miércoles, 27 de noviembre de 2024

El Bosque Mágico -En busca de la verdad 45º

 ¿El hombre es el único ser vivo de la naturaleza que habla? Creo que no es así. Mi gato habla. Dice cada día más palabras, por ejemplo: Tengo miedo. Mama. Miedooo. Es un gato muy cobarde. No sale a la puerta de la calle, se limita a estar en la casa.  Por eso lo tengo en casa, porque si saliera a callejear no estaría viviendo en mi hogar. Porque los gatos  salvajes y los callejeros son cazadores de ratones, ratas, lagartos, víboras, alacranes, cucarachas etc. Los loros y los delfines emiten sonidos vocalizados. En verdad, el hombre es  el único animal que habla, y, en verdad el sobrenombre o título de lo de animal o bestia, el hombre lo tiene bien ganado, es más, ningún animal de la creación mata sino es por su supervivencia. El hombre mata por placer y por acumular bienes y riqueza. La función de la palabra, más que orgánica, es intelectual y espiritual, y marca, por lo tanto, el acceso del hombre a un plano de realidad inalcanzable para el resto de los seres vivos.

<<Analiza Jean Piaget una etapa de la evolución del niño, denominada de <<realismo nominal>>, durante la cual opera en su conducta este mecanismo de apropiación del mundo. Recién adquirida la palabra, el niño concede a la misma un valor trascendente, que le hace preguntar constantemente por el nombre de las cosas. El "que es esto" y "como se llama esto" es para él la manera de hacer suyo todo lo que es capaz de nombrar, pues el tener nombre es ser dueño de la cosa nombrada. En este sentido, por tanto, "qué es esto" y "como se llama esto", son una misma y única pregunta. Ello es así porque precisamente el nombre no es mera designación de la cosa, sino que confiere identidad a lo nombrado.

Gracias al lenguaje, el hombre identifica y se identifica, dota de un valor a las cosas, reordenando el mundo natural a su medida. Palabra y mundo establecen un diálogo tan consustancial que, al fin, el valor del lenguaje se asigna y reordena no es distinto del valor del mundo por él organizado. Por ello, cambiar el lenguaje es cambiar el mundo, y no hay revolución posible sin tomar previamente <<el poder de la palabra>>. El análisis de un poderoso instrumento ha sido, como no podía ocurrir de otra forma, una constante a lo largo de los tiempos.

Magos y hechiceros, teólogos y filósofos, mitógrafos, antropólogos, retóricos y sofistas, psicólogos y filósofos de hoy, han estudiado y estudian el lenguaje desde todas las ópticas posibles para conocer la función de la palabra, su nervio más íntimo y su forma, rastreando la huella de su nacimiento para alcanzar y desentrañar así la sustancia de la palabra primera. Dificultosa búsqueda que, durante una larga etapa, se desarrolló fundamentalmente en el campo acotado de la lógica bajo la luz más pura de la razón, y si bien aportó muchas respuestas, ninguna que aclarara el enigma del origen del lenguaje, enigma que, como anticipa Cassirer, sólo empezará a desentrañarse <<cuando en lugar de los conceptos lógicos, se confronte con la forma de los conceptos míticos>>.

Precisamente el mito es narración que da constancia de los orígenes, que habla de cómo algo ha llegado a existir, siempre por medio de la intervención de seres sobrenaturales, irrupción de lo sagrado en el Mundo. Describe el mito no sólo lo que el hombre y las cosas fueron en los principios, sino lo que son hoy, constituyendo así los paradigmas de todo acto humano significativo. En ese ámbito  aparece el lenguaje como la primera de las grandes creaciones y la que contiene el germen de las demás.

Siendo el mito narración antigua que habla de tiempos primordiales, no pierde sin embargo vigencia lo narrado, precisamente por su capacidad de adaptarse sin desvirtuar su sentido. El mito narra acontecimientos que representan ciertos modelos; estos modelos se configuran abstrayendo del suceso inicial los factores fundamentales, <<modélicos>>, del acontecimiento. Así, cuando en el mundo de la realidad se produce un hecho que concuerda, por similitud, con el modelo mítico, éste se cumple, ratificando su vigencia y ejemplaridad. La ampliación de este principio de similitud permite reforzar la semejanza y salvar las diferencias no sustanciales de cada suceso en relación al mito, dando vida a éste a lo largo del tiempo.

Y si algo se caracteriza la palabra, es justamente por esa misma de operar, por su capacidad de representar factores comunes de distintos acontecimientos, salvando sus diferencias, y manifestándose así, al decir Benet, como un mitema, como <<una reincidencia sonora sobre un dato de la experiencia que guarda gran número de semejanzas con otro precedente y predica de antemano la naturaleza del consecuente; sólo la palabra transforma esa imperfecta analogía de identidad al prescindir de los elementos no comunes ni determinantes de vivencias concomitantes>>.

Ese gran instrumento de poder que es la palabra, revela así, en los orígenes, su sentido único, que la configura como un ser y una forma sustanciales. No debemos olvidar que MYTHOS es término griego que significa PALABRA, y sólo desde el conocimiento previo de esta palabra, podrá posteriormente ser entendida en su sentido ideal, como estructura conceptual que ordena el mundo. Llegamos, pues, a tener un atisbo de esta primera palabra en el albor de los tiempos antiguos. Palabra-mito, palabra-ser. Como dijera Gusdorf:

<<La primera palabra debe haber sido Palabra de Dios, creadora del orden humano. Palabra de gracia, llamado del ser, llamado al ser, esencia que incluye la existencia, que provoca la existencia>>.

Corresponde a los líderes con vocación de servicio identificar las necesidades legítimas de las personas puestas a su cargo y satisfacerlas, En esto reside el secreto del liderazgo.

Cuando identificas y satisfaces las legítimas necesidades de los demás puedes influir en ellos. Es la Ley de la Cosecha: cosechas lo que siembras. Cuando siembras servicio y sacrificio al identificar y satisfacer las demandas cosecharás influencia. Y la influencia es la esencia del liderazgo. Abraham Lincoln es el presidente de los Estados Unidos de América que hace poco más de un siglo dirigió a los grupos que, en su país, se oponían a que una minoría de señores de la tierra, enriquecidos por el empleo de esclavos negros, continuaran imponiendo su ley.

Lincoln emancipó a los esclavos y consolidó la Unión; para conseguir ambas cosas hubo de hacer frente a una guerra civil. La ganó y fue asesinado. La  victoria del Norte contra el Sur y la abolición de la esclavitud son dos hechos políticos. Lincoln era un político. Su muerte, fue, pues, un acto político.

Para conocer a Lincoln, por consiguiente, hay que verlo sobre todo como un político. Y como su vida termina violentamente, víctima de un complot, lo más adecuado es preguntarse: ¿Cómo y por qué fue asesinado Lincoln? O lo que es lo mismo: ¿Cómo se formó la personalidad de este hombre? La forja de la personalidad de Lincoln es la forja de un carácter lleno de tensiones, de luchas entre sentimientos y actitudes que no siempre encajan y muchas veces se oponen entre sí.  Gusto por el recogimiento y gusto por la actividad pública, extroversión de orador, buen dominio de los trucos para salirse con la suya, lo mismo en el ejercicio de la abogacía que en el de la política.

Fortaleza y súbitos desfallecimientos. Recursos chistosos y tonos casi bíblicos. Todo ello proviene en buena parte de la historia personal, íntima, singular de Abraham Lincoln. Pero esa historia se encuentra radicalmente marcada desde su infancia por el medio y el ambiente colectivos: la de los pioneros del Oeste, donde se repiten una y otra vez las tensiones y violencias de la historia americana.

Las virtudes y defectos del <<honrado Abe>>, virtudes y defectos propios de un hombre que se ha formado rudamente en la vida, le abren camino en el Estado de Illinois, donde se consolida como político y como abogado. Pero todo eso no basta para llegar a ser una figura política nacional.

En su primer intento de hacer carrera en Washington, como representante del partido liberal, Lincoln es capaz de atraer la atención de sus compañeros, pero resulta demasiado tosco, indeciso y titubeante ante los grandes temas nacionales. Tampoco es mayor su capacidad para moverse en los pasillos del poder.

Así que la vocación política de Lincoln sufre el rudo golpe de un fracaso. Lo que, a la altura de la política nacional, un <<casi>> significa la derrota. Lincoln comprende y se aparta. <<Abe>> ya un hombre maduro. Pero las circunstancias que le van a convertir en líder de la parte más progresista y dinámica de su nación no han madurado todavía. Una personalidad madura, ya forjada, encuentra en la política nacional el terreno para dar de sí todo lo que lleva dentro. El tema de la esclavitud, que divide a los americanos, se agrava, se calienta. 

Y ello ocurre porque, tras la defensa o el ataque de la <<<institución>>, se ocultan las intenciones de diferentes grupos de americanos. Quienes defienden su supervivencia, sureños fundamentalmente, están defendiendo una economía anticuada, basada en la agricultura de un solo cultivo que exige grandes posesiones de tierra. Defienden, así mismo, la idea de que los Estados Unidos no son una nación, como se entiende en Europa, sino una federación de naciones y que, por tanto, si uno de los miembros está descontento puede separarse en cualquier momento.

Entre quienes la atacan, los hay idealistas, pero los hay que piensan en el modo de adueñarse del Sur, de controlar sus mercados, de obligarlos a producir más y, sobre todo, de acabar con el poder político. Lincoln, que ha sido antiesclavista por razones morales, comprende que la Unión ha de consolidarse; pero teme que una rápida liberación decida a los sudistas a romper y a acudir a la guerra. Lincoln quiere evitar la guerra, pero quiere solucionar el problema a toda costa, porque la Unión, con esclavos, es <<una casa dividida>>, como dice uno de sus grandes discursos.

Un estadista que muere asesinado obliga a leer su biografía como se lee una novela policíaca. Es decir, obliga a conocer el crimen, sus detalles, sus autores. Y después, obliga a hacer el papel de los detectives, a preguntarse: ¿Quién querría matarlo?, ¿quién tiene la mejor coartada?, ¿cuáles son las consecuencias de su desaparición?, ¿a quién beneficiaba su muerte?, ¿los asesinos actuaban movidos por intereses propios o estaban manejados por otros, formando parte invisible de un complot cuyas raíces se pierden en la sombra? En la historia contemporánea todos hemos podido saber de asesinatos de líderes y estadistas políticos; en estos crímenes no hay que fiarse de las apariencias.

 Pues bien, Abraham Lincoln, decimosexto presidente de la Unión, murió asesinado. Su leyenda cuenta que pocos días antes de que esto sucediera, <<Abe>> Lincoln, como lo conocían sus compatriotas, había tenido un sueño premonitorios, lleno de negros presagios. había soñado que se encontraba durmiendo y que un clamoroso llanto le había despertado. Se había levantado y acudido a la Sala Este, en la Casa Blanca, de donde procedían los lamentos. Allí se encontraba un catafalco, rodeado de una gran multitud doliente.

Un paño negro cubría el rostro del cadáver encerrado en el féretro. Lincoln se había vuelto hacía los presentes para preguntarles: <<¿Quién ha muerto en la Casa Blanca?>>. Le habían respondido: <<El presidente, lo han asesinado>>.

Tuviera o no ese sueño, lo que sí es cierto es que Lincoln tenía motivos para soñar con su asesinato. ¿Por qué?  En primer lugar, porque crecían las amenazas de muerte. ¿Y por qué llegaban esas amenazas? En principio porque <<Abe>> Lincoln, al ser elegido por vez primera presidente cinco años antes, había desencadenado la secesión de los Estados sudistas de la Unión. 

Durante su primer mandato había dirigido con firmeza la guerra civil. Y había ganado la guerra y la presidencia, de modo que los Estados rebeldes se habían visto obligados a reincorporarse a la Unión a la fuerza. Pero esos Estados  se habían separado porque el programa con el que Lincoln venciera cinco años antes de su muerte incluía la liberación de los esclavos. Mediante dos leyes consecutivas -una proclama personal primero, después- había liberado a los esclavos negros. Quienes perdieran la guerra y con ella sus bienes - esclavos, grandes plantaciones-, tenían sobrados motivos de venganza. Sin embargo, a Lincoln no le mató un vengador enloquecido. 

Pocos días ante de su muerte, el 4 de abril de 1865, había visitado Richmond, la antigua capital rebelde de los sudistas, al fin recuperada para la Unión. Lo había hecho sin apenas protección. Habría sido relativamente fácil que un desesperado hubiese atentado contra su vida. Sin embargo, <<Abe>> había vuelto a Washington. A soñar su muerte. Porque las amenazas seguían llegando.

La noche del 14 de abril de 1865 Lincoln decide asistir al teatro. Es miércoles. A mediodía, una salva de cañonazos ha conmemorado la fecha del comienzo de la guerra civil -iniciada cuatro años antes al disparar los sudistas contra un barco que llevaba víveres al único fuerte federal  en el Sur, Fort Sumter- y el general Anderson, que entonces defendiera la plaza ha izado la bandera unionista de las barras y estrellas entre los aplausos de la multitud; solo hay una bandera en el territorio de los Estados Unidos. 

El orador ha dado gracias al cielo porque Lincoln haya podido ser testigo de este día. Antes de asistir al acto, Lincoln se ha negado a recibir visitas para charlar con su hijo Robert, el primogénito, que viene del frente y le cuenta sus impresiones y detalles del general vencido: Robert E. Lee. Después se ha reunido con sus ministros en una sesión de gabinete muy informal. Lincoln, que tiene sobrada fama de melancólico y ensimismado, pero también de contador de historietas, se inclina hoy por esto último. Se muestra jovial. Incluso cuando se discute el tema delicado de la reconstrucción del país.

Frente a la opinión de Grant, el general victorioso, que pide mano dura, el presidente mantiene sus conocidos puntos de vista. Paciencia, ecuanimidad y ayuda para establecer en todo el territorio una auténtica vida democrática. Que los esclavos puedan ser de verdad hombres libres junto a sus antiguos amos. Hay que conseguir un espíritu de concordia y desmontar el creciente espíritu de desquite y venganza que corre por todo el Norte.

La sesión termina y Grant y el presidente quedan de acuerdo en que acudirán esa noche a la función de gala del Teatro Ford, donde, con fines benéficos, se presenta la comedia de un autor inglés, Taylor, titulada Nuestro primo americano. La interpreta una actriz muy popular: Laura Keene. Y todo el mundo dice que la obra y la actriz merecen la pena. 

A mediodía Lincoln escribe una breve carta de respuesta a un general que acaba de darle aviso de haber descubierto un complot más para asesinarle; pide que extreme las medidas de vigilancia. Aprovecha para hacer política ganándose el apoyo de este hombre, tenido por muy conservador.

Después da órdenes al presidente del Congreso, que ha acudido a preguntarle si se celebrarán sesiones legislativas durante el verano. La respuesta es no. Pero Lincoln aprovecha también, como en la carta, como en la sesión del gabinete, para hacer política. Puesto que el presidente del Congreso va al Oeste, le pide que lleve a mineros y montañeses un breve mensaje. Lo dicta, improvisándolo.

Insiste  en sus ideas: la riqueza de los Estados de la Unión es inmensa; con la paz ha llegado el momento de aprovechar en tareas útiles todos los brazos; en el país <<hay sitio holgado para todos>>.

En las primeras horas de la tarde, <<Abe>> invita a su esposa a dar un paseo en coche por Washington. La ciudad rebosa de gente que lo aclama. Hace unos meses era un hombre controvertido; debe volver a serlo, puesto que ni su personalidad ni sus ideas satisfacen a todos, pero éstos son momentos de tregua: la guerra ha terminado.

Y hasta Mary Todd, quien, a consecuencia de la muerte de dos de sus hijos, ha enfermado y padece de los nervios, se encuentra bien, charlatana, en la tarde primaveral. Los esposos hablan de lo que harán cuando, dentro de cuatro años, termine el segundo mandato presidencial. Mary quiere ir a Europa; a él le gustaría más conocer California. Cuando regresa a la Casa Blanca, más tarde de lo previsto a causa del entusiasmo de la multitud, ve que entre quienes no han podido obtener audiencia hay antiguos conocidos de Illinois, el Estado donde <<Abe>> maduró y nació a la vida política, donde transcurrió gran parte de su vida. Ordena a los cocheros que den marcha atrás y se entretienen un rato charlando.

A la Casa Blanca llega un recado de que el general Grant no puede aplazar el viaje a las unidades. El motivo real, según se sabe después, es que Mary Todd había dado un espectáculo histérico a la señora Grant unas semanas antes, cuando la gente aplaudió lo mismo al general que al presidente, y la generala no quiere correr el riesgo de que se repita la escena esa noche en el teatro. 

Así que Mary hace su escena, ahora, en el interior de la Casa Blanca, frente a su esposo y sus íntimos: ¿Cómo se puede tratar así al presidente de la Unión, y cómo pueden hacerlo los Grant, que se lo deben todo a Lincoln? Para <<Abe>> Lincoln el asunto se zanja pronto. Cena y firma antes de salir para el teatro la instancia de libertad de un prisionero sudista que se compromete a prestar juramento de fidelidad a la Unión.

Su último texto político guarda relación con los demás del día. También lo guardará el último gesto. Al subir al coche, ve al secretario al que dicta el mensaje de los mineros. No olvida eso. El mensaje tendrá ya siempre valor de un testamento.

La función del Teatro Ford ha empezado. Al entrar el presidente, el público -políticos, funcionarios, militares de permiso, con sus esposas y novias-, se pone en pie y aplaude. Suena el himno de la Unión. Más aplausos. Y la función prosigue. El palco presidencial es uno del proscenio; encima, pues, del escenario. En un determinado momento, el público ríe, con ha reído en todas las representaciones de los días precedentes, fuerte, divertido ante una frase afortunada.

En ese momento, un hombre abre la puerta del palco presidencial, dispara, Lincoln inclina la cabeza. El grito de Mary Todd se pierde entre las risas. El público percibe que algo ha sucedido cuando ve saltar a un hombre al escenario, quien, revolver en mano, señala hacia el abatido Lincoln y grita: Sic semper tyrannis (<<así se hizo siempre con los tiranos>>). Es el lema del escudo de Virginia, uno de los Estados que encabezaran la secesión. Los comediantes, despavoridos, atropellan al magnicida, que, además, se lastimó al saltar y escapa cojeando.

El desconcierto le ayuda. Hay desmayos, órdenes contradictorias. Un médico militar llega al palco. Lincoln ha sido herido en la cabeza. Mana poca sangre de la herida, pero el diagnóstico es implacable: no hay salvación. Es un poco más de la diez de la noche. Cuatro soldados transportan el cuerpo exánime del presidente a la casa más próxima, de la que es dueño un tal Person.

En la habitación se agrupan Mary, los médicos, algunos políticos. Nueve horas dura la agonía. A las siete de la madrugada, Lincoln expira sin haber recobrado el conocimiento.

Entretanto, la noticia ha corrido por la ciudad. La multitud se agolpa ante la casa. Después acudirá a la Casa Blanca a desfilar ante el féretro. Se sabe ya que han asesinado a Lincoln y herido al secretario de Estado, Seward. Se trata, pues, de un complot.

Meses después, cuando las principales figuras del complot vayan siendo detenidas, se irán conociendo los detalles más superficiales. John Wilkes Booth, el asesino del presidente, es un actor. Tres años antes, ha protagonizado un incidente en Nueva York, junto con su hermano, representando el Julio César de Shakespeare, añadiendo una <<morcilla>> al parlamento donde Marco Antonio acusa a Bruto, el asesino de César; la <<morcilla>> es esta misma frase; sic semper tyrannis, que contradice el texto del autor inglés. La morcilla no la advirtió nadie porque la ahogó el grito de <<¡fuego!>> con el comenzaron los incendios de los teatros neoyorquinos, uno de los innumerables actos de sabotaje cometidos por los esclavistas y sus cómplices en el Norte.

Después huyó al Canadá, donde tramó una conjura para secuestrar a Lincoln durante la guerra y llevarlo a Richmond, la capital sudista. Se sabrá que la conjura se tejió en casa de la viuda Surrat, una antigua terrateniente de Maryland, arruinada por la guerra, y que tiene una casa de huéspedes en Washington. Se sabrá que los conjurados pretendían matar al tiempo a Seward, secretario de Estado, y a Johnson, el vicepresidente. Pero que Powell, un sureño hercúleo y medio bobalicón, solo ha podido cumplir parte de su cometido, entrando en casa de Seward fingiéndose el mozo que traía las medicinas.

Todos ellos y algunos más serán ahorcados después de proporcionar al público unos meses de intriga a medida que se iban conociendo detalles. Pero se sabe también que unos años antes, iniciada apenas la guerra, unos caballeros honorables habían formado en Richmond un club secreto, cuya finalidad era matar al presidente, de modo que llegan a contratar un escuadrón de ciento cincuenta valientes dispuestos a raptarlo, y que fracasaron. Los hilos de esta conjura, como los de todas, se pierden en las sombras. Se escribirán cientos de páginas con hipótesis...

¿Por qué y para qué se mató a Lincoln? Para responder hay que apartar la vista de ellos y también de la víctima. Mirar al país, a la sociedad. Y plantearse de nuevo la afirmación inicial de estas líneas. Decir: un estadista asesinado es siempre un hombre que en una lucha política ha tomado una posición y dado fuerza y velocidad a uno de los grupos que pugnan para organizar la sociedad de una forma que disgusta a otro grupo. De este modo, si miramos la historia americana, comprenderemos mejor quién era Lincoln, cuáles eran sus fuerzas, quiénes le apoyaban, qué desencadenó su muerte.

Lo que interesa ahora es conocer la vida de <<Abe>> Lincoln, cómo se forjó su carácter y su personalidad, qué hizo y cómo lo hizo, de modo que, llegado un momento, se considerase que su persona podría poner en peligro los intereses de quienes, despreciando idealismos, buscaban solo su provecho.

Para el conjunto de los norteamericanos de la época de Lincoln, el pasado tiene menos importancia que el porvenir. Los lazos familiares se circunscriben prácticamente a los formados en el hogar, sin tener clara conciencia de un linaje, de un clan. Y es que la sociedad americana es una sociedad joven, en perpetuo movimiento.

Los amigos de hoy pueden dejar de serlo, desde el momento en que se decide probar fortuna un poco más allá, en la frontera. Si nos acompañan, continuarán siendo amigos; si se quedan o toman otra ruta, hay muchas probabilidades de perderlos de vista. A diferencia de Europa, de donde provienen todas estas emigraciones de la época, la frontera no es un lugar donde se acaba el país.

Al contrario, se trata del lugar donde se puede ampliar el país con mínimo coste. Y esa frontera afecta a todos; las pequeñas localidades de pioneros, la familia, las amistades.

Una ojeada a lo poco que sabemos de los antepasados de Abraham Lincoln basta para ver en qué medida resulta cierto este espíritu de <<hijos de la frontera>>, de pioneros.

En 1638, un hombre llamado Samuel Lincoln, de Norwich, se pone en marcha y emigra a Massachusetts, uno de los trece Estados del Este que configuran lo que entonces se llama la Nueva Inglaterra. Sus hijos le imitarán, desparramándose por lo que entonces, dado el escaso número de colonos, es todavía el amplio territorio a poblar en busca de nueva vida y fortuna. Es el territorio de la primera frontera, el de las colonias organizadas.

Uno de ellos se instalará en Kentucky, cuyas regiones acaban de ser descubiertas y exploradas. Es el año de 1780. Le acompañan sus hijos. Uno de ellos, Thomas, será el padre del futuro presidente. Y él, el abuelo, este pionero de la segunda frontera, se llama Abraham.

Las actividades de una familia de colonos son duras. Lo fueron para los pasajeros del Mayflower. También para gentes que llegaron después, como Samuel Lincoln de Norwich, y para sus hijos, que marcharon a Virginia. Lo son también para este primer Abraham Lincoln de Kentucky. En primer lugar, porque el hecho de la emigración constituye una de las más difíciles pruebas en la vida de un hombre. Ciertamente, para los contemporáneos de los antepasados de Lincoln en Europa, las cosas no eran mucho más fáciles. Al contrario: resultaban impresionantemente más dificultosas. Puede decirse que en Europa, cuando alguien se mueve, es porque obedece o porque huye. Así se poblará la América del Norte, con fugitivos. Fugitivos de la pobreza, de las persecuciones.

Pero el pionero americano tiene ante sí la posibilidad de alejar la frontera, uniendo en este hecho, confundiéndola casi, su historia personal y la de la comunidad. Esos pioneros que se ponen en marcha atraídos por las leyendas de nuevas tierras han de formar ellos mismos su propio y precario ejército. Por el mero hecho de avanzar se convierten en soberanos de sí mismos, en soldados de sí mismos también. El enemigo no es el señor que les prohíbe moverse, tampoco otro ejército, regular o mercenario, que les impide pasar. 

Tampoco la orden la da un señor. Todo se decide en conciliábulos. Aquí las órdenes, como el enemigo, están, por así decirlo, al alcance de una humilde fortuna. El enemigo es, de una parte, las tribus indias, de otra, la naturaleza virgen hostil. Un grupo de hombres decididos a mejorar su suerte puede...

Y tanto en uno como otro caso, la hostilidad de la naturaleza y la de los pocos pobladores aborígenes espera en cada tramo a los pioneros, a los colonos. Alimañas del bosque, mosquitos palúdicos en las zonas pantanosas, flechas envenenadas. Pero estos hombres que o tienen sentido alguno del linaje, que han escapado de lo peor -o que escucharon de labios de sus padres o abuelos relatos de la miseria, la guerra y la opresión  en Europa-. están dispuestos a la huida del pasado de sus mayores, del hacinamiento.

No se plantean, por supuesto, el problema de que su ocupación de tierras supone el que los pobladores originarios hayan de abandonarlas. En ellos predomina el recuerdo de la huida del pasado de sus mayores. Y la contemplación de inmensos valles, praderas y bosques sin poblar le quita casi todo sentido a la palabra <<usurpación o genocidio de los indios nativos>>.

<<En el planeta Tierra hay espacio para todos y debe ser de todos.>>

 Cada grupo, entonces, solucionará este problema de acuerdo con la forma de pensar de la mayoría de sus miembros, o con el temple del líder que los lleva. En aquella lejana época de los pioneros, unos pactarán con los ocupantes indios, algunos incluso comprarán la tierra; pero la regla general será empujar su <<frontera>> con violencia... <<Lincoln escribe una larga carta a Taylor aduciendo once razones. Escribe cartas a otros miembros del partido solicitando ayuda para la petición. Y son cartas de un buen táctico, de hombre que sabe tocar las cuerdas oportunas. Toca, pues, todos los resortes del buscador de empleos en esta correspondencia. Demuestra que ya conoce las intrigas de pasillo, cómo fraguar alianzas o deshacerlas...

El llamado Padre de los esclavos, el consolidador de la Unión, no fue un hombre feliz en su matrimonio. Él, que había dejado a Mary Owens por ser demasiado amante del bullicio y las fiestas, ha sido atrapado por Mary Todd, tan bulliciosa y desde luego más enérgica y ambiciosa. Su creciente neurastenia la llevará finalmente a la locura, una vez asesinado su esposo. Lincoln, pues, no es  feliz en casa. 

Y ocurre que cuando un hombre no se encuentra a gusto en el hogar, se marcha. Unos van a la taberna, otros se entregan al trabajo. Otros se inventan nuevos trabajos. A otros, y es éste el caso de Lincoln, ese tiempo no gastado en casa le permitirá dedicar más horas al estudio de sus asuntos de abogado y a la lectura de temas políticos, y también para frecuentar en tabernas y clubs, en mítines y reuniones a sus lectores y correligionarios. De un político se dice que es un hombre público para  contraponerle al ciudadano normal, cuyo tiempo se reparte entre el trabajo y el hogar.

En uno de los discursos como congresista, Lincoln ha afirmado: <<contadas son las cosas enteramente buenas o enteramente malas>>. Y ha añadido: <<de continuo se requiere nuestro mejor juicio para determinar la preponderancia de unas u otras>>. Pues bien, este equilibrado razonamiento de Lincoln hay que aplicarlo a la hora de valorar el peso en que su obra pública tuvo su vida privada. Y especialmente en su matrimonio...

La obra de Lincoln quedó incompleta. Salvo la República de Nigeria, que obtuvo su independencia en 1960, ningún país del mundo tiene hoy tantos negros como los Estados Unidos. Se trata, pues, de una minoría enorme. Y las luchas por conseguir unos derechos civiles iguales a los blancos se han desarrollado con enorme fuerza justamente un siglo después de que terminase la guerra de Secesión, que les liberó oficialmente de la esclavitud.

Las causas de que tras la guerra civil los negros liberados no obtuvieran una situación mejor o, por lo menos, estuvieran en mejores condiciones para emprender su lucha civil, son muy diversas. En primer lugar; no pudo llevarse a cabo la política que Lincoln preconizaba: reforzar las instituciones federales, aunque respetando las peculiaridades y derechos de los Estados vencidos. Los elementos más turbios del Sur, aliados con los más turbios del Norte, comenzaron muy pronto a imponer sus criterios. Y pronto los gobiernos de los antiguos Estados de la Confederación estuvieron en manos de antiguos dueños de los esclavos, ahora al servicio de intereses nordistas, pero apoyados por quienes en el Norte también habían defendido la esclavitud y por los nuevos intereses de los recientes propietarios.

A los negros se les respetaron unas cuantas concesiones de la Proclama Emancipadora: Votar, tener propiedades, contratar y obligarse, testificar en los tribunales. Pero bajo ciertas condiciones. A esto se le denominó Código Negro. Colocó, pues, a los antiguos esclavos en situación de inferioridad permanente, ya que en el Sur, arruinado y esquilmado, muy pocos negros tuvieron posibilidad de comprar nada. 

Después de Lincoln, el Gobierno federal nunca tuvo ideas claras sobre cómo ayudar a la emancipación del negro. Estableció, por ejemplo, una oficina para ayudar a la subsistencia y educación de los negros, pero no fue capaz de encontrar fondos para que la oficina cumpliese su cometido. Esto es lo único que hubiese permitido a los negros alcanzar en un plazo relativamente breve una situación de igualdad. Por otra parte, la ignorancia mantuvo a los negros en el Sur. Y los antiguos propietarios y la población sudista, a quienes a dos años del final de la guerra se les devolviera sus derechos civiles plenos mediante una amnistía, se dedicaron a luchar por todos los medios -legales e ilegales- contra los ciudadanos negros.

Así surgió el Ku-Klux-Klan (fundado en 1866 en Tenessee y aparentemente disuelto pronto por propia voluntad en 1869) y los White Camelias. Eran asociaciones secretas y severísimas, que aprovecharon para sus fines la torpezas cometidas por unos pocos negros insolentados al final de la guerra civil. Las fogatas, las cruces ardientes, los capuchones y los asesinatos del Klan llenaron de terror las noches negras.

De este modo, con los terroristas secretos matando a los negros más insolentes o más decididos; los Estados votando enmiendas que recortaban los derechos  de los antiguos esclavos; y finalmente, la afluencia de emigrantes europeos que ocupaban las fábricas, el negro quedó relegado a posiciones cada vez peores. Al terminar el siglo, el 90 por cien de los negros americanos continuaban viviendo en el Sur. Cuando quedó claro que los negros seguían en la ignorancia, las campañas de los antiguos propietarios esclavistas se multiplicaron en el terreno de la legalidad.

Fueron consiguiéndose modificaciones en la legislación de cada Estado que, merced a trucos jurídicos basados en la Constitución, que deja libertad a los Estados, consiguieron normas para empeorar la condición del negro. De 1870 a 1900 se votaron tantas enmiendas, o los Tribunales recortaron tanto la Ploclama Emancipadora, que en 1901 solo uno de cada cien negros iba a emitir su voto a las urnas.

Se dictaron leyes para separar a negros y blancos en fábricas, salidas, entradas, baños, ferrocarriles, tranvías, parques públicos, bares, cabinas telefónicas, cárceles municipales, campos de prisioneros, asilos y hasta cementerios. El ferrocarril, por ejemplo, el vagón de los negros no solo era diferente, sino que formaba parte del carro de equipajes. Las campañas de propaganda contra la educación de los negros fueron tremendas. En 1916, por poner otro ejemplo, los municipios sureños gastaban 12,67 dólares para la educación de un niño blanco y solo 3,90 para un niño negro. De esta manera se perpetuaba la ignorancia y la pobreza, se seguía ocupando a los negros en los trabajos agrícolas de siempre.

Se consiguió también imbuir a los obreros blancos la idea de que los negros no estaban preparados, y además eran de poco fiar y en las huelgas se dedicarían a traicionarles, haciendo de esquiroles, rompehuelgas que trabajaban a bajo precio. De este modo hubo sindicatos que negaron el derecho de afiliación de los negros. Fue muy sonado, por ejemplo, que el Sindicato de mineros aceptase a los negros. la prensa del Sur, sentadas estas bases, insistió en que los negros que no quisieran dedicarse a la agricultura solo podrían conseguir empleos como artesanos o criados. Y, en efecto, poco a poco, América fue llenándose de limpiabotas, camareros y criados negros. Y cuando en alguna comunidad negra surgían protestas, se procedía al linchamiento por el Ku-Klux-Klan, o en plena calle, si las condiciones daban pie a ello. A finales de siglo, el número de negros linchados en el Sur llegaba a cien por año.

Los negros habían salido de la esclavitud, pero aún quedaba tiempo para que fuesen llamados hombres libres. Los negros, sin embargo, combatieron donde mejor podían: en el Norte. En 1890, más de 140 delegados negros de 21 Estados y el Distrito Federal de Columbia se reúnen en Chicago y organizan la Liga Afroamericana. Había comenzado la lucha legal.

<<Las experiencias pasadas pueden nutrir tu presente, pero si han sido dolorosas y el miedo a ser herido ha logrado dominarte, en lugar de nutrirte, las experiencias te empobrecerán. El miedo cerrará la puerta de tu vida y perderás la llave del cofre de tu corazón que guarda el tesoro más hermoso, "todos los recuerdos de tus vidas anteriores, con su belleza y con su amor". Aunque hayas sufrido a causa de experiencias pasadas, trata de confiar en el presente. Confiar es abrir el corazón a lo bueno, estando alerta para rechazar lo malo que pueda llegar. A veces puedes sentir que tu voluntad se debilita, que tus objetivos se alejan, que tu vista se nubla y que te cuesta avanzar. Cuando sientas que te abandonan las fuerzas y cuando la frustración te invada, haz una pausa en el camino e interroga a tu corazón. Pregúntale si lo que buscas es lo que realmente quieres. Solo un deseo auténtico puede impulsarte lo suficiente y activar tu voluntad.>>

En el Planeta Tierra hay sitio para todos y también agua y alimentos para todos, la paradoja es que un pequeño grupo acapara la mayor parte de las riquezas y las acumulan en cuentas de banco. ¿Solo existe la realidad tangible, la que conocemos por nuestros sentidos? ¿No existirá también una realidad <<subyacente>>, sin desarrollar en la mayoría de los seres, pero que daría a estos un ilimitado poder para realizar sus vidas con plenitud? Wayne W. Dyer afirma que sí. Afirma la existencia de una realidad mágica en cada uno, una poderosa parcela espiritual que está esperando ser descubierta para ser utilizada con un único fin posible: lograr lo mejor para uno mismo y para los otros. Con tus meditaciones, puedes llegar a las zonas mágicas, accederá al milagro de aproximarse a la perfección.

Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor Dios bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias Padre del Cielo. Jesús, Arcángel Miguel, os ruego que cuiden la vida de Trump y, de todos los hombres que trabajan por la Paz Mundial. En vosotros confío. Amén.

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