Frase inspiradora: <<Cualquier vida es única e irrepetible y tiene tanto valor como otra. Si hubiese una vida sin importancia, ninguna sería importante>>. (OLGA BEJANO). Cuanto más se conjugan las voces diversas y contrarias, más fácil será entendimiento. Deben saber, que los otros también piensan, y ellos, creen en su verdad, en ese maravilloso fondo musical de su diversidad, que siempre les llegan de lejos, esas voces que resuenan cantando los versos de sus creencias. Dicen, los sabios: <<En la diversidad está la vida o, mejor, la vida es inagotable diversidad. En la uniformidad está la monotonía, la carencia de visiones, de opciones y de alternativas y al final la muerte.>>
Dejamos de existir cuando ya no responden nuestras constantes vitales, deja de latir nuestro corazón y la gráfica de nuestros latidos es una línea (uniformidad). ¿Qué necesita nuestro organismo? ¿Qué es lo más saludable para el cuerpo? La movilidad, el ejercicio razonable, comer de todo -menos: azúcar, refrescos, todo lo catalogado como "comida basura"- en definitiva, la diversidad y la variedad en todo lo natural, nada de procesar los productos, cocina ligera y ecológica, huevos de gallinas libres, pollos, terneros, cerdos, conejos, pavos, todo lo que se come del mundo animal dejarlos vivir libres en corrales inmensos, en verdes bosques, tendrán sombra y cobijo; en cuanto a los pescados, no se debe comer los adulterados, los que crían en pequeñas piscinas. Limpiar todos los mares y los océanos, los ríos y los lagos, habrá gran abundancia de peces y de ricos mariscos. La Dieta Mediterránea es la más barata y más sana.
La naturaleza es un ejemplo vivo de la maravillosa y bella diversidad que todo lo llena. La diversidad en los animales y en las especies, la diversidad de las plantas y en las flores, pero cada ser vivo conserva su impronta, lo que le hace distinto. Por ejemplo: la abeja y la avispa liban el néctar de las mismas flores, pero la miel que producen es distinta... Las personas tendemos a generalizar, a conseguir una cierta uniformidad que a veces es necesaria, pero hay que saber cuándo es correcta y necesaria la generalización; generalizar siempre equivaldría a cometer incontables errores.
La diversidad nos lleva a la humildad y a la aceptación pacífica y serena de los demás con sus limitaciones, virtudes, debilidades o méritos. Cada cual tiene su propia forma de ver las cosas, con la que podemos o no coincidir y estar de acuerdo, pero es la suya y debes respetarla, aunque no la compartas.
Deja que la diversidad y la variedad convivan amistosa y plácidamente con tu individualidad. No pretendas que los demás tengan tus mismas ideas, aficiones, creencias y conocimientos. Como bien dice con sentido del humor un proverbio judío: <<Si todos tirásemos en la misma dirección, le mundo se volcaría>>.
Nadie da los primeros pasos con éxito en la senda de la sabiduría si no acepta y aplaude la diversidad del universo y entiende y asume, como defendía Isaac Newton, que la unidad es la variedad y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo contra la cual sería descabellado y estúpido revelarse.
Al principio de los tiempos, los dioses establecieron su hogar en la cima del monte Olimpo, cerca de las estrellas. En aquel lugar idílico, llevaban una vida de lo más placentera: paseaban con calma por sus amenos y coloridos jardines, celebraban grandes banquetes en sus palacios de mármol y tomaban a todas horas néctar y ambrosía, un licor y un alimento dulcísimo que aseguraban su inmortalidad.
Mientras tanto, los hombres hacían su vida abajo, en la Tierra. Habían sido creados con arcilla, y pasaban sus días cultivando los campos y criando ganado. En los momentos difíciles, rezaban a los dioses para pedirles auxilio, y después les agradecían la ayuda recibida haciéndoles ofrendas. De cada cosecha que los hombres recogían y de cada animal que sacrificaban, quemaban la mitad en los templos, y así la ofrenda, convertida en humo, llegaba hasta la cima del Olimpo.
Todo iba bien hasta que un día, tras haber matado a un robusto buey para comérselo, los hombres empezaron a discutir sobre qué parte del animal debían quedarse y cuál tenían que entregar a los dioses.
-Quedémonos con la carne y quememos los huesos -proponían unos. -¡No digáis locuras! -exclamaban otros-. Si le damos a los dioses la peor parte, nos castigarán sin piedad.
-Pero ¿de qué vamos a alimentarnos si entregamos la carne? El mismísimo Zeus, padre de los dioses, entró en la disputa.
-La carne del buey debe ser para nosotros -dijo.
Los hombres, sin embargo, se resistieron a entregársela, así que la discusión se prolongó durante mucho tiempo. Al final, Zeus propuso que fuese Prometeo quien decidiera cómo debía repartirse el buey.
-Prometeo es sabio y es justo -dijo-, y encontrará la solución más adecuada. Los demás aceptaremos su decisión y, en adelante, todos los animales serán repartidos tal y como Prometeo disponga.
Prometeo pertenecía a la raza de los titanes, que habían sido engendrados antes incluso que los dioses. Todo el mundo lo admiraba por su sabiduría y astucia. No solo podía prever el futuro, sino que dominaba todas las ciencias y todas las artes: la medicina y las matemáticas, la música y la poesía... Su mente era poderosa y veloz como un caballo al galope.
Cuando Zeus le expuso el dilema del reparto del buey, Prometo se sentó a meditar y entabló en su conciencia un largo diálogo consigo mismo. -Es natural que los hombres se resistan a entregar la carne -se dijo al principio -se contestó a sí mismo-, pero olvidas que los dioses son codiciosos y egoístas. No aceptarán que los hombres se queden con la carne...
-Pero los dioses no la necesitan... Beben néctar a todas horas, y disponen de ambrosía para llenar el estómago. En cambio los hombres han de comer para sobrevivir...
-Si les entregas la carne a los hombres, Zeus se enojará.
-Entonces, hay que conseguir que Zeus crea que la decisión de quedarse con los huesos ha tomado él mismo...
Prometeo ideó enseguida la trampa que necesitaba. Luego, despellejó el buey, lo descuartizó y dividió los restos del animal en dos grandes montones. Cuando todo estuvo listo, llamó a Zeus y le dijo que eligiese el montón que prefiriera.
-Escoge bien -le advirtió-, porque ya sabes que, en adelante, todos los animales que sacrifiquen los hombres se repartirán del mismo modo que este buey.
Prometeo dijo aquellas palabras con la cabeza baja, para evitar que Zeus reconociera en sus ojos el brillo temeroso del engaño. Zeus miró los dos montones. Uno le pareció gris y poco apetitoso, mientras que el otro le atrajo por su brillante aspecto. Así que no tuvo que pensárselo mucho. Señaló el montón resplandeciente y dijo: -Ese es para nosotros.
Hermes, el hijo de Zeus, se hallaba presente en la conversación. Como era experto en idear trampas, no resultaba fácil engañarle. Se acercó al oído de Zeus y le dijo en un susurro: -No te precipites padre. Hay algo extraño en este reparto... ¿No has visto que Prometeo ha agachado la cabeza al hablarte? Él siempre mira a la cara... (El dios Hermes suele actuar como mensajero de los otros dioses, y es el protector de los viajeros y los mercaderes, así como de los ladrones y los mentirosos...)
-Soy el padre de los dioses -replicó Zeus-, así que es lógico que Prometeo me tenga algo de miedo. No es el primero que agacha la cabeza al mirarme. Y te aseguro que no será el último. Luego, Zeus, volvió a dirigirse a Prometeo, señaló el montón que le apetecía y dijo: -¡Nos lo llevamos!
Zeus no tardó en advertir el gran error que había cometido. Sucedía que Prometeo había puesto en un montón la carne y las vísceras del buey, y luego lo había tapado con el estómago, que es la parte más sosa del animal. En el otro montón, había colocado los huesos y los tendones, pero los había cubierto con la grasa, cuyo brillo despierta el apetito. Zeus, por supuesto, había elegido este último montón.
Así que, cuando llegó a la cima del Olimpo y descubrió el engaño, se volvió loco de rabia. -¡Prometeo se ha burlado de mí! -rugió, y su cólera se notó en la tierra, porque el cielo se llenó de rayos-.
¡Pero voy a vengarme, ya lo creo! De ahora en adelante, los dioses nos conformaremos con la piel y los huesos de los animales, ¡pero los hombres tendrán que comerse la carne cruda!
En efecto, aquel mismo día, Zeus les robó el fuego a los hombres para que tuvieran que comerse los alimentos crudos. Sin fuego, la vida en la Tierra se volvió insoportable.
Los hombres no podían hacer nada contra el frío glacial que les helaba las manos ni contra el miedo a la oscuridad que los atormentaba de noche. Prometeo, al verlos sufrir tanto, se conmovió.
<<Pobre gente>>, se dijo, <<he de ayudarles de alguna manera>>. Al día siguiente, Prometeo subió al monte Olimpo y, sin que nadie lo viera, acercó una pequeña astilla al fuego que Zeus les había arrebatado a los hombres y la guardó en una cáscara de nuez.
De regreso a la Tierra, encendió con aquella astilla una antorcha y se la regaló a los hombres para que pudieran calentarse de nuevo. Pero, cuando Zeus vio desde el Olimpo que el fuego volvía a arder en la Tierra, su furia no tuvo límites,
-¡Prometeo nos ha vuelto a engañar! -bramó-. ¡Nos ha dejado en ridículo delante de toda la humanidad!
Zeus se vengó entonces por partida doble. Primero castigó a los hombres enviándoles a una mujer llamada Pandora, de la que os hablaré más adelante. Luego, mandó que encadenaran a Prometeo a una de las montañas del Cáucaso, cerca del mar Negro.
Allí, el titán pasó miles de años sin poderse mover, soportando a cielo abierto el frío intenso de la noche y el calor asfixiante del día.
Cada mañana, Zeus enviaba un feroz águila al Cáucaso para que le comiera el hígado a Prometeo, y cada noche el hígado se regeneraba por sí mismo, para que el águila pudiese devorarlo de nuevo al amanecer. La vida de Prometeo, pues, se convirtió en un auténtico infierno, pero Zeus siempre pensó que el castigo era justo, pues no había falta más grave que engañar a los dioses. <<Mitos griegos -Prometeo, el ladrón del fuego>>.
<<Cuando Pandora abrió su caja, los hombres empezaron a guerrear entre sí>>. Se libraron batallas en campos y ciudades, y se derramó sangre en todos los rincones de la Tierra. Zeus, indignado, fulminó con sus rayos a cientos de personas, para advertirles de que debían abandonar la violencia. Pero los hombres no hicieron caso. Entonces, Zeus oscureció el cielo y bramó: -¡Puesto que sois bárbaros como animales, os borraré de la faz de la tierra! ¡Que el agua inunde el mundo hasta que no quede nadie con vida!
La tierra quedó a oscuras, y durante nueve días y nueve noches, llovió sin pausa. Hasta aquel momento, las aguas habían sido plácidas: el ancho mar se mecía con suavidad, los lagos parecían dormir un sueño profundo y los ríos discurrían serenos hacia la inmensidad del océano. Pero, con el diluvio, el mar se volvió bravo y peligroso, los ríos arrasaron pueblos y ciudades, y la tierra entera quedó sumergida bajo un profundo manto de agua.
(Estamos en un punto histórico igualito, hombres bestias, bárbaros violentos en guerra, e igual puede ser el castigo; los sueños de muchos videntes: ven agua torrencial... tsunami, grandes olas y mucha gente ahogada flotando. Todas las naciones tienen el mismo sino, todas bajo la misma Ley de la Siembra y vendrá la cosecha...)
Solo dos personas lograron sobrevivir: Deucalión y Pirra, que eran marido y mujer. Deucalión era hijo del titán Prometeo. Un día, había ido a visitar a su padre al Cáucaso, y había llorado al verlo encadenado, a la espera del águila que habría de escarbarle en el costado para comerle el hígado. Cómo podía prever el futuro, Prometeo había conocido a tiempo las terribles intenciones de Zeus, así que avisó a Deucalión de la gran catástrofe que se avecinaba.
-Zeus va a sepultar la tierra bajo el agua -le dijo-, y la humanidad entera desaparecerá, pero tú podrás salvarte si sigues mis consejos...
Tienes que construir un arca y, en cuanto empiece el diluvio, te embarcará en ella con tu esposa. Deucalión siguió las instrucciones de su padre. Construyó el arca, la llenó de alimentos y, en cuanto que empezó el diluvio, se embarcó con su esposa. Durante nueve días y nueve noches, los dos navegaron bajo la lluvia implacable, en medio de una profunda oscuridad. A veces, el viento formaba grandes remolinos en el agua, y Deucalión y Pirra tenían que abrazarse a la proa del barco para no caer por la borda.
Al fin, la lluvia cesó, los ríos volvieron a su cauce y el mar recobró la calma. En el horizonte asomó entonces la cima del monte Athos, y fue allí donde Deucalión atracó el arca, y donde esperó durante semanas a que las aguas desbordadas se evaporasen. Cuando la tierra volvió a ser visible, Deucalión y Pirra descendieron del monte Athos en busca de algún ser humano, pero no encontraron a nadie. Al ver que el mundo estaba vacío, Pirra se echó a llorar.
-Cálmate -le dijo su esposo-. Rezaremos a los dioses y nos protegerán. Al pie del Athos había un templo consagrado a Temis, la diosa de la justicia. Por supuesto, se hallaba abandonado: el suelo estaba cubierto de fango y ramas mojadas. Pero seguía siendo un lugar santo, y Deucalión y Pirra se arrodillaron ante el altar. Con voz humilde, Deucalión preguntó:
-Dinos, Temis, tú que has dictado las leyes eternas, ¿volverá a haber hombres y mujeres en el mundo?
La respuesta tardó en llegar, como si la misma diosa ignorase la respuesta a aquella ansiosa pregunta. Pero, después de una larga espera, la voz solemne de Temis resonó en el santuario para decir:
-Si queréis repoblar el mundo, arrojad a vuestras espaldas los huesos de vuestra madre. De los huesos que tires tú, Deucalión, nacerán hombres, y de los que lances tú, Pirra, nacerán mujeres.
Pero tenéis que arrojar los huesos con los ojos tapados, pues no os corresponde ver un prodigio asombroso...
Cuando Temis calló, Pirra exclamó escandalizada: -¡Ha dicho que lancemos los huesos de nuestra madre! Deucalión se había quedado pálido. -Así es -dijo, tan desconcertado como su esposa.
-¡Pero no podemos violar la sepultura de nuestra madre! -advirtió Pirra-. ¡Es un sacrilegio! -¿Y qué podemos hacer? -replicó Deucalión con voz tristísima-. Nuestra obligación es obedecer a los dioses...
-¡No digas locuras, Deucalión! ¡Si desenterramos a nuestros antepasados, el espíritu de los muertos nos atormentará sin descanso!
Deucalión y Pirra salieron del templo cabizbajos y desconcertados. ¿Qué podían hacer? Si no obedecían a Temis, los dioses se enojarían y, si obedecían, enojarían a los muertos. Parecía que, hicieran lo que hicieran, iban a equivocarse. Abatidos, Deucalión y Pirra echaron a caminar. Avanzaban sin rumbo, pisando el manto de lodo que les llegaba hasta los tobillos. Deucalión, aturdido por las palabras de Temis, iba pensando en voz alta, con la vista clavada al suelo.
-Es imposible que los dioses nos hayan aconsejado un crimen -decía-. Las cenizas de los muertos son sagradas, e incluso en las guerras se le concede de vez en cuando una tregua al enemigo para que pueda enterrar a sus difuntos. No, seguro que Temis quería decirnos algo que no hemos entendido... Los huesos de nuestra madre tienen que ser... De pronto, Deucalión lo comprendió todo.
-¡Ya sé lo que ha querido decir Temis! -exclamó, loco de contento, y arrancó un jirón de su túnica y lo partió en dos-. Ten, véndate los ojos con esto -le dijo a su esposa-, y luego agáchate, recoge una piedra y arrójala a tu espalda por encima de los hombros.
Pirra obedeció sin entender. Se vendó los ojos, se agachó y empezó a palpar la tierra a ciegas. Deucalión hizo lo mismo, y enseguida reconoció por el tacto una roca del tamaño de un puño. Entonces, se puso en pie y lanzó la piedra a su espalda, por encima de su hombro.
El milagro fue inmediato. Al hundirse en el barro, la roca se reblandeció y comenzó a crecer como si tuviera vida propia, igual que una escultura que emerge de la piedra. Alcanzó la altura de un hombre, y entonces empezó a cobrar forma: aparecieron el tronco y la cabeza, los brazos y las piernas, la boca y los ojos.
Deucalión no pudo verlo, pero se alegró al pensar que, a sus espaldas, había nacido el primer hombre del nuevo mundo.
Una tras otra, Deucalión y Pirra fueron arrojando cientos de piedras a sus espaldas. Las rocas que recogían eran, en efecto, los huesos de la Tierra, que es la Madre de todos los hombres.
De las piedras que arrojaba Deucalión nacían varones, y de las que tiraba Pirra nacían mujeres. Las piedras blancas originaban hombres blancos, y las negras hombres negros; las piedras pesadas se convertían en personas robustas, y las ligeras en personas delgadas.
En poco rato, pues, la playa se llenó de hombres y mujeres, de niñas y niños, unos feos y otros agraciados, unos alegres y otros melancólicos. De ese modo, Deucalión y Pirra crearon la segunda humanidad, que pobló el mundo en poco tiempo y lo llenó de alegrías y tristezas, rencores y amistades, esperanzas y fracasos.
Zeus no tiene nada en común, nada que ver, con el Dios de los cristianos, el hijo de José de Nazaret recorrió los caminos palestinos seguido de multitud de hambrientos de ideales y expectantes de milagros. Jesús, aquel hombre que tuvo más días terrenales de pesar que de gloria abrió sin embrago uno de los capítulos más dilatados y emocionantes de la Historia de la Humanidad.
Jesús de Nazaret -Judea- Belén 0 -Jerusalén 33.
Maestro religioso judío y para los cristianos encarnación del propio Dios. Nacido en Belén de Judá, después de una larga etapa de formación y anonimato, se consagró a proclamar los principios de una nueva religión, basada en el amor a los semejantes. Crucificado a los 33 años, sus seguidores, los primeros cristianos, proclamaron la validez de su ejemplo para todos los hombres por los siglos de los siglos. La Historia de Cristo ha sido escrita desde el agradecimiento por el don de la fe, por el hallazgo de Cristo.
Es el primer dato que merece resaltarse para descubrir el alma de la inspiración. Obra, escrita desde el arrepentimiento y desde la gratitud por Giovanni Papini, el declara que fue un escritor ateo que <<aspiró a ser Dios>> y, una vez convertido a Cristo, intentó <<escribir la vida de un Dios que se hizo Hombre>>.
<<Así de contundente lo afirma en el prólogo de su Historia de Cristo, donde ofrece los motivos que le guiaron a escribirla, muchos de los cuales conservan una vivísima actualidad.>> Está es la época que más se parece a la del Año Cero-0- Año del nacimiento de Jesús. Papini, fue acusado, el se granjeó el título de escritor blasfemo...
Nunca el conocimiento había sido tan importante y a la vez tan sospechoso; nunca lo habíamos necesitado tanto y desconfiado al mismo tiempo de él; nunca habíamos depositado tantas esperanzas en el conocimiento como solución mientras se convertía él mismo en un problema. La ciencia es fuente de máxima autoridad y siempre controvertida. Los expertos son para unos la tabla de salvación y para otros los destinatarios de todas las iras.
Mientras hay quien espera que el conocimiento nos saque del error y la ignorancia, hay también quien teme que nos esté conduciendo a los peores destinos. No entenderemos la sociedad en la que vivimos si no damos una explicación adecuada de este extraño antagonismo, que ya no puede ser entendido a partir de la moderna contraposición entre la Ilustración y sus sombras, como un combate moral entre progresistas y reaccionarios, la clásica demarcación entre cuerdos y locos. No está en juego la racionalidad y su contrario, sino una cierta metamorfosis de la idea misma de racionalidad, que ya no puede definirse cómodamente frente a su simple negación.
Perderíamos una gran ocasión de conocernos a nosotros mismos si descalificáramos esta incredulidad como una reacción al progreso civilizatorio. Sólo entendiendo a los desconfiados, temerosos, negacionistas, paranoicos y terraplanistas se puede entender la sociedad en la que vivimos y el papel que el conocimiento desempeña en ella.
Entender no significa aquí dar la razón a quienes parecen carecer de ella, sino explicar las circunstancias desde las que surge esta resistencia porque así tendremos una idea más precisa de la racionalidad que rechazan.
Vivimos en medio de lo que podría llamarse una desregulación del mercado cognitivo, que ya no está, afortunadamente, moderado por la censura, el paternalismo más o menos benevolente y los controles informativos. Este mercado desregulado favorece la credulidad porque no plantea ningún límite a los mecanismos más intuitivos de nuestro espíritu: estereotipos, sesgos, agitación adictiva, atención dispersa, automatismos mentales...
Cuando hay una saturación de información que nos distrae y obliga a decidir rápidamente, es más fácil aceptar las ideas falsas, pero también que nos rindamos a nuestra espontaneidad mental como si fuera algo indiscutible.
Si el populismo político se nutre de un espacio público desintermediado, podría estar ocurriendo algo similar en el ámbito del conocimiento. Hay también formas de <<demagogia cognitiva>> (Bronner 2021, 310). Este populismo sería la explotación de todos nuestros sesgos cognitivos, esa atención desmedida que otorgamos a lo escandaloso, a lo que nos indigna, a lo inédito, a lo conflictivo.
Solemos contraponer el populismo a la tecnocracia, pero este nuevo escenario informativo caótico permite síntesis asombrosas. Cabe hablar incluso de un <<populismo tecnocrático>> que consistiría en una combinación de la idea de que existe un solo pueblo, entendiendo como un bloque, sin pluralismo, y la idea de que habría una verdad tecnocrática apoyada sobre la ciencia y los datos.
Este tecnopopulismo propone soluciones técnicas a los problemas y pretende no hacer ideología sino estar de verdad al servicio del pueblo (Bickerton/ Invernizzi-Accetti 2021). Nuestro entorno informático caótico, de entrada, causas objetivas.
Es cierto que la desinformación tiene muchas veces responsables concretos que se pueden identificar. La industria del petróleo ha publicado estudios para generar confusión en torno al cambio climático; grandes farmacéuticas ocultaron información desfavorable sobre la seguridad y la eficacia de los medicamentos; las empresas del tabaco niegan los efectos perniciosos de fumar...
Pero no es esta desinformación intencional la que más debería preocuparnos, sino aquella ignorancia que no tiene sujetos culpables sino circunstancias objetivas que hacen de ella algo inevitable, en todo o en parte. La mayor complejidad del mundo, los errores de los científicos y los expertos, la tecnología acelerada que crea nuevos ámbitos de ignorancia, todo ello produce perplejidad y desconcierto.
Complejidad significa aquí desconexión con las evidencias inmediatas. Últimas noticias: La gran mayoría de la ONU vota a favor de la participación de Palestina en la Asamblea General ante el intento de veto... Y, sobre Rusia, se dice, que había un aparato volador sobre un país OTAN y han salido flechado los aviones de combate. ¡YA BASTA! Quieren la TERCERA GUERRA MUNDIAL
<<He aquí que vendrán días, dice El Eterno, Dios, en que enviaré hambre a la Tierra, pero no hambre de pan, ni sed de agua, sino de la palabra de El Eterno>>. Amós 8:11.
Señor, he aquí que no es un asunto pequeño esto que le hizo los lacayos de Lucifer a Rusia, a Ucrania, A Israel, a Palestina, a Tailandia, a Argentina, a España, a África, a Hispano-América, a los Estados Unidos de América, en fin, Señor, que estos villanos le hizo y le sigue haciendo daño a toda la gente de este maravilloso planeta. Señor, te sugiero que averíe todos los ordenadores,de todos los centros logísticos, también avería todas las bombas sean de lo que sean. Señor, según he leído, la bendición cae de los cielos, pero también los rayos... y este pleito tiene solución. ¿Quién lo ha provocado todo? EVA y ADÁN pues que ellos lo arreglen. Pero el gran encargado espiritual eres Tú, si Tu, Señor, tu los creaste defectuoso. Así que arreglalos. Ellos son los Reyes porque ellos tienen la primogenitura y su encargado eres Tú que eres Su PADRE.
Hasta cuando asi Dios lo quiera. Señor, no queremos guerras. ¡Queremos Paz y vivir la vida creando felicidad! Señor, Tu sabes que hacer, hazlo y no tardes. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Señor, misericordia, recuerda a los ignorantes. Amén.
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