miércoles, 20 de noviembre de 2024

El Bosque mágico - En busca de la verdad 40º

 El mensaje de La Virgen de Fátima en La Cova de Iría.

 A pesar del frío de la estación, todos están dispuestos a pasar la noche a la intemperie, para poder obtener al día siguiente un sitio mejor. El día siguiente amaneció en la comarca frío, desagradable, lluvioso. ¡No importa!... La multitud aumentaba por momentos. Llegaba gente de los pueblos vecinos y de los pueblos más lejanos. Los periódicos de la capital han enviado a sus mejores redactores. En toda la mañana no deja de caer a cántaros la lluvia. La Cova de Iría, bajo las pisadas de esta masa humana, se ha convertido en un inmenso barrizal. Peregrinos y curiosos están calados hasta los huesos. Se diría que la Visión empieza a poner a prueba la fe de los peregrinos. Pero nadie piensa en marcharse. Hacia las once y media hay allí más de cincuenta mil personas. Ciertos cálculos exceden de los setenta mil. El señor Da Almeida Garret, profesor de la Universidad de Coimbra, estimaba aquella multitud en más de cien mil personas. Todos los ojos están fijos en el lugar de las apariciones.

Aquel día, Lucia siente una gran alegría. Su madre, y también su padre están con ella. -Si Lucia ha de morir, moriremos con ella- declaro valerosamente su madre- Mira bien, hija mía. Ten cuidado de no engañarte- le dice su madre, que se pregunta con inquietud, cómo acabará este asunto. Pero Lucia no lo oye... Está en éxtasis. <<El rostro de la niña- declaraba la información, el 13 de noviembre siguiente, un testigo ocular- era cada vez más hermoso y tomaba un tinte sonrosado... Francisco y Jacinta vieron también a la Señora en el sitio de costumbre...

Manos piadosas han adornado de flores y cintas de seda el arbusto mutilado. La celeste visitante posa justamente sus pies sobre estos adornos. Lucia no olvida que la Señora prometió que diría su nombre y el objeto de sus visitas en su última aparición. Por ello preguntaba confiadamente: -¿Quién sois, Señora, y qué deseáis de mí? La visión contesta: -Soy la Virgen (<<a Senhora>>) del Rosarioa. Deseo que en este lugar se levante una capilla en mi honor. Por sexta vez, recomienda que se continúe rezando el rosario todos los días, y añade que la guerra va a terminar y que los soldados no tardarán en regresar a sus casas.

Entonces Lucia, que había recibido de muchísimas personas un sin fin de súplicas para transmitir a Nuestra Señora, le dijo: -¡Tendría que pediros tantas cosas!... Y Ella: -Concederé unas; otras no. Y volviendo al punto central del Mensaje: -ES PRECISO QUE LOS HOMBRES SE ENMIENDEN, QUE PIDAN PERDÓN POR SUS PECADOS. Y tomando un aire de mayor tristeza, con voz suplicante prosiguió: -Que no ofendan más a Nuestro Señor, que es ya demasiado ofendido.

Estas palabras hirieron profundamente el alma de los videntes, que guardaron un perturbable recuerdo de la expresión de la dolorosa tristeza que se había manifestado en el rostro de la Señora cuando las pronunciaba. Estas fueron sus últimas palabras, que encierran lo esencial del Mensaje de Fátima. En el preciso momento en que la Señora hacía este gesto, Lucia gritó a la muchedumbre: <<¡Mirad el sol!>> Entonces la multitud contempló un espectáculo estupendo, único, jamás visto... Uno de esos prodigios celestes que parecen anunciados por la palabra del Redentor en la profecía sobre los últimos tiempos: <<Las virtudes de los cielos temblarán>> y las leyes astronómicas serán trastornadas.

De pronto cesó la lluvia y las nubes, negras de la mañana, se disiparon. El sol apareció en el cenit como un disco de plata que podían mirar los ojos sin deslumbrarse. Alrededor del disco mate se distingue una brillante corona. De pronto se pone a temblar, a sacudirse con bruscos movimientos, y, finalmente, da vueltas sobre sí como una rueda de fuego, proyectando en todas las direcciones unos haces de luz cuyo color cambia muchas veces.

El firmamento, la tierra, los árboles, las rocas, el grupo de videntes y la inmensa multitud aparecen sucesivamente como teñidos de amarillo, verde, rojo, azul, morado... ¡Y esto durante dos o tres minutos! El astro del día se detiene unos instantes. Luego vuelve a emprender su danza de luz de una manera más resplandeciente

Se detiene de nuevo para volver a comenzar una tercera vez, más variado, más colorido, más brillante aún, este fuego de artificio tan fantástico como ningún artista hubiese podido imaginar. ¿Cómo describir las impresiones de la multitud?... Extática, inmóvil, conteniendo la respiración, esta muchedumbre de setenta mil videntes contempla. En un mismo instante, todos cuantos forman esta multitud, todos, sin excepción, tienen la sensación de que el sol se desprende del firmamento y, a pequeños saltos, a derecha y a izquierda, parece precipitarse sobre ellos, irradiando un color cada vez más intenso. Un clamor formidable surge a la vez de todos los pechos, o más bien diversas exclamaciones, que indican las variadas disposiciones de las almas: 

<<¡Milagro! ¡Milagro!>>, gritan unos... <<¡Creo en Dios!>>, proclaman otros... <<¡Dios te salve, María!>>, exclaman éstos... <<¡Dios mío, misericordia!>>, imploran los demás... Y en seguida este último grito es el que predomina. Toda esta ingente multitud está ahora arrodillada en el barro y reza el acto de contrición.

Entonces el sol, deteniéndose súbitamente en su vertiginosa caída, remonta otra vez zigzagueando, tal como había bajado, y poco a poco vuelve a tomar su normal esplendor en medio de un cielo límpido. La muchedumbre, después de haberse levantado, reza en coro el credo. ¿Quién podrá describirnos la emoción de esta multitud? Un anciano, hasta entonces incrédulo, agita los brazos gritando: <<¡Virgen santa!... ¡Virgen bendita!...>>

Y con el rostro bañado en lágrimas, alto los brazos, trasportado visiblemente todo su ser, grita con todas sus fuerzas: <<¡Virgen del Rosario, salva a Portugal!>> Y en todas partes, en la explanada, se desarrollan escenas análogas... Era, pues, el adiós de María, no sólo a los niños, sino también a la Cova de Iría y a toda la multitud que la llenaba. Estas son las reflexiones que cambiaba el pueblo entre si y que se resumen en esta frase, mil veces repetida: <<¡Hemos visto, la señal de Dios!>>. Son aún millares los supervivientes que dan testimonio de este prodigio, y si alguien les pregunta: <<¿No se tratará de una sugestión colectiva?>>, responden: <<¡Qué ha de ser! La única cosa colectiva que había era la lluvia que nos calaba hasta los huesos>>. 

Evidentemente, si el Cielo quiso acumular aquel día todos estos prodigios, fué para mejor convencer a los testigos y a la Iglesia católica entera de la realidad de las apariciones a los niños y de la veracidad de su testimonio, y también para evitar que los padres de los videntes y a los sectarios toda posibilidad de discutirla. Estos milagros inauditos tenían además por objeto, seguramente, demostrarnos la excepcional importancia que la Madre de la Misericordia concedía al Mensaje que Ella traía a la tierra por conducto de los tres pastorcillos de Fátima.

En fin, nuestro hogar es el Cielo, somos seres siderales. Somos dioses, porque somos hijos de Dios. Jesús el Nazareno es el mismo Dios, que se encarnó en la Virgen María, Madre de Dios, la Diosa Madre, Mujer Divina y Misericordiosa. Viendo la que se avecina... lo mejor es encomendar el alma a Jesús, a José y a María. Oración por la Paz Universal. <<¡Virgen María Reina de todos los Pueblos de la Tierra, salva a la Tierra, para salvar a la Humanidad!>> Amén. Gracias, Madre del Cielo. Bendita eres por todos los siglos. Gracias.

Hasta cuando así Dios lo quiera. Para presentarse delante de Dios, no hacen faltan trajes de seda bordados con oro o plata, con la devoción basta. Señor Dios bendice y certifica la obra de nuestras manos. Amén

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