto de 1999 se iba a producir un eclipse Total de Sol. Este eclipse será, ni más ni menos, el último del milenio y, además, su línea de sombra atravesará Francia, siendo visible en París. Sin duda, será el último gran acontecimiento astronómico de este segundo milenio, que seguramente utilizó Nostradamus para poner el broche final a sus famosas centurias.
No intentaremos descifrar la cuarteta entera que arriba hemos transcrito, sino llamar la atención sobre el hecho de que es una de las pocas donde Nostradamus se atrevió a poner fecha. Pero, ¿por qué habla de julio cuando en realidad el eclipse se producirá en agosto? Unos cuantos años después del siglos XVI el calendario sufrió la reforma gregoriana, por la que la fecha saltó, de repente, 15 días adelante. Efectivamente, si traducimos el eclipse del día 11 de agosto, a los tiempo de Nostradamus, lo tendríamos hacia finales del mes siete, esto es, julio.
Por otro lado, si verdaderamente Nostradamus quería advertir de los peligros astrales de finales del milenio, es muy probable que tengamos que darle la razón, puesto que el rest de posiciones planetarias que acompañan al eclipse que hemos tratado son peligrosas: los aspectos inarmónicos entre Sol, Marte y Saturno hacen prever un momento especialmente tenso dentro de los años (1998 y 1999) bastante borrascosos.
LA ERA DEL ACUARIO
<<Hay un olor en el aire. es el olor de una agonizante civilización de la segunda ola>>. (Alvin Toffler. Cuando el psiquiatra Carlos Castilla del Pino habla de la configuración en las relaciones personales dice: <<Las relaciones personales se producen sobre la base de la pura figuración. Uno se figura que el otro se figura y así se montan las cosas, con sobreentendidos que generalmente poco tienen que ver con la realidad>>. Con la Era del Acuario está pasando algo parecido. Muy poca gente tiene el concepto claro y casi todos desconocen su verdadera identidad; en cambio, casi todo el mundo cree que la Era del Acuario traerá un Mundo Nuevo en el que todos seremos más felices, más buenos, más espirituales, más... Pero, ¿de qué estamos hablando, de Era de Acuario o de Nueva Era?
No es extraño que más de un privilegiado observador de este teatro de vanidades espirituales que se ha formado con todo este popurrí haya levantado la voz, como nuestro entrañable Fernando Jiménez del Oso, que, en una llamada de atención publicada en la revista E.T. de septiembre del 91, decía: <<... si esa pretendida Nueva Era fuese algo más que una cusi mercancía...>>.
Por nuestra parte, somos conscientes de que al poner las cartas boca arriba o iluminar esta zona oscura que actualmente se ha creado en torno al cambio de era puede producir el desencanto, cuando no el rechazo de algunos, pero me apunto a esa frase tan repetida de <<el conocimiento te hará libre>>. (Yo sé, que muchos se van por el abismo, porque no despiertan, pero, también sé que la VIDA SERÄ MARAVILLOSA porque he visto el futuro, por la gracia de Dios Cristo, y, solo puedo decir: Sigue a Cristo y vivirá eternamente aquí en la Tierra, no me creas abre el Libro de tu vida y lo comprueba).
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Señor, Zoroastro distinguía dos clases de tiempo: el eterno y el soberano. Según él, este último duraría unos 12.000 años, y cada milenio estaría presidido por uno de los signos del Zodíaco.
Existe una vaga creencia, bastante psicológica, ya que nada tiene que ver con la realidad, de que la historia se divide por milenios, sin duda propiciada en parte porque la palabra milenio suena a algo muy grande. Este vago concepto milenarista, unido a una euforia mal fundada acerca del cambio de era astrológica, de la de Piscis a la de Acuario, ha dado lugar a esa filosofía edulcorada y simplona de lo que se ha dado en llamar Nueva Era.
Aclaremos enseguida, antes de continuar, que Nueva Era y Era de Acuario son dos conceptos distintos. Mientras las Nueva Era tiene más un carácter religioso, místico o espiritual, la Era del Acuario parte de un conceptos astrológico, pretendidamente fundamentado en un movimiento combinado de la Tierra y las estrellas que se llama Precesión de los Equinócios. Pero, en realidad, la idea de milenio es posterior a la de ciclo planetarios, del cual no es más que una barbarización o un a mala adaptación: los ciclos cósmicos son naturales, existen sin nuestra intervención, mientras que los milenios son cómputos artificiales del tiempo, y en vista de esto, Señor, yo te pido que nos conceda unos 12.000 años, o más, ya hablaremos... porque un milenio comparado con el salario de los 1.000 euros, eso a mí me parece muy poco. Borra, donde dice 1 milenio, y escribe 12.000 milenios y si mis hijos se portan bien hasta el infinito. Así sea. Miles de gracias Padre del Cielo. Amén. Paz y alegría en toda la Tierra es la Victoria y el Triunfo de Cristo. Nuestro Redentor y Salvador. Vamos a escribir la Historia con letras de Oro puro. Amén.