martes, 15 de abril de 2025

El Bosque Mágico - En busca de la verdad 130º

 Frase inspiradora: <<Las leyes sólo tienen que servir para regular nuestras vidas, no para destruir y perjudicar al pueblo>>. Confucio.

<<Dividiendo la materia en unidades cada vez más pequeñas no obtenemos unidades fundamentales o indivisibles, sino que llegamos a un punto en el que hablar de división carece ya de sentido>>. (Werner Heisenberg). La verdad es que desde los tiempos de Demócrito no era mucho lo que se había averiguado sobre la composición de la materia. Hubo que esperar hasta comienzos del siglo XIX para que un inglés llamado John Dalton emitiera una arriesgada hipótesis. Según creía, cada elemento químico contiene una clase particular de átomos, y son precisamente esos átomos los que determinan las cualidades de ese elemento. La diferencia física entre los átomos venía determinada por su peso.

Muy pronto, los científicos pudieron establecer los pesos atómicos -es decir, el peso de los átomos de cada substancia- con relación al peso atómico del oxígeno, que se tomó como unidad. En 1869, el químico ruso Jacob Berzelius publicó una lista en la que figuraban los pesos atómicos de los distintos elementos. Hacia 1869, el químico ruso Mendeléiev había organizado lo que a partir de entonces se llamó <<la tabla periódica de los elementos>> en función de esos pesos atómicos. Pero nada se sabía aún de la estructura interna del átomo.

INVISIBLES Y MORTÍFERAS RADIACIONES

En 1875, el inglés William Crookes había inventado un tubo de vacío en el cual había dos electrodos, estando ambos conectados a un generador de corriente. Cuando éste se conectaba aparecía una radiación especial que hacía brillar el electrodo negativo, el cátodo. Los rayos catódicos -en realidad, electrones- arrojaban sombras sobre una pantalla cuando se interponía un objeto en su camino, como si fueran luz. Pero Crookes observó que cuando esos rayos atravesaban un campo magnético se desviaban, lo cual demostraba que estaban compuesto de partículas.

El 1897, el también británico Thomson sometió los rayos catódicos a la acción de un campo eléctrico y, según su desviación, aseguró que estaban compuesto por partículas cargadas negativamente. A esa partícula, componente de la materia del Universo, se la llamó electrón. Por este descubrimiento recibió el Premio Nobel en 1906.

Otro científico importante en la historia de la física atómica fue Wilhem Roentgen /1845-19239. Experimentando con los rayos catódicos, halló que, incluso cuando tenía el tubo cerrado en un recipiente, al encenderlo, hacía brillar una placa recubierta por una sustancia fluorescente. Roentgen dedujo que algún tipo de radiación invisible y muy penetrante emitida por el tubo podía penetrar incluso a través de las paredes y de los envases.

En 1895 anunció su descubrimiento llamando a aquella emisión rayos X. Poco tiempo después, interesado por las extrañas radiaciones, un francés llamado Becquerel observó que las placas fotográficas quedaban veladas cuando eran expuestas a ciertos compuestos de uranio. También de ellos emanaba una radiación invisible. Era, por supuesto, la radioactividad.

Y dos jóvenes científicos franceses se interesaron también por el fenómeno. Sus nombres eran Marie y Pierre Curie. Sus ensayos con la radioactividad iniciaban un sendero que llevaría, en los años treinta, a la fisión, a la ruptura del núcleo atómico. Y con ella, a la posibilidad de las <<reacciones en cadena y a la energía nuclear>>.

ALQUIMISTAS DEL SIGLO XX

Hacia principios de siglo un inglés llamado Ernest Rutherford estudió también aquellas radiaciones y observó que, en realidad, había tres tipos: los rayos alfa, beta y gamma. Dedujo que los rayos gamma eran de naturaleza electromagnética, los alfa se componían de partículas positivas a las que llamó protones, y los beta, electrones cargados negativamente. Más tarde, atravesando con rayos alfa una delgada lámina de pan de oro, observó que la mayor parte la atravesaban limpiamente de parte a parte. Sólo algunas partículas eran desviadas fuertemente, como si hubieran chocado con algo.

Rutherford elaboró entonces una teoría que explicaba la constitución del átomo. Este constataría de un núcleo donde se encontraba la masa del átomo (y era ahí donde chocaban las partículas alfa), y orbitando en torno a ese núcleo, como los planetas de un Sistema Solar en miniatura, estaban los pequeños y ligeros electrones. Era el primer modelo atómico propuesto desde los tiempos de Demócrito, veintitrés siglos atrás.

Rutherford fue también el primer alquimista de la era contemporánea. Cuando su bombardeo de partículas se dirigía contra un recipiente lleno de aire, las partículas alfa desaparecían, aumentaba el contenido de oxígeno del aire y disminuía la proporción de nitrógenos. ¿Qué sucedía? Pues que el nitrógeno absorbía un protón y se convertía en oxígeno. Era el viejo sueño alquímico de transmutar un elemento en otro.

Muchos otros experimentos posteriores han demostrado esa posibilidad sobradamente, y la única razón para que hoy día no se transforme unas substancias en otras viene únicamente determinada por el altísimo coste económico que ello supondría. Pero no existe ningún impedimento científico para que el plomo pudiera transmutarse en oro. ¿Por qué los electrones no caen en el núcleo? Sí- ¿Por qué? Si se admite el modelo propuesto por Rutherford, resulta que los electrones, que tienen carga negativa, giran en torno al núcleo atómico cuya carga es positiva. ¿Cuál es la razón para que no desciendan de su órbita atraídos por el núcleo y caigan sobre él, igual que los satélites artificiales acaban cayendo sobre la Tierra atraídos por la gravedad?

Bien, en realidad, a veces sí lo hacen. Cuando se calienta un cuerpo cualquiera, la substancia comienza a emitir energía. Al comienzo, dicha energía es invisible, y se radia en forma de rayos infrarrojos. Pero si continuamos calentando al cuerpo llega un momento en que se pone al rojo; es decir, emite luz. Y si la temperatura aún aumenta más, la intensidad de la luz emitida crece hasta que el cuerpo se pone al rojo blanco. Este fenómeno ya había sido estudiado por el danés Niels Bohr. El sugirió que los electrones del núcleo restaban situados en órbitas muy definidas.

Entre esas órbitas existía una diferencia de energía. Cuando calentábamos un cuerpo, lo que sucedía era que el electrón saltaba de una órbita a otra más interior, perdiendo energía electromagnética que se radiaba al exterior en forma de luz. Por eso brillaban los cuerpos que eran calentados. Pero si se dejaba de suministrar energía a ese cuerpo, las cosas volvían a su ser y los electrones permanecían estables en su órbita sin precipitarse hacia el núcleo.

Pero cuando los científicos comenzaron a estudiar la radiación producida por lo que en física se llama el cuerpo negro, comenzaron las sorpresas. Evidentemente, como le sucedería a cualquier otro cuerpo, cuando éste se calienta emite energía electromagnética: infrarrojos primero, luz visible después y, si la temperatura se hace aún mayor, radiación ultravioleta. Pero justamente en esta parte del espectro se produce un súbito descenso. La cantidad de luz ultravioleta es muy pequeña. Es lo que se llama -quizá un poco exageradamente- la catástrofe ultravioleta.

Justamente en 1900, el alemán Max Planck propuso una solución al problema. Dijo que la radiación estaba constituida por pequeño "paquetes" a los que llamó cuantos. La radiación no podía emitirse de forma uniforme y continua, sino a saltos. Perder energía no era como descender suavemente por una rampa, sino más bien como bajar por una escalera, donde sólo podemos descender un número entero de peldaños. Y aún más. La energía contenida en esos cuantos era mayor cuanto mayor también fuera la frecuencia. Por eso, volviendo al cuerpo negro, Planck dijo que para que saltaran los cuantos de luz ultravioleta se precisaba el doble de energía que para los cuantos de luz roja.

De forma que la energía suministrada al cuerpo negro es suficiente para que emita luz roja con facilidad, pero no para emitir cuantos ultravioletas. Lo cual puede expresarse matemáticamente diciendo que la energía de los cuantos de luz se les conoce universalmente con el nombre de fotones. Para ser sinceros hay que reconocer que la teoría de Planck no suscitó entonces demasiado entusiasmo. Ni siquiera al mismo Planck. En una carta fechada en 1931 aseguraba que su investigación era <<como un acto de desesperación. Tenía que encontrar una interpretación teórica a cualquier precio, por alto que éste fuera>>. Por alguna extraña casualidad, el científico alemán había hecho sus cálculos matemáticos mal, aunque, curiosamente, la solución era correcta. La extrañeza de los círculos científicos ante este nuevo concepto fue tan acusada que Planck no recibió reconocimiento por sus trabajos hasta una fecha tardía como 1918. Conviene recordar, además que aquella vieja polémica sobre la naturaleza de la luz se abría de nuevo. Estaba claro que se trataba de partículas.

Y tenemos que volver a encontrarnos con alguien conocido, con el genio que rescató del olvido las ideas de Planck. En 1905 el gran Einstein publicó un trabajo que mucho más tarde le valdría el Premio Nobel de Física -distinción que, por cierto, nunca consiguió la super popular teoría de la Relatividad-. Y ello, como suprema ironía de ese destino que juega con la existencia de los mortales, condujo a Einstein a una línea de pensamientos físico-matemático que odió hasta su muerte: otra vez, y por fin, la mecánica cuántica. <<Hay más cosas, Horacio, en el cielo y en la Tierra de las que sueña tu filosofía>>. (HAMLET.- William Shakespeare).

Ese destino que juega con la existencia de los mortales condujo a Jesús de Nazaret a morir en la cruz, atado de pies y manos. ¿Lo que dicen de la vida oculta de Cristo es cierto? <<Jesucristo se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado. Fue nuestra misma humanidad, capaz de dolor y de sufrimiento y sometida a la muerte, la que quiso Dios asumir para redimirnos y con el fin de que su vida fuera ejemplo para nosotros. Nos equivocaríamos si, sabiendo que Cristo es Dios, nos imagináramos su vida como en un transcurso extraordinario, entre resplandores y transfiguraciones como la del Tabor, que sólo ocurrió una vez, o entre continuos y sorprendentes milagros. No fue así su vida, sino sencilla y humilde, como nos la narran los Evangelios.

Su divinidad se revela del modo más natural, con suma modestia. Y los milagros y prodigios suceden sencillamente, sin solemnidad ni aparato, en medio de una predicación amable -y con autoridad- que anima al seguimiento. Esos años de su juventud, pueden ayudar, a vivir con Él su vida diaria, compuesta en gran parte de pequeños sucesos, análogos a los que hay en la nuestra, de jornadas que pasan entre trabajo y descanso, relaciones de familia y amistad, pero todo ello en un ámbito real, como el nuestro, baj la misma luz del sol, no transfigurada, con las mismas noches profundas y estrelladas u oscuras, con estaciones que dan esa movilidad variada a la naturaleza, su color primaveral y su aroma a los árboles.

Es así, en esa vida normal, donde adquieren su verdadero relieve los milagros de Cristo, y también sus terribles humillaciones. Su vida resulta así más nuestra -El nos ha sido dado-, más como la muestra y claramente divina también. Sólo así nos emocionará y nos arrastrará como hombres, porque es la vida por un Dios que se ha hecho hombre mortal. Porque Jesús muere en la cruz. Desde los doce años hasta los treinta se extiende ese largo período de dieciocho años que constituyen el núcleo decisivo de la vida oculta de Cristo-Jesús.

Nada nos dicen de ella los Evangelios, salvo estas frases significativas: Bajo con ellos, y vino a Nazareth, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres.

José era un sabio, tuvo muchos oficios entre ellos, el de constructor o carpintero, era un maestro en muchas artes. Jesús aprendió de José el oficio de carpintero. De sus padres oiría las tradiciones de Israel y de la casa de David. Y en la sinagoga de Nazareth ha asistido al comentario de las Escrituras y ha aprendido a leerlas. Pero no ha acudido a las escuelas de Jerusalén, ni se ha relacionado con los grandes maestros de su tiempo.

Por eso, durante su vida pública con motivo de oírle enseñar en el Templo, los judíos se admiraban y decían: ¿Cómo entiende éste de letras, si no ha estudiado? Y cuando enseña en la sinagoga de Nazareth la reacción del pueblo es la misma: ¿De dónde le vienen a éste tal sabiduría y tales prodigio? ¿No es este el hijo del carpintero? Es decir, el prestigio personal de Jesús, durante su vida en Nazareth, apenas sobrepasa la fama de un experto artesano y buen hijo de familia. Hasta que comienza su vida pública nadie ve en Él nada extraordinario. Es cierto que la frase anotada de que crecía en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres nos permite descubrir la admiración que por Él sentían los demás de Nazareth, y cuantos le conocían, pero sin llegar a más.

Este período de adolescencia y juventud sigue caracterizado por la obediencia a sus padres. En esos años desarrolla Jesús sus cualidades, en un progresivo enriquecimiento de su personalidad. Aparecen también en este tiempo sus amistades personales en Nazareth y en los pueblos cercanos. Algunos serían después discípulos suyos. Entre ellos están sus hermanos Santiago y José; también, sus parientes: Simón y Judas. 

Jesús en Nazareth aparece, por tanto, como el hijo de José y María, es un joven más entre los de su pueblo. Es muy admirable esta vida escondida de Cristo, pero se corresponde muy bien con el modo de hacer divino que puede observarse a través de los Evangelios. Aun durante la vida pública, no aparece el Hijo de Dios en todo su poder más que en unas pocas ocasiones y ante un público pobre y sin relieve social generalmente. Algunas veces, como en la transfiguración, sólo ante Pedro, Santiago y Juan.

Estos años de su vida oculta están dedicados a su trabajo artesano de carpintero, el cual realizó poniendo esfuerzo y alegría para terminar bien cuantas cosas salían de sus manos. El pueblo judío apreciaba el trabajo, e incluso numerosos rabinos se dedicaban a un oficio y al propio tiempo destacaban en el conocimiento de la Biblia y gozaban de prestigio en la alta sociedad judaica.

En ese ambiente, el trabajo de Jesús tuvo que ser apreciado y alabado por su alta calidad. Es en el trabajo donde Jesús iba a dejar un testimonio de vida sencilla y de servicio a los demás. El mismo hecho de que él pasara inadvertido en su condición de Hijo de Dios y que eligiera una profesión artesanal iba a ser un estímulo para muchos cristianos que, a lo largo de los siglos, consumirían la mayor parte de su vida en un trabajo recto y bien hecho, con la mirada puesta en Dios. <<Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino>>.

<<Desde el cultivo de los saberes más abstractos hasta las habilidades artesanas, todo puede y debe conducir a Dios>>.

Es evidente que siendo Cristo hombre perfecto, fueran perfectas también las obras que salieron de sus manos. Los muebles que Él construyó, los trabajos de cerrajería y artesanía que durante años realizó, fueron, sin duda, admirables. <<Cuando pienso en esto siento cierta pena de que no conservemos los cristianos algunos de esos objetos tan bien trabajados. Habría entre ellos verdaderas obras de arte. Algunos de esos preciosos trabajos anónimos rescatados a los siglos por los museos pertenecerán a la época de Cristo. Entre ellos, tal vez, puede estar algún trabajo del Artesano de Nazareth.>>

Cristo quiso ocultarse también en esto. En una perspectiva de eternidad, vale la obra bien realizada, pero mucho más la intención, la intensidad y el amor puesto en ella. Siempre la creación artística deja su impronta, y el gozo de la creación misma se transmite a los que después contemplan lo creado. Es un premio que ya se da aquí al trabajo acabado, bien hecho. Piensa, que diría Jesús, si viera nuestro mundo plagado de injusticias. Una naturaleza rica, abundante, ofreciendo manjares muy abundantes y, la gente muriendo de sed y de hambre. Los hombres, invirtiendo en una Bolsa, que les da riquezas por matar a millones de personas indefensas, piensa. En guerras infinitas. Guerras permanentes por todo el planeta Tierra.

Por entonces, cuando Jesús tenía unos treinta años y era, según se creía hijo de José, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, y vino por toda la región del Jordán predicando el bautismo de penitencia en remisión de los pecados. Y sucedió que, cuando todo el pueblo se bautizaba, fue bautizado Jesús.  En estos pasajes del Evangelio se puede observar cómo Cristo recibe también el bautismo de Juan, que era una preparación para recibir al Mesías.

Jesús hace como los demás israelitas, y cumple aquel rito de penitencia y purificación. Es probable que acudiera al Jordán con algunos familiares y amigos de nazareth. Así tendrían ocasión los más íntimos de conocer quién era Jesús, aunque no lo entendieran. Juan se resistía a bautizarle, diciendo que él quien debía de ser bautizado por Jesús. Y orando, Jesús, se abrió el cielo y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, sobre Él, y se dejó oír del cielo una voz: <<Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco>>.

Quizá sólo Juan el bautista y unos pocos más pudieran oír aquella voz misteriosa, primer apoyo de la misión que Cristo iba pronto a comenzar entre el pueblo. Queda así Juan preparado para preparar los caminos del Señor.

Porque hallándose el pueblo en ansiosa expectación y pensando todos entre si de Juan si sería el Mesías, Juan respondió a todos diciendo: <<Yo os bautizo con agua, pero está llegando otro más fuerte que yo, a quien no soy digno de soltarle la correa de sus sandalias: Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.

En su mano tiene el bieldo para bieldar la era y almacenar el trigo en su granero, mientras la paja la quemará con fuego inextinguible. (Metáfora que explica el cielo, granero, donde el grano, los hombres buenos irán por la gracia de Jesucristo; y el infierno, lugar donde el fuego es inextinguible donde arderá la paja, los malvados impíos.)

Lo transcrito anteriormente nos indica con claridad hasta qué punto la aparición del Bautista había excitado la expectación mesiánica entre los judíos. Ante esta espera colectiva alimentada desde siglos por los profetas, no irrumpe Jesús de un modo espectacular y glorioso. Antes bien, es uno de tantos como acuden al Jordán para ser bautizados. Sólo unas pocas palabras no ruidosas señalan a Cristo.

Y el pueblo sigue esperando al Hombre fuerte que bautizará en el Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto, y fue tentado allí por el Diablo durante cuarenta días. No comió nada en aquellos días, y pasados, tuvo hambre. Jesús, antes de iniciar su predicación, quiere disponerse convenientemente. Tras el bautismo se aleja y va al desierto. El ayuno total durante cuarenta días produce en Él los efectos del hambre. Es un tormento horrible.

 No es sólo el desfallecimiento propio de la falta de alimentación sino el ansia de comer. Jesús padece como otro hombre hubiera sufrido sometido a la misma prueba. Las tentaciones diabólicas, a las que todo mortal está sometido, hicieron presa en Él durante esos días de dura penitencia, de dominio de Cristo sobre su propia naturaleza humana. Y acercándose el tentador, le dijo: si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero Él respondió, diciendo: Escrito está: <<No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios>>.

El Diablo le propone la realización de un milagro que estaba al alcance de su poder. Podría satisfacer el hambre inmediatamente. Pero, con el ayuno, Cristo estaba proponiendo una conducta humana posible: La defensa de la Libertad en una circunstancia extrema.

El camino más fácil era evidente. Pero la voluntad de Dios era muy distinta, suele ser diferente de la simple e inmediata satisfacción de las necesidades humanas, por la sencilla razón de que el hombre necesita también el alimento de la palabra de Dios y dejarse guiar por ella. La Libertad que enseña Jesús no consiste ni en estoicismo ni en blandura. Tiene por fin a Dios y se alimenta de la esperanza.

Sólo con esa libertad puede enseñar aquella confianza ilimitada en la divina providencia: No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta.

Sólo con la libertad y recta intención de ayunar sin espectáculo, pudo, por propio conocimiento, y también por experiencia, aconsejar: Cuando ayunéis no parezcáis tristes como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan: En verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Se comprende bien en estos textos hasta qué punto la vida de Jesús quiere ser callada y pasar inadvertida, quiere ser serena y no inquieta, aunque por dentro le consuma un fuego devorador. <<La vida de Jesús consiste en ser y no en aparecer. Es más, quiere expresamente que desaparezcan las señales exteriores del sacrificio, para que no lo vean los demás, sino sólo Dios.

Vemos en el Evangelio que Jesús, dejando Nazareth, se fue a morara a Cafarnaúm, ciudad situada a orillas del mar, en los términos de Zabul´çon y Neftalí, para que se cumpliese lo que anunció el profeta Isaías, que dice: <<¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habita en tinieblas vio una gran luz y para los que habitan en la región de mortales sombras una luz se levantó>>.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: Arrepentíos, porque se acerca el reino de Dios. Cumplido es el tiempo... arrepentíos y creed en el Evangelio.

Este cuadro que nos pinta San Mateo -muy interesado en mostrar a los judíos el cumplimiento de las profecías- tiene el encanto de una sobria descripción poética. Parece como si el evangelista tuviera un especial recuerdo de la belleza de Cafarnaúm, a orillas del mar. Y a esto se añade aquel esplendor de la profecía que se canta a la tierra de Zabulón y de Neftalí, en la Galilea de los gentiles, elegida para recibir la gran luz de la Buena Nueva, que en ella había de anunciarse.

En Cafarnaúm empezó Jesús su predicación, precedido por los anuncios del Bautista y por la resonancia indudable del milagro realizado en Caná. Su enseñanza comenzó por lo más elemental: Arrepentíos. Este cambio de vida era, y es, imprescindible para comprender lo que vendría después. Daba también por seguro, para excitar ese arrepentimiento, la llegada inminente del reino de Dios.

Estaba próxima la Pascua de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados; y haciendo de cuerdas un látigo, los arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: quitad de ahí todo eso y no hagáis de la casa de mi Padre casa de contratación.

Con motivo de la Pascua va Jesús con sus discípulos desde Galilea a Jerusalén. Al entrar en el Templo se encuentra con un penoso espectáculo de traficantes. la santa ira que esto le produce se manifiesta en esa expulsión inmediata de cuantos ocupaban con sus negocios el Templo. Jesús no se limita a una exhortación, sino que les saca a todo a latigazos. Da una razón superior: El Templo es la casa de Dios. Pero lo afirma en primera persona: La casa de mi Padre, manifestando claramente su poder divino y su carácter de Hijo de Dios. Lo admirable es que no se produce allí resistencia alguna, no obstante la violencia empleada.

Se acordaron sus discípulos de que está escrito: <<El celo de tu casa me consume>>. Pero los judíos se extrañan de la libertad con que actúa Cristo y le dicen: Qué señal das para obrar así? Respondió Jesús y dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Replicaron los judíos: Cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo ¿y tú vas a levantarlo en tres días?

Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Indudablemente, los judíos que traficaban en el Templo se ven sorprendidos en su diario comercio que nadie solía estorbarles. Aquello se convierte en una costumbre. Y por eso preguntan a Jesús. La respuesta es para ellos enigmática. Ni habían entendido bien por qué les arrojaba del Templo, ni le entienden ahora. debieron quedarse desconcertados. Pero los discípulos entienden claramente el celo de Cristo, porque estaba dicho en la Escritura. En cuanto a la figura del Templo, para designar a su Cuerpo, lo entenderán después, cuando al tercer día resucite entre los muertos.

 Al tiempo que estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua creyeron muchos en su nombre viendo los milagros que hacía, pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie diese testimonio del hombre, pues Él conocía lo que en el hombre había.

Después de la expulsión de los mercaderes, Jesús permanece en Jerusalén y realiza milagros que provocan la admiración de los judíos. Muchos de ellos creen en Él y le siguen momentáneamente. Pero Jesús conoce perfectamente quiénes son, pues lee en sus consciencias. Esto no lo dice en su Evangelio el apóstol Juan que trata de cerca a Jesús y sabía muy bien cuál era el conocimiento que tenía de los hombres.

Todos esos años forman, a la vez, para Cristo, un fondo de experiencia insustituibles. Observaciones de la vida diaria, costumbres, cantos populares, tradiciones, modo de ser de las gentes; contemplación del alegre y suave paisaje que puede observarse desde Nazareth; ciclo de las estaciones del año; tareas de los agricultores; conocimiento de las aves, semillas, flores y árboles. Todo el entramado de su vida aparecerá, de un modo o de otro, en su predicación, pues se vale de sus propias experiencias, que son también las de las gentes del pueblo, para transmitir su mensaje y ser entendido. Cristo <<se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz>>. Esta virtud de la obediencia se manifiesta sorprendentemente en su vida. <<Les estaba sujeto>> leemos en el Evangelio, es decir, obedecía en todo a sus padres, aunque El tenía un conocimiento divino de la realidad y no necesitaba ser enseñado por nadie. Sabía en todo momento lo que tenía que hacer y no era preciso que nadie se lo indicase. 

Mas, aun así, se sometía al mandato de sus padres, sin que intentara evitar su autoridad Y esta obediencia se extendía a toda esa serie de obligaciones de un hijo que vive en familia con sus padres, y, por supuesto, al aprendizaje del oficio de carpintero, que realizó viendo a José manejar sus herramientas. Es una obediencia serena y profunda y sin reservas. Cristo sabía que Dios actúa, ordinariamente, a través de medios humanos, que hay un orden y una jerarquía en todas las cosas y que es preciso seguirlos si queremos cumplir la voluntad de Dios. Su personalidad de Hijo de Dios se esconde bajo esa sujeción y sometimiento. Es como un joven más de Nazareth. Enteramente actúa como perfecto hombre. ¡Cristo vive! Cristo sabe lo que es ser maltratado, humillado, ofendido, ultrajado, engañado y estafado. 

Sobre todo Cristo sabe lo malo que es el hambre. Cristo conoce. Cristo ve en lo oculto. Es famosa aquella exclamación de Cristo: <<Ningún profeta es bien recibido en su tierra>>. No olvides, la paja va al horno del infierno inextinguible fuego; el trigo al granero del cielo. Cristo era y es un Hombre maravilloso, delante de Cristo todos se inclinan, demonios incluidos. Que no te engañen. Lee y medita.

Hasta cuando Dios así lo quiera. Es un gustazo ver a Jesús, mira en tu interior. Meditación. Silencio y humildad, y lo verás junto a San Miguel. Y, pide a la Virgen que aparezca junto a Jesús. Maravilloso. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias Padre. Amén.


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