Frase inspiradora: <<Hay dos clases de hombres que nunca alcanzarán grandes éxitos: aquellos que no pueden hacer lo que se les manda y aquellos que no pueden hacer sino lo que se les manda>>. Cyrus H. K. Curtis. En el lejano siglo IV a. de C., el orador ateniense Isócrates afirmó que <<una colección de bellas máximas es un tesoro más apreciable que las riquezas>>.
Agradece todas las bendiciones de tu vida; las cosas materiales, las oportunidades que se te conceden, así como a las personas artífices de esas oportunidades. Agradece a los que te rodean y te potencian; son una bendición. Agradece toda la belleza de la creación y acepta a cada criatura según su raza, color o condición humana. Agradece la magia de la existencia, la belleza que impregna cada experiencia. Todos nosotros estamos rodeados de dones y de bendiciones y no lo estamos viendo, ni lo apreciamos, tampoco se lo agradecemos a Dios. Cuidado con lo que deseas, porque podría hacerse realidad.
Si la vida no nos concede unos deseos es por algo, quizás porque en realidad no percibes lo que te conviene y no sabes lo que realmente te hace feliz. De modo que agradece todo lo que tienes. Sé agradecido, cuando lo hagas verá como sales fortalecido y cómo se despliega un escenario de magia y belleza para ti. ¡No tengas miedo! ¡Adelante, pon límites! Si eres agradecido te espera una vida feliz.
Cuando nuestra mente nos agota con su continuo murmullo la mejor medicina es un paseo por el campo, estar cerca de los árboles, y, la brisa marina son alimentos para el alma. Saquemos a pasear nuestra alma, que se siente oprimida y necesita el aire fresco del aliento de Dios en el rostro. Da igual por donde lo hagamos: por la orilla del mar o entre las ramas de los árboles. La arena seca o mojada, fina y rubia te resultara algo agradable. La espuma blanca, las nubes grises sobre el cielo celeste, el reflejo dorado rojizo del horizonte al atardecer hará sonreír al alma, su hondo penar, sus anhelos y preocupaciones vuelan como los pájaros, verás el sendero más claro y un olor fresco te sobrecoge, como si te envolviera en la dulce melodía de los días felices. Da igual, pasear el alma, nos ayuda a jugar con los rayos del sol que juguetean entre las nubes y, entre las ramas de los árboles.
Lo conocido siempre nos da tranquilidad y sosiego. Por ellos nuestras estructuras mentales no corren el riesgo de tambalearse, de ahí que nos queramos quedar apoltronados en esos recuerdos, a creencias, actitudes y hábitos que, como a robots, nos guían en nuestra cotidianidad. No nos importa que nos tengan aprisionados en la rueda del hámster, o en <<el día de la marmota>>, lo significativo de este asunto es que no nos deja pensar y cuestionarnos lo que anhela realmente nuestra alma.
Soltar las cadenas, ese halo de esclavitud que nos rodea es tarea compleja; en ello se aplica nuestra mente, nuestro Ego que se aferra para no soltarlas y se disfraza de diferentes personajes para sabotear nuestra libertad: aparece el personaje vestido de responsabilidad, del que dirán, de la seguridad, de la victima..., haciéndonos ver cuán locos estaríamos si hiciéramos determinadas cosas.
Seguimos pues atrapados en nuestras estructuras mentales sin hacer nada por transformar lo que nos coarta, resignados, en lugar de hacer una introspección de nuestra situación y buscar nuevos senderos.
Así continuamos en el cajón del pasado del que vamos sacando todo tipo de recuerdos ya sean <<malos>> o <<buenos>> para justificar nuestra insulsa decadencia. No hace falta hacer grandes proezas, lo sustancial está en las pequeñas cosas: plantearnos retos distintos, tener una mirada abierta que permita que cada paso nos sorprenda y nos llene de ilusión por ver qué cosas nuevas nos trae la vida.
En definitiva, un pensamiento divergente que nos ayude a buscar soluciones a nuestros problemas ya que las cosas no son blancas o negras, sino que existe un amplio arcoíris de bellos colores.
Heráclito lo exponía con claridad: <<Todo fluye, somos y no somos>>, es decir, estamos en continuo cambio.
Si lo deseamos podemos transformar nuestros gusanos en lindas mariposas de brillantes alas, que nos permita alzar el vuelo para encontrar nuestra verdadera esencia, y, para esto no hacen falta las drogas prohibidas, ni ningún gurú, que los conduzca por el carril...
La muerte, esa gran desconocida, a la que la literatura le ha dedicado tantos textos, es parte inseparable de nuestra vida. No nos han enseñado que es un paso a lo desconocido, la muerte es generosa, es agradable, es un gozo que se debe ocultar a los profanos. No nos han enseñado a mirarla de frente, acogerla y hacer el tránsito con amor y serenidad. Cuando un ser querido se encuentra en los últimos momentos de su vida, nos aferramos a él, intentamos darles responsabilidades emocionales para que se quede: <<Hazlo por tu hijo>>, <<mira la foto de tu nieta>>... y no nos damos cuenta que en realidad les estamos echando más inquietud y miedo. No se debe temer a la muerte es nuestra compañera de los caminos de la vida.
De la ley eterna de la vida sabemos que cuando se gesta un niño, se acerca un alma proveniente del Más Allá. También sabemos que todo es energía y que cosas iguales se atraen. Los futuros padres atrae un alma que en su vibración concuerda con ellos. Eso significa en la mayoría de los casos que el niño y los padres tienen algo que purificar juntos; por eso los padres futuros tienen también una gran responsabilidad. Tienen que saber que atraen a un hijo que concuerda con sus genes. Puede ser que en existencias anteriores el hijo haya sido, por ejemplo, madre o padre de estos padres, que como miembros de una familia hayan sentado juntos causas que ahora de forma kármica los encadenan.
Estas cadenas las pueden entonces deshacer juntos-ahora, en esta vida, el padre, la madre y el hijo. Tan pronto como esto sucede, el niño sigue en determinadas circunstancias su propio camino.
Los implicados se reúnen por consiguiente primero en una familia, para ordenar algunas cosas, para liberarse de esta culpa, para limpiar su alma de acuerdo con la enseñanza de la vida, y para continuar, cada uno por si mismo, lo antes posible y libremente el camino hacia el Hogar del Padre. Lo que vale para la relación entre padres e hijo se puede transferir a la relación entre todas las personas que se encuentran en esta encarnación en la Tierra. Éste es sin duda un aspecto muy importante de la reencarnación: No nos encontramos por casualidad con determinadas personas en el lugar de trabajo, en la vecindad, en el club de deportes.
No es casualidad que tengamos problemas con nuestros vecinos o que nos entendamos mejor o peor con este o con aquel compañero de trabajo. Posiblemente nos volvemos a encontrar ahora para aprovechar la oportunidad de acabar con tareas pendientes de encarnaciones anteriores. ¿Cómo? Tomando en serio a nuestros semejantes, por ejemplo, escuchándonos mutuamente, y ante todo, perdonándonos recíprocamente.
Si consideramos que aquello que nos sucede en esta vida tiene a menudo causas atribuibles a una encarnación anterior, veremos también a Dios de modo distinto. Ya no le acusaremos tan fácilmente de por qué nos sucede esta o aquella <<injusticia>>, y por qué nos ocurre precisamente a nosotros, sino que reflexionaremos hasta qué punto el golpe del destino que nos afecta actualmente se debe tal vez a energías negativas que emitimos en el pasado y que ahora vuelven a nosotros. (Todo lo que hacemos en bien o en mal a los otros vuelve a nosotros multiplicado según es la Ley de la Siembra y cosecha...)
Pero esto no significa que podamos adivinar los golpes del destino a otros, o que incluso con una actitud vanidosa debamos señalarles con el dedo porque <<ellos mismos los han provocado>>. Con eso uno se volvería a cargar, sin tener en cuenta que nadie sabe lo que todavía a él mismo le pasará en esta vida.
Si aceptamos nuestro destino, -digamos: si no hacemos a otros responsables de él-, ¡eso tampoco significa que nos tengamos que resignar y entregar a nuestro destino! El destino no es algo prescrito; en toda la vida no hay detención. Dios quiere que sigamos Sus Mandamientos, Sus leyes, para que nos vaya bien. Tan pronto como nos orientamos a Él y nos esforzamos más y más en vivir de acuerdo con Sus Mandamientos, bajo determinadas circunstancias cambiará también nuestro destino, en el momento en que sea bueno para nuestra alma.
Hay personas que a menudo preguntan: ¿Por qué no interviene Dios? ¡Dios nos dio el libre albedrío! ¿Cómo podría intervenir Él, que nos dio el libre albedrío, en nuestra voluntad demasiado humana, en nuestra porfía, en nuestra maldad, en nuestras transgresiones de Sus Mandamientos? (Quinto-V-5-Mandamiento: ¡No matarás!)
Si observamos el gran suceso cósmico, reconocemos que en cierto modo Dios sí que ha intervenido -claro que no en la ley de Causa y efecto, pero Él envió a Su Hijo, que nos trajo la redención. ¿Y qué es la redención? Ella no es otra cosa que la luz en el alma y con esto la protección del alma, para que no siga cayendo cada vez más profundamente ni se disuelva, como se enseña en las religiones orientales. Nosotros los hombres somos seres espirituales encarnados. Llevamos en nosotros un alma, y en la profundidad del alma el ser espiritual que proviene de Dios.
Cuando muere el cuerpo físico, ¿adónde va el alma?: Nosotros cambiamos sólo de estado físico. El alma sigue viviendo, así como ella vivió aquí en la Tierra, con todos sus atributos positivos y negativos. Éstos se los lleva; y luego se enfrentará con la pregunta de qué hará con ellos: si se quiere seguir desarrollando el alma en los mundos del Más Allá, o si vuelve a encarnar para tomar sobre sí una nueva vida terrenal y purificar más rápidamente el alma. Cada personaje del pasado y de la actual vida se tiene que enfrentar con un juicio, delante de Dios Padre, si es bueno se presentan los ángeles, él va a las regiones que le corresponda y allí sigue su vida...., y si es malvado con toda seguridad irá al infierno, los demonios se presentan para recoger al reo. ¡El infierno es terrible! Lee la Biblia.
Cada uno de nosotros es el templo de Dios. Dios vive en nosotros. Cuanto más cumplamos la voluntad de Dios, dirigiéndonos por Sus Leyes de la vida, por los Mandamientos y las enseñanzas de Jesús, el Cristo, tanto más nos acercamos a nuestro Padre celestial, tanto más consecuentes nos dejamos conducir por la mano de nuestro Redentor -para salir de la rueda de la encarnación, dirigiéndonos hacía el Reino de la luz, hacia Dios, ¡hacía Aquel que desde hace eternidades nos contempló y nos creó! ¡Dios es amor! ¡Dios es Jesús-Padre-Hijo! Todos nosotros vamos de regreso al Padre, desde donde partimos, pues en cada uno de nosotros hay un ser luminoso. Éste vuelve al Hogar del Padre. (Hoy es un buen día, para ver la película del vidente de Brasil Chico Xavier: Hacia nuestro hogar...)
Es muy consolador para nosotros los seres humanos, que después de la vida terrenal -en tanto se hayan cumplido los Mandamientos y la leyes de Dios- el alma pueda emprender el regreso al Hogar, pues Cristo también nos prometió: <<En casa de Mí Padre hay muchas moradas. (Hay palacios preciosos con maravillosos jardines...etc.) Si no, no os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros>>. (Juan 14,2).
Dirigiéndonos a ámbitos oscuros de la existencia, a la lejanía de Dios, mediante nuestros pensamientos, palabras y actos oscuros, que son contrarios a la ley de la vida, nos alejamos de nuestra verdadera herencia divina, que es amor desinteresado. ¡Pero esta oscuridad surgida por culpa propia tampoco nunca será eterna, pues en la Tierra no existe una condenación eterna! Tal vez haya una larga y miserable existencia, en tanto prefiramos las sombras. ¡Pero Dios es luz! ¡Luz es amor y amor es alegría, paz, eso es Dios, nuestro Padre! Él es el Dios Padre-Madre. Él nos ama y nos llama. Él nos envió a Su Hijo, el Corregente de los Cielos, para darnos la fuerza parcial de la fuerza primaria, una parte de Su herencia divina, para que tengamos una ayuda en el camino de regreso a la eternidad. Y esta ayuda de Cristo, nuestro Redentor, la luz de la redención en nosotros. ¡Dios es Amor!
Cuanto más puros nos vayamos haciendo, más fácilmente falleceremos cuando llegue nuestra hora, porque sentiremos que Cristo nos toma de la mano y nos conduce paso a paso al Hogar del Padre. ¡Entonces han acabado las encarnaciones, ahora se va directamente de regreso al Reino de Dios! (No saben el gozo que se siente en el corazón cuando vemos a nuestros seres queridos difuntos junto a Jesús, si, yo lo he visto tú también los puedes ver, he visto a mi padre y a mi madre, los dos juntos... También he visto en el cielo a Ramón, mi yerno, esa ha sido mi mayor alegría después de ver nacer a mis hijas. Dios existe y es bueno. El Diablo es un pervertido, un seductor, un truhan como dice la canción, pero, creo que tiene un corazón que necesita mucho amor, le gusta cantar, bailar y reír, gozar de su cuerpo. Es el tentador. No podemos permitir, que nada nos aleje de Dios, mediante la tentación, la seducción material de los bienes y riquezas o sexual. Para Dios la pureza es muy importante.)
<<Habéis oído que fue dicho: <<Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo>>. Pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, rogad por los que os hacen daño, que os ultrajan, que os persiguen. A fin de que seáis imitadores de vuestro Padre que está en los Cielos; porque Él hace que su sol se levante sobre los malvados y sobre los buenos y hace llover sobre los justos y sobre los injustos.
Porque si amáis a los que os quieren, ¿qué mérito hay en ello? ¿No lo hacen ya los publicanos? Y si acogéis únicamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de singular? ¿No hacen los paganos otro tanto? Sed, pues, perfectos vosotros, como es perfecto vuestro Padre celestial>>. Pocas palabras, desnudas, llanas, sin filosofía; pero son la carta magna de la nueva raza, de la tercera raza que va a nacer.
La primera fue la de los bárbaros sin ley, y su nombre fue guerra; la segunda, la de los bárbaros desbastados por la ley, y su más alta perfección fue la justicia, y es la raza que dura todavía, pues la Justicia no ha vencido todavía a la guerra, la ley no ha acabado aún de suplantar a la bestialidad. La tercera debe ser la raza de los hombres verdaderos, no solo justos, sino santos; no semejante a las bestias, sino a los dioses. La idea de Jesús es ésta: transformar a los hombres de bestias en santos por medio del amor.
Cuenta la leyenda que, Circe, la maga, la consorte satánica de las antiguas mitologías, convertía a los hombres en bestias por medio del placer. Jesús es el antisatanás, el anticirce, el que salva de la animalidad con una fuerza más poderosa que el placer. No necesita menos para llevar a cabo esta obra, que parece desesperada a todos los animales apenas desbestializados y a los hombres abocetados, que recurrir a la imitación de Dios. Para aproximarse a la Santidad es preciso mirar a la Divinidad. Sed santos, porque Dios es santo. Sed perfectos, porque Dios es perfecto.
Este llamamiento no suena por primera vez en el corazón del hombre. Dijo Satanás en el jardín: <<Seréis como dioses>>. Dijo Dios a sus jueces: <<Sed Dioses, sed justos como justo es Dios>>. Pero ahora no se trata de ser sabios como Dios; no basta ni siquiera con ser justo a semejanza de Dios. Dios es únicamente sabiduría y justicia: es nuestro Padre, es amor. Su tierra da pan y flores incluso al homicida; quien blasfema de Él, ve todas las mañanas, al despertar, el mismo sol refulgente que calienta las manos de los que rezan en el campo. El Padre ama a quien le abandona y a quien le busca, a quien le obedece en su casa y a quien le vomita junto con el vino.
Un padre puede contristarse, puede padecer, puede llorar, pero ningún malvado será capaz de conseguir que se haga semejante a él; nadie le inducirá a la venganza. Y nosotros, que estamos tan por debajo de Dios, criaturas caducas y perecederas que apenas tenemos fuerza para recordar el anteayer y no sabemos el mañana, nosotros, criaturas inferiores y desventuradas, ¿no tenemos muchos mayores motivos para portarnos con los hermanos de miseria como Dios lo hace con nosotros? Dios es nuestro ideal supremo, el término de nuestro querer. Dejarlo solo, alejarse de Él, ¿no es alejarse de nuestro único deseo, hacer imposible perpetuamente, desesperadamente inasequible aquella felicidad para la que hemos sido hechos, imaginada por nosotros, soñada por nosotros, querida, buscada, invocada, perseguida en vano en todas las falsas felicidades que no son de Dios? <<Seamos Dioses -exclama Bossuet-, seamos Dioses, que Él nos lo permite por la imitación de su santidad>>.
Jesús, después de haber promulgado la nueva ley de la imitación de Dios, bajó de la Montaña. Quien reza el Padre Nuestro no es orgulloso, mas tampoco se rebaja. Habla a su Padre con el íntimo y plácido acento de la confidencia, casi de igual a igual. Está seguro de su amor y sabe que el Padre no ha menester de largos discursos para conocer sus deseos. <<Vuestro Padre -advierte Jesús- sabe lo que habéis menester ante que se lo pidáis>>. La más bella de todas las oraciones es también recuerdo cotidiano de lo que nos falta para ser semejantes a Dios. No olvides, La Ley de la Siembra y cosecha; La Ley de Causa y efecto (Ley del Karma).
EL VUELO DE ÍCARO
A veces, la fortuna de unos hombres trae consigo la desgracia de otros. Así, la victoria de Teseo sobre el Minotauro arruinó para siempre la vida de Dédalo. Y es que, cuando Minos supo que Teseo había escapado del laberinto y se había fugado de Creta en compañía de Ariadna, se enfureció tanto que acudió en busca de Dédalo y le dijo a gritos: -¡Que los dioses te castiguen, maldito traidor!
¿Acaso no te pedí que construyeras un edifico del que nadie pudiera salir? ¡Me has fallado, Dédalo, y lo vas a pagar caro! ¡Hoy mismo te encerraré en el laberinto, y haré que tu hijo te acompañe para multiplicar tu sufrimiento! Supongo que sabrás cómo escapar del edificio, pero te aconsejo que no lo intentes, pues voy a dejar una pareja de guardianes vigilando la salida, y tendrán órdenes de cortaros la cabeza si os ven aparecer.
El hijo de Dédalo se llamaba Ícaro y estaba a punto de cumplir catorce años. Era un joven travieso y atrevido, de pelo rizado y sonrisa pícara, y tenía un carácter tan alegre que la gente de Cnosos lo adoraba. Todos los habitantes de la ciudad, pues, se apenaron mucho al saber que nunca más volverían a ver a Ícaro.
También Dédalo se quedó abatido por la tristeza. Entró en el laberinto cabizbajo, y pasó sus primeras horas de encierro sumido en un profundo silencio. No podía soportar la idea de que su hijo tuviera que vivir y morir allí dentro, así que se empeñó en encontrar como fuese una manera de salir de aquel edifico infernal. Su mente, fértil como un almendro en una eterna primavera, comenzó a barajar ideas, y al poco rato, Dédalo exclamó: -¡Ya lo tengo! ¡Saldremos de aquí volando como los pájaros! -No digas disparates, padre -replicó Ícaro con tristeza-. ¿Desde cuando los hombres pueden volar?
-¿Es que no tienes confianza en mí, muchacho? ¡Vamos, alegra esa cara de una vez y ayúdame, que tenemos mucho trabajo por delante! El laberinto llevaba nueve años en pie, y, en ese tiempo, la hierba había crecido en algunos pasillos, la lluvia había formado estanques en ciertos rincones, las abejas habían construido panales en las vigas, y se habían acumulado restos de animales aquí y allá.
De manera que Dédalo no tuvo dificultades para encontrar los materiales que necesitaba para su invento. Trabajó sin descanso durante todo un día, y a la mañana siguiente le mostró a Ícaro dos pares de alas. Las había fabricado con unas cañas, unidas con cera y forradas con plumas. Entusiasmado, Dédalo exclamó: -¡Vamos a ser los pájaros más extraños del mundo...!
Con ayuda de unas cuerdas, padre e hijo se ataron las alas a la espalda. Luego, dedicaron un buen rato a aprender a manejarlas, y al final consiguieron moverlas con tanta soltura como si hubiesen nacido con ellas. Había llegado la hora de escapar del laberinto, y entonces Dédalo le advirtió a su hijo: -Escúchame, Ícaro: no debes volar demasiado bajo, porque cuando lleguemos a mar abierto, las olas empaparían tus alas, y se volverían tan pesadas que caerías al mar. Ícaro sonrió.
-No te preocupes, padre -dijo-: volaré lo más alto que pueda.
-No, hijo, tampoco debes volar demasiado alto... Si te acercas mucho al sol, el calor derretirá la cera que mantiene unidad las cañas, y tus alas se desharán. ¿Has entendido? -Sí, padre.
-Entonces, emprendamos el vuelo. Y, sobre todo, no te apartes de mi lado pase lo que pase. Ícaro empezó a batir las alas con rapidez, de arriba abajo, tal y como le había enseñado su padre. Su cuerpo se fue elevando, primero con lentitud y luego más aprisa, y cuando volvió la cabeza para mirar atrás por vez primera, el laberinto ya se veía pequeño como una miniatura. Dédalo, al ver que su hijo se alejaba, tomó impulso y echó a volar. Había decidido que viajarían lejos de Creta, en dirección al norte, donde había muchas islas en las que podrían empezar una nueva vida.
Desde la tierra, los campesinos y los pescadores miraban llenos de asombro a aquellos dos pájaros tan grandes y extraños. Ícaro, llevado por el gozo de la ingravidez y entusiasmado con la belleza del cielo, rompio a reír, y su risa sonó cristalina como el agua de un arroyo. Se sentía tan feliz que movía las alas cada vez con más fuerzas, y volaba más y más alto: arriba, muy arriba, más arriba aún...
Dédalo, en cambio, tardó en acostumbrarse al milagro del vuelo. Durante un buen rato, se sintió incómodo, pues no dejaba de pensar que los hombres han nacido para tocar tierra con los pies. Sin embargo, acabó por olvidarse de sus temores y, mientras volaba, comenzó a soñar con la nueva vida que les esperaba allí donde el viento los llevase. Sonriente, giró la cabeza para mirar a su hijo, y de pronto una mueca de terror le deformó la cara.
¡Ícaro no estaba ni detrás ni delante, ni encima ni debajo! Dédalo lo buscó por todas partes, pero no consiguió encontrarlo. Al fin, fijó su vista en el mar y descubrió que el muchacho flotaba sobre el agua, inmóvil como un cadáver, de espaldas al cielo. A su alrededor vagaban las cañas de sus alas, dispersas. Roto de dolor, Dédalo comprendió la terrible verdad: su hijo, inconsciente y temerario como todos los jóvenes, había confiado demasiado en su propia habilidad, había querido volar más alto que los pájaros, y el sol había castigado su soberbia derritiéndole las alas para que se ahogara en el mar. (Soberbia: cualidad del que se cree superior a los demás, exceso de confianza en uno mismo. Sin la ayuda de Dios, nada puede hacer bien. Con Dios es más fácil vivir.)
<<Cuanto más grande somos en humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza>>. Rabindranath Tagore.
LA MODESTIA, ANTESALA DE LA GRANDEZA. <<Demuestra tu buen nivel de autoestima, pero también de humildad y de inteligencia, y no alardees ni te des de nada. La autoalabanza y el autoincienso, aparte de crearte problemas y enemigos, te hace aparecer como un ser vacío, estúpido y primario>>.
<<Que la grandeza está en la humildad es algo tan evidente que ni el más tonto lo duda. Quien es verdaderamente grande se reconoce por sus buenas y nobles acciones, no por su boca, que sólo se abre para reconocer su propia pequeñez, sus limitaciones y carencias...>>
Y fueron muy felices... Cada cierto tiempo necesitamos retirarnos a un lugar en el que podamos reflexionar sobre nuestra vida. Para crecer, a veces necesitamos detenernos y mirarnos con mayor objetividad a nosotros mismo. Puede que haya un tiempo en el suframos la injusticia. Tenemos que aprender a creer en nuestros instintos y proceder de una manera racional. Las fuerzas del karma están funcionando y la verdad surgirá cuando llegue el momento.
Sin embargo, debemos permanecer receptivos a los posibles mensajes que nos lleguen tanto a través de los sueños como de experiencias conscientes. Es importante no quedarse estancado en una situación que frenará tu crecimiento. Tenemos que salir de la comodidad de lo familiar a cambio de nuevas oportunidades. Es fundamental superar la derrota, desprenderse de las limitaciones que nos imponemos a nosotros mismos y conectar con la parte más profunda de nuestro ser. De las cenizas de una antigua vida puede surgir el crecimiento espiritual. En lugar de seguir lamentándonos, tenemos que aprender a aceptar la muerte de lo que conocemos (La Era de Piscis ha muerto) y abrazar (La Era del Acuario Edad Dorada) la perspectiva de transformarnos en seres humanos nuevos y buenos.
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, ten piedad de los pobres ignorantes, llévalos al cielo y te alabaran por toda la eternidad. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias Padre. Amén.
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