viernes, 28 de marzo de 2025

El Bosque Mágico - En busca de la verdad 122º

 Frase inspiradora: <<Y fueron felices en todos los pueblos y, toda la vida, cada día era fiesta. Por qué dejaron atrás las andanzas malas. Y las sendas empolvada cubiertas de sangre y de locura que muerde, la cambiaron por grandes praderas verde esmeralda cubiertas de amapolas, donde se besan la amapola roja y abejaruco negro.>>

 ¡Oh verdad eterna! María Reina de los pueblos. Eres la flor sobre todas las flores, eres perfume de azahar que te regalas con generosidad, piedad sobre toda piedad, eres fuente de misericordia y de justicia que a cada uno cobijas bajo tu manto de estrellas. ¡Oh dulce Amor! Te encomiendo a mis hijos e hijas, a los que has cargado sobre mis espaldas durante toda mi larga vida. ¡Oh gracia! Te ruego que envíes las estrellas luminosas para que los que duermen se despierten, es que están siempre dormidos. Tú, Madre piadosa y benigna despiertalos. ¡Oh amada Madre! Solo Tú sabes acoger con amable sinceridad a gente mala, de carácter áspero y lengua afilada, es peligroso. Por eso conviene mantener los ojos bien abiertos, para reconocer a este tipo de personas.

¡Oh Señora celestial! En este mundo estamos rodeados por influencias peligrosas que pueden corrompernos sigilosamente si no las reconocemos por lo que son. El sabio ve el posible daño y actúa en consecuencia, para evitar problemas futuros. Hay prácticas corruptas. ¡Oh Madre, ayúdanos a evitarlas! Guía a los que van en la dirección errónea; a los que han cedido a las tentaciones e influencias inadecuadas. ¡Oh Madre, deberías intentar corregir a esos descarriados del buen camino! A la fuerza de la alegría no le cuesta comunicarse es contagiosa, y supone una de las principales claves del éxito; el hombre sabio lo sabe, él tiene conciencia de su verdadera realidad y sabe que la paz traerá muchas bendiciones.

¡Oh sí encontra de los odios se inventan el amor! Los rencores se levantan sangrientos y fatales con sus ríos de sangre de la juventud. Si el vicio de las drogas es un monstruo fúnebre que estruja la vida, insulta las flores del incienso, y cantan los gusanos en su ataúd, es desvarío de la vida de los hombres sin caricias, se inventan ternuras. Ya sea licor o flores el hombre busca las rosas milagrosas del Amor. Quizás sobre la fosa de los embriagados de sangre crecen cipreses. Pero allá en el más allá todo es arenales y pedregales sequísimos y por ellos no se ve cosa viva que se mueva, ni hierba, ni árbol, sino un lago de gehenna y la gente malvada gritando como pájaros sedientos. Los buenos volando por los cielos, bañándose en las playas tropicales, todo para ellos es coser y cantar, hilando y tejiendo con hilos de oros las estrellas del manto de la Madre de Nuestro Mesías.

¡Chan-Chan! No le faltaba razón al cronista, porque es esa una tierra seca y estéril, eternamente sedienta y, paradójicamente, siempre bañada por las aguas del Océano Pacífico, que es su límite por el Oeste; una franja de tierra calcinada y de dunas, atravesada a veces por ríos que nacen en la sierra, pero que sólo llevan agua durante algunos meses del año. Sin embargo hubo hombres que hicieron para las aguas de esos ríos grandes canales y acequias y, cuando el agua faltaba, hacían crecer sus plantas con la humedad del subsuelo. Aún quedan en Chan-Chan algunos wachakes: grandes fosos con el fondo, la tierra permeable rezumaba el agua vital, que, aunque salobre, podía ser consumida.

Otros wachakes menos profundos proporcionaban humedad suficiente al terreno para cultivar las plantas necesarias. Sólo quedan los que ahora es un conjunto de montículos ocres, donde nada crece, era -según cuentan- una ciudad de jardines. Ya nada es allí como fue en otro tiempo; cuesta imaginar que estos restos informes pertenezcan a una ciudad que se extendía sobre 20 kilómetros cuadrados y en la que vivieron más de 50.000 personas; pero es así como fue y no como lo ven ahora quienes lo visitan. Por sus calles anduvieron gentes que vestían alegres colores; con ellas se cruzaba la litera de un noble o una procesión camino de la huaca, donde se iba a celebrar alguna ceremonia.

Sus muros, apenas reconocibles, eran de palacios y templos, de talleres donde se fundían metales: el bronce para las armas, el oro y la plata para los ornamentos. Y a la sombra de esos muros se instalaron puestos en que alfareros y pescadore vendían su mercancía. Las calles, ahora silenciosas, estuvieron llenas de ruido, de voces, de pisadas...; también debieron oírse risas y canciones, porque a las gentes de Chan-Chan se las describió como alegres y locuaces, y además era centro al que acudían peregrinos, artistas y comerciantes. En cualquier cruce, que ya no existe, hubo tiendas donde se vendía ropa de algodón. El algodón, que, como el maíz o la patata, tan importante fue para el antiguo peruano, y que allí era hilado y tejido, era desconocido en Europa, y cuando Herodoto, casi 500 años antes de Cristo, se refirió al de la India como a una planta exótica que en vez de fruto daba lana, ya hacía milenios que en esta tierra era utilizado. 

Constructores de una inmensa ciudad de barro, dominadores de un extenso territorio, pescadores, hábiles agricultores, tejedores..., pero ¿quiénes eran los hombres de Chan-Chan? Uno podría buscarlos entre los de ahora mismo, porque no ha pasado mucho tiempo, apenas siete siglos, desde que se construyó el Imperio Chimú, del que Chan-Chan fue capital. Es cierto que en las ciudades de esa zona conviven europeos, asiáticos y africanos, y que sus sangres están ya mezcladas con ellos, pero aún hay muchos descendientes directos de los yungas, que es como los incas llamaban a los que vivían en la costa del norte, señalando con ese nombre que pertenecían a una región calurosa. Eran los mismos que desde hacía mucho tiempo habitaban esa parte del Perú, hasta que un día -según la tradición. alguien llegó y cambió sus destinos: 

<<El Dios creador vino del mar y enseñó a las gentes de Yunca a construir ciudades y templos. Les enseñó a abrir canales y a ensanchar los valles de la costa para que crecieran en los campos la yuca y el maíz, el algodón y las pitas, el melón y la calabaza>>.

Fue el mítico Tacaynamo, el fundador de la primera dinastía chimú, que un día llegó al valle del río Moche, y suele ser representado sobre una balsa de madera arrastrada por dos nadadores. Un hombre divinizado o, tal vez, un dios humanizado; uno de esos dioses maestros que aparecen en tantas tradiciones americanas y a los que se alude como venidos de las estrellas, unas veces , y otras, como llegados del otro lado del mar. Pareciera que leyendas y religiones se empeñan en llevar la contraria a arqueólogos y antropólogos, empecinados a su vez en que las culturas americanas nacieron y se desarrollaron sin ninguna influencia exterior.

El caso es que Tacaynamo, fuese hombre o dios, llegó a la tierra de los yungas, les enseñó otra forma de vida y les puso en la senda de la conquista de la Tierra, más o menos, como hicieron otros dioses con otros pueblos. Y así nació un Imperio... y nació una ciudad desde la que gobernarlo. Sin contar con el legendario Tacaynamo, dicen que hubo nueve reyes, antes de que el Imperio y ciudad fueran conquistados por el inca; por eso en Chan-Chan, existen nueve ciudadelas... cada rey construyó su propia ciudad dentro de la ciudad; así, no eran palacios, sino mucho más, recintos en los que vivían la familia real, los sacerdotes, los servidores, y en los que había todo lo necesario para esa pretendida independencia...

Dentro era otro mundo: abiertas plazas de una sencillez que desconcierta, llenas de luz y equilibrio, pintadas en otro tiempo en brillantes colores. Zócalos, frisos, cenefas, en los que los animales esquemáticos aliviaban la monotonía de las paredes lisas. Una decoración de aves y peces marinas, como corresponde a una ciudad como ésta, que del mar vivía. Allí hubo jardines, hubo canto de pájaros, hasta que un día murió el rey que habitaba la ciudadela y ya no hubo nada, excepto soledad y silencio. Porque los hombres necios se hicieron con el poder; eran corruptos e inmorales y, cuando los malvados gobiernan todos sufren. Pero la muerte iguala a nobles y plebeyos, y si las tumbas populares fueron profanadas, las otras, las de los reyes y sacerdotes, no sufrieron mejor suerte. Más codiciadas, por encerrar mayor riqueza, las tumbas de las ciudadelas han venido siendo saqueadas desde que los inca conquistaron la ciudad.

Sólo una mínima parte ha ido a parar a los museos, el resto de máscaras mortuorias, de orejeras, prendedores, collares y los mil objetos de oro y plata que formaban el ajuar funerario, fueron fundidos por unos y por otros a lo largo de los últimos cinco siglos.

En Chan-Chan, las ciencias, las artes, la astrología estaban en todo su esplendor. La paz reinaba y la gente era feliz. El esplendor duró muchos ciclos solares y ciclo tras ciclo sus habitantes iban acumulando poder, sabiduría y grandeza. Todo parecía perfecto, los dioses visitaban la ciudad, enseñaba al rey nuevos avances para disfrute de sus gentes. Pero un día el rey murió a manos de un bribón. Los dioses se alejaron de Chan-Chan apesadumbrados, esperando que su gente reaccionara y cambiara de gobernantes.

Los habitantes de Chan-Chan, lejos de cambiar sus pensamientos inmorales, se dedicaron a hacer crecer los vicios más y más, intentando cada cual apoderarse de tierras, haciendo esclavos a los conquistados. Se convirtieron en seres díscolos, egoístas avaros. Los mismos dioses se sintieron desconcertados, viendo su estado decadente. Envanecidos por sus logros, perdieron el camino y se convirtieron en pecadores contumaces, degenerando su especie y pervirtiendo todo lo que tocaban.

Cada ciclo se encerraban más en sí mismos, apartados del pueblo y de los dioses, dedicándose sólo a satisfacer sus deseos. Violaban a niños, muchachas etc... Los habitantes de Chan.Chan, se sentían tan poderosos que desafiaron abiertamente a los dioses, amenazándoles con la destrucción si volvía a aquella tierra.

Entonces crearon terribles armas y peligrosos artificios, y concentraron más que nunca todos sus poderes, amenazando a los demás habitante; los necios, quisieron conquistar todo el planeta. Mataban a las gentes, sin contemplación. Los encerraron en las ciudadelas, los mataban de sed y hambre y los exterminaban a bombazos, destruyendo todo a su antojo. 

Los dioses, al ver lo bajo que habían caído los habitantes de Chan-Chan, bajaron para hablar con ellos, intentando ayudarles a retomar el rumbo correcto, pero no fueron oídos.

Durante años el cielo de las tierras cercana se iluminaba por el fragoroso estruendo de sus armas. Barcos y rayos explotaban en el mar y en el cielo, haciendo retumbar toda la tierra. De pronto, todo cayó en un profundo silencio. Los habitantes de Chan-Chan creyendo que habían conquistado toda la Tierra, se entregaron a las fiestas y al desenfreno. En el sueño de la resaca alentaban la ambición de salir en naves a conquistar los planetas y someter a todos sus habitantes como habían hecho en la Tierra, pero, una mañana temprano el mar sin avisar, levanta olas de 177 metros de altura, toda la ciudad de Chan-Chan y sus habitantes se hundieron en la inmensidad de las aguas. Todos los ingenios y poderes se perdieron. Solo los muros de sus templos se salvaron.

Millones de seres se ahogaron mientras la ciudad se hundía en las aguas, y sólo algunos muros, hoy enterrados bajo el Atlántico, se mantuvieron en pie para dar testimonio a través de los milenios de Chan-Chan. Algunos habitantes, los menos pervertidos por el orgullo y el poder, lograron ponerse a salvo en las tierras firmes de los distintos continentes, quedando desperdigados sobre la faz de la tierra. No pudieron llevarse con ellos ni el poder ni los conocimientos, sólo pudieron llevar consigo el recuerdo de lo que había sido el Imperio y así lo contaron a los pueblos que los fueron acogiendo en diversas partes del mundo.

En aquellos días, había en Chan-Chan un varón llamado Clemente. Y era pastor de sus propias llamas y ovejas y temía al Altísimo en la sencillez y en la bondad de su corazón. No tenía otro trabajo que el de sus rebaños, que empleaba en alimentar a los que, como él, temían al Altísimo. Así, de las llamas y ovejas, de los corderos, de la lana y de todo lo que poseía hacía tres partes.

La primera era distribuida entre las viudas, los huérfanos, los peregrinos y los pobres. La segunda era dada a los que se consagraban al servicio del Altísimo y celebraban su culto. En cuanto a la tercera, la reservaba para sí y para toda su casa. Y, porque obraba de este modo, el Altísimo multiplicaba sus rebaños y no había, en toda la ciudad de Chan-Chan, quien le igualase en abundancia de reses. Todo eso comenzó a hacerlo desde los quince años de edad. Cuando llegó a los veinte años, tomó por esposa a Lisa, hija de Benavente y de su misma ciudad, es decir, de la raza del Rey Salvador el bueno. Y, a pesar de haber transcurrido otros veinte años, Clemente siendo enormemente rico, no se corrompió.

El Altísimo quedó encantado y pensó que el bueno de Clemente debía ser una persona muy especial para poseer tanta grandeza de alma. En verdad los campos donde pactaban sus reses, pertenecían a un ogro tirano que había esclavizado a las gentes para que trabajaran su tierra. Un día, vió el Altísimo que el ogro miró desconfiado al audaz Clemente antes de mostrarle su talento especial para cambiar de forma. Se encorvó y se transformó en un hombre envuelto en un ampuloso traje de chaqueta. Clemente fingió sentir pavor ante la visión de semejante criatura antes de que el ogro volviera a su forma original. -Es sin duda un verdadero prodigio, pero ¿podrías transformaros en un animal pequeño? -preguntó el astuto Clemente.

El ogro se transformó en una cucaracha pelotera, y estaba a punto de soltar una pelota cuando Clemente le puso la bota encima y lo aplastó. Después de admirar la enorme extensión de las tierras del ogro, el Altísimo lo nombró Rey y le regaló un inmenso castillo al final de la cumbrre de la Montaña Mágica. ¡Oh, Señor! Debo ver quién vive en este castillo. ¡Sí! Buen Clemente. Tú serás Rey, por tu bondad y méritos gobernaras esta tierra. -eso lo dice el Altísimo. Pero, no te pases de listo, vive y deja vivir, sigue compartiendo tu riqueza, o ya sabes, te verás envuelto en un naufragio devastador. ¡Por qué quien mal obra mal acaba! No lo olvides. Eres el guía.

 ¡Si eres egoísta y acaparas la riqueza! ¡Se te quitará lo que tienes y hasta lo que no tienes! Pronto te veré otra vez. Y el Altísimo salió disparado hacia el cielo sobre una nube blanca entre la luz azul y dorada de aquel atardecer; y se vió galopando majestuosamente, al Rey bueno Clemente I, con su mujer Lisa a lomos de un caballo alado. Y colorín colorado este cuento no ha acabado. Lisa era de armas tomar, era una guerrera de la Compañía de Jesús, y nada más tomar el poder su marido, mandó arrestar a todos los que desorbitaban los precios de los carburantes y bienes de consumo.

Y la abuela de Lisa, Anastasia la vasca, abriendo los ojos desorbitadamente mirando a los villanos encerrados en jaulas de hierro expuesto en la plaza del castillo, dijo: -¡Nos han visitados los espíritus! ¡Oh, sí! Esta es una señal- afirmó la abuela. Aparecieron los muertos envueltos en sus sudarios y se los comieron a mordiscos. Un villano antes de exhalar dijo: -Nos deberíamos, comportar mejor. Deberíamos haber huido a refugiarnos en la montaña- se lamentó...

Clemente miró por la ventana y vio un dragón volando sobre el castillo. -Mira, Lisa! -gritó Clemente- ¡Veo un dragón! Conforme oteaban el cielo, notan que se podía ver la lluvia torrencial alrededor de la gran ciudad de las torres de cristales pero ni una sola gota caía sobre el tejado de su castillo. El dragón, se sentó sobre un campo verde, protegiendo a los habitantes del castillo. Finalmente la tormenta amainó y los aldeanos lloraron sus pérdidas; la ciudad de las torres de los cristales había sido tragada por las aguas del mar.

El Altísimo dijo al Rey Clemente el bueno: -Tal y como te dije, he vuelto. Guarda esta espada y no me olvides, y recuerda, lo que Siembras cosecharás. ¡Quien mal anda mal acaba! Clemente asintió con una inclinación de cabeza y se quedó mirando los esqueletos de los cuerpos devorados  por los espíritus de los muertos en combate; los villanos que colgaban de las jaulas de hierro expuestas en la plaza del castillo lloraron lágrimas de sangre. Aterrorizados por las madres. El Rey fue nombrado por el pueblo Emperador iluminado.

 El Emperador instituyó nuevas leyes, hizo acertadas predicciones durante años y ayudó a mantener a salvo a todos los súbditos del Imperio. Vivieron una vida feliz y jamás olvidó compartir sus bienes en tres partes iguales: Una para los pobres, otra para el servicio al Altísimo y la tercera parte, para el disfrute de su gran familia. Y recuerda que los trajes de los muertos no llevan bolsillos y las cajas son de madera, más o menos buena, pero, nunca olvides la CRUZ.

Para encontrar a Dios mira en tu corazón. <<¡Solamente el que posee a Dios en su corazón, puede saber lo que es Dios!>>

<<Lo que Dios es en su naturaleza y en su sustancia ningún hombre lo ha descubierto jamás, ni lo descubrirá>>, a no ser que Jesucristo se lo revele. Apoyarse en la Escritura para defender que no se puede decir nada de Dios no deja de ser una retorcida paradoja, cuando por otro lado se sostiene que ella nos ha enseñado casi todo lo que sabemos de Él. En realidad, podemos afirmar de Dios todo lo que nos dicta nuestro corazón, cuando está purificado, y nuestro espíritu, cuando se olvida de sí mismo; y el abismo infranqueable que con tanto ahínco pretenden descubrirnos entre su persona y la nuestra no nos provoca ningún vértigo que el que produce la revelación de un amor increíble. Dios es Absolutamente justo y bueno, es Jesucristo el Rey del Universo.

Hay un grupo de hombres conjurados decididos a acabar con nuestra civilización, si los elegidos de este tiempo se corrompen por ellos, dí, ¡vamos hacia el abismo! Las olas cubrirán la tierra... Aún hay tiempo. Puedo decir, que Dios da una tregua. Yo soy su hija primera.

Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, bendice a toda la Humanidad con el Espíritu Santo, ilumina a todos los necios malvados, habrá paz y alegría universal. Trump-XI J. y Putin son hombre elegidos de DIOS. Orden y respeto mutuo. No consentir que se despilfarren las riquezas, ni que se siga acaparando por unos cuantos listos. Cerrar las fábricas de armas todos y dar un uso para crear vida y felicidad. Cepillos y palas para plantar palmeras en los desiertos, abundancia. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Y examina a los golfos, haber si se portan bien. Los malvados que no se enmienden, a Ti te los encargo Príncipe Miguel, Tú que eres el Jefe de los Ejércitos ¡al infierno todos ellos! La ley es la ley, los malvados se retirarán. Amén.

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