La perspectiva que se nos propone tras la muerte se reduce sólo a tres posibilidades: la resurrección, la reencarnación o la nada. En el último de los casos, es inútil plantearse la existencia del espíritu como algo trascendente. La creencia de la resurrección es difícil de sustentar con argumentos lógicos; se apoya exclusivamente en la fe. Y, en cuanto a la reencarnación, no hay duda de que se trata de la posibilidad de supervivencia más universalmente aceptada. Con ligeras variantes, que dependen más del contesto cultural y de la época que de la esencia, la doctrina reencarnacionista propone la existencia de la pluralidad de vidas sucesivas, lo que en términos más científicos también se ha llamado transmigración de los espíritus o metempsícosis.
¿En qué argumentos se basa la reencarnación? ¿Qué pruebas palmarias se pueden aducir a su favor? El Humanismo aborda el estudio de cuanto atañe al ser humano en tanto que ente total y diferenciado entre las demás criaturas que pueblan la Tierra. Parte fundamental de esa profundización en la esencia de lo humano la constituyen las actitudes desde las que se aborda el fenómeno de la Muerte y, sobre todo, aquéllas que se plantean lo que puede haber más allá del instante en que se muere.
El ser humano, aunque lo acepte en teoría y en el ámbito de determinadas posturas ideológicas, se resiste íntimamente a asumir la idea de que la muerte signifique el final de todo. Esta resistencia se complementa con la necesidad visceral de creer que existe una prolongación de lo personal e individual más allá del instante de morir; es decir, que casi se plantea tan a regañadientes la idea de una Nada post-mortem como la conciencia de una eventual integración de la personalidad en una determinada universalidad, con el consiguiente abandono definitivo de lo que consideramos identidad individual: el YO.
Sólo por este temor ante lo que es, a la vez, inevitable y radicalmente ignorado, la Humanidad ha creado las formas religiosas y ha instituido o aceptado determinadas creencias concretas. En líneas generales, las distintas religiones, basadas en supuestas revelaciones definitivas de dioses, o en enseñanzas sagradas de profetas o mesías, han intentado, fundamentalmente, tranquilizar las angustias del ser humano frente a lo desconocido, dictaminando inapelablemente su destino y supeditándolo al comportamiento ético mantenido en la vida. Así, las formas religiosas, en su mayoría, constituyen un conjunto de promesas que habrán de cumplirse después de la muerte, en un sentido o en otro, según los creyentes hayan respetado los códigos morales y obedecido a las sumisiones presuntamente establecidas desde los más altos niveles de lo sagrado, más allá del campo de conciencia del conjunto de la Humanidad. (Cierto, según la conducta se crea Karma o Darma, y también, ira ese espíritu o YO al cielo o al infierno o al purgatorio o a otros lugares de sanación... Si vuelve a reencarnar, esa alma trae en su conciencia el Karma que tenga que resolver o recibir según su Darma...)
Los sistemas religiosos, tanto aquellos que ya podemos llamar arcaicos, como los que conservan su vigencia con mayor o menor entusiasmo y pureza por parte de su feligresía, basan esencialmente sus principios sobre dos esquemas de solución al problema de lo que sucede después de la muerte. Unos prometen para el más Allá una existencia eterna, infinitamente feliz o desgraciada según el comportamiento que el individuo haya tenido en esta vida (léase, según su grado de sumisión y obediencia a las normas establecidas por los teólogos y moralistas de las clases sacerdotales).
Otros se inclinan por la hipótesis de existencias sucesivas, que en algunos casos evolucionan conforme a ese mismo comportamiento, pudiendo producirse la presunta reencarnación en personalidades más perfectas o en criaturas menos evolucionadas o incluso en entidades dotadas de vida vegetativa del reino vegetal y hasta mineral. La diferencia entre ambas concepciones religiosas estriba en que, mientras una formas de fe apuestan por la creencia en una existencia de ultratumba totalmente distinta a la que se ha conocido aquí, las otras defienden una sucesión más o menos prolongada de existencia en este mundo, o eventualmente en otro, a lo largo de las cuales el individuo tendrá la oportunidad de evolucionar positivamente hacia su auténtica realización.
(Yo conozco miles de vidas anteriores, en ninguna me veo como animal o como mineral, si veo especies primitivas, seres muy evolucionados y de todo tipo de arquetipos: campesino, monje, monja, guerrero, rey, reina, joven de familia adinerada, india de la pradera, chino de la antigüedad, médico medieval... etc., de una cosa estoy segura, que en todas hay mucho dolor, sufrimiento y todo tipo de gozo y de penalidades y muerte trágica).
Ciencia profana y creencia religiosa nunca se han puesto de acuerdo. Y no sólo por discrepar en sus respectivos conceptos de la Realidad (que no son tan distintos, aunque así lo parezca en una primera aproximación), sino por unas razones bien sencillas: mientras las religiones establecen verdades previas y construyen desde ellas los esquemas del presunto conocimiento, las ciencias tratan de alcanzar el significado de la Realidad a través de la experiencia y del estudio de los fenómenos, que no son previamente aceptados. Digamos, en síntesis, que las religiones explican la realidad desde la previa aceptación por la fe de unos orígenes divinos que la trascienden, mientras que las ciencias tratan de estudiar esa misma realidad para alcanzar el conocimiento de sus causas primeras, que se admiten a priori como desconocidas. Así, el Conocimiento y la Creencia, discurriendo por un mismo camino limitado por lo real y sus causas, siguen sentidos contrarios que, como en las carreteras, provocan choques violentos en cuanto se entrecruzan los entusiasmos correspondientes fanatismos.
Sin embargo, en medio de este constante peligro de fatal colisión, las soluciones (religiosas) que optan por la creencia en la Reencarnación, precisamente por discurrir ésta, al menos en apariencia, aquí, en el mundo que pisamos y respiramos, han sido mucho menos denostadas por el pensamiento científico que la opción de una vida celestial que, según los distintos credos, discurriría por esferas inalcanzables para el entendimiento y muy lejanas a cualquier intento de experiencia fenoménica. No quiero decir con ello que los científicos hayan aceptado las ideas transmigratorias y las hayan incorporado al ideario racionalista; sólo apunta el hecho de que determinados colectivos investigadores, especialmente en el campo de la psicología, se han llegado a plantear la idea de la Reencarnación como un misterio que podría merecer la pena de ser estudiado, aunque siempre desde unas perspectivas empíricas y más por el impacto que causa la idea en el individuo que por su problema o evidencia. Casi cabría intuir que, si la ciencia -o un concreto sector de ellas- ha hincado alguna vez el diente en el problema de la Reencarnación, ha sido más por justificar el lógico vacío de fe religiosa de algunos de sus miembros, necesitados de encontrar respuestas fenomenológicas válidas a sus inquietudes trascendentes, que por labrar un hueco en el caparazón del racionalismo en el que cupiera la incógnita fundamental que tiene planteada la Humanidad: ¿qué hay al otro lado de la Vida?
(Al otro lado de la Vida, hay otros planetas, hay unos lugares sombríos y aterradores, como es el Infierno y sus individuos; el Cielo con sus magníficos palacios, su río de piedra de aguas claras limpias, sus jardines con flores relucientes, más brillantes que las de la Tierra, la luz es de color oro, muy diferente a la del Sol de nuestra Vía Láctea, estando a poca distancia de la Tierra. El Reino del Cielo está rodeado de muros y tiene una gran puerta, que se oculta tras un macizo de nubes blancas. Se ven los ángeles en su trasiego. Dios acude para presidir el Juicio a las almas; San Miguel o Jesús, o ambos juntos, acuden para ayudar al ser que es juzgado; si es positivo el juicio, lo conducen al Cielo, si negativo llegan los diablos. Cuantos más ángeles acudan a ayudar a un alma, más probabilidad tiene de ir a Cielo, es difícil y largo de explicar, y comprendo que esta es mi verdad, que solo los que han vivido la experiencia creen, pero no todo lo creen, porque se escapa a lo razonable. La Dra. Francesca Rossetti, tiene un largo bagaje en este tema, ella ha instruido a otros terapeutas en regresión a vidas anteriores y tiene sus libros: Conozca sus vidas anteriores- Como saldar karma mediante la regresión, es un método de la Dra., El Alma sin Velo es un libro donde doce Terapeutas narran, los relatos verídicos de su experiencia con la Terapia Regresiva, a mi me ayuda una de ellas Susana A. Villegas. Al principio mis visas anteriores se fueron presentando en sueños, se revelaron muchas visiones, hasta que me di cuenta que eso no podían ser solo sueños, y con el tiempo estalló la burbuja donde estaba contenida las miles de experiencias de mis vidas anteriores, en verdad que me de cuenta me afecta las tres últimas, pero a veces, me siento muy mal, y me pregunto ¿por qué...? Y me van llegando imágenes de lo que llaman mis analogías).
Con todo, al nivel en que nos encontramos, tanto en el ámbito de la ciencia como en el de las creencias, no queda otro camino sino el de la imaginación. Sí. Imagínate ahora, tú que estas leyendo estas líneas que alguien -no sé, un científico o un sacerdote- te viniera con las pruebas refutables en las manos. Que te demostrase, sin que tuviera que aportar más fe que la que le concedes a ese televisor a ese ordenador personal cuyos mecanismos internos siguen siendo un misterio insondable para ti, que esto, la vida, no se acaba con la Muerte; que una parte importante de nosotros, la más importante tal vez, la Conciencia, sobrevive a la muerte de tu cuerpo e irá a entrar, en un plazo más o menos breve después de esa muerte, en el de un recién nacido, para que comiences a vivir otra existencia, y luego otra y otra, hasta que tú mismo, allá donde te encuentres, te decidas a decir: ¡Basta, ya tengo suficiente, quiero unirme a la Conciencia Universal y fundirme con la Totalidad!
<<Imagina ahora, si quieres, que esa conciencia universal es como un Océano infinito, del que tú eres una gota que hace millones de años, fue separada de él y metida en sucesivos recipientes que se iban trasvasando unos en otros a medida que se deterioraban. Una gota con voluntad de supervivencia, incluso con vocación decidida de ir alcanzando unos grados de perfección y unos esquemas de conciencia imposibles de arañar en ese espacio de tiempo concreto que solemos llamar la vida individual. ¿Cuántas veces no habremos oído decir, ohabremos dicho nosotros mismos, eso de <<si volviera a vivir>>, o eso otro, mucho más grave y cierto, de <<la vida es demasiado corta para alcanzar lo que quiero vivir, o lo que quiero saber, o lo que deseo realmente sentir>>.
Pues bien, imagina ahora que eso es posible, que está al alcance de tu mano, qu sí existe esa solución deseada, aunque nunca hayas tenido conciencia de ella y no haya pasado de ser un oscuro deseo aparentemente irrealizable. Imagina de una vez que cabe, aunque remotamente, la posibilidad de ir adquiriendo experiencias a lo largo de sucesivas vidas, mientras sigues siendo, por milenios enteros, esa gota de consciencia oceánica que se aisló en un recipiente tras otro, individualizándose y perfeccionandose más allá de la memoria consciente; que has transmigrado, aunque no te acuerdes, de cuerpo en cuerpo y de mente en mente, a lo largo de eso que llamas Historia, sufriendo mil veces, amando otras mil gozando, luchando, riendo, enfermando y respirando, gritando y llorando supraconscientemente una personalidad que, poco a poco y en silencio, como cuando se juega al escondite, puedes llegar a ver claro su destino universal y eterno; digamos, su meta en el concierto cósmico.
Claro que imaginar no basta. Y que, por más que en ocasiones nos aferremos a lo que, consciente o inconscientemente, deseamos, tenemos necesidad de equilibrar lo que sentimos y lo que creemos y lo que sabemos o imaginamos saber y lo que pensamos, lo que queremos y lo que rechazamos, lo que vemos sin poderlo comprender y lo que entendemos sin que seamos capaces de sentir en lo más hondo de nuestra conciencia como cierto e irrefutable. Entre todo este cúmulo de factores en lucha abierta dentro de nosotros, hay uno que, sin embargo, palpamos y asumimos día a día y que, por más que nos aseguren que lo que percibimos falsamente, nos es imprescindible para asumir el equilibrio vital. Me refiero al TIEMPO.
<<Hace ya muchos años, cuando apenas alboreaba el siglo que ahora termina, (siglo XX) un genio del pensamiento, Alberto Einstein, nos advirtió seriamente que el paso de las horas y de los días era objetiva y matemáticamente falso; que nuestra percepción del discurrir del tiempo sobre nosotros y sobre las cosas era sólo fruto de nuestrs sentidos engañosos y de nuestras estructuras perceptivas, habituadas a una realidad erróneamente asimilada, por culpa de esos mismos sentidos que nos muestran unas evidencias que son fruto de la percepción inmediata y no de la esencia de lo que es objetivamente la realidad>>.
Habituados como estamos a esta falsa fiabilidad que transmiten nuestros medios de percepción y el código traductor que utiliza nuestro cerebro, todo cuanto no se nos filtre a través de los sentidos necesitará de un esfuerzo intelectual o instintivo para ser captado en su esencia. Y, cuando el estímulo es simplemente espiritual, o inaprehensible, sea una ecuación matemática o un problema metafísico, suele ser corriente que lo abordemos desde los mismos parámetros que nos sirven para captar las realidades cotidianas, para las que vale la información sensorial, aunque aceptemos que no es estrictamente válida.
Precisamente esta actitud de aceptar el mundo de nuestras sensaciones para explicar y conceder carta de naturaleza a las numerosas experiencias (o seudoexperiencias) de reencarnación que se han llevado a cabo o que relatan los presuntos testigos, bien espontáneamente o bajo los efectos de estímulos externos, es lo que hace, o al menos a mí me obliga, a ponerlas en duda, o a plantear la eventualidad de que nos encontremos ante otro tipo de fenómeno.
Pongamos un ejemplo bastante significativo. Y, aunque forma parte de todo un bloque de fenómenos de los que trataremos más extensamente en una última parte de estas páginas, lo adelantaremos aquí para formarnos una idea de los riesgos que afronta la investigación a la hora de fijar científicamente lo que fue antes materia exclusivamente religiosa.
A finales del siglo XIX y principios del XX, algunos investigadores se lanzaron a la aventura de penetrar en los posibles misterios de la Reencarnación. Entre ellos destacó por su evidente buena voluntad el coronel De Rochas, que puso en marcha un método de regresión hipnótica que, supuestamente, permitía que sus pacientes retrocedieran en sus recuerdos hasta el período fetal y, más allá, en varias ocasiones, hasta la memoria de existencias anteriores. Uno de aquellos experimentos, publicado en su día, relataba el caso de una muchacha de 18 años, Josefina, que vivía en la localidad de Voiron, en la comarca de Isére. El coronel De Rochas la hipnotizó y, bajo hipnosis, la hizo retroceder hasta la edad en que, todavía bebé, mamaba del pecho de su madre. Siguió adelante con la experiencia. Y llegó un instante en que Josefina no pudo ya hablar y en que, por signos, dejó deducir que se encontraba todavía en el claustro materno, <<flotando en la oscuridad>>, según traducía el investigador. Siguió la experiencia; el sueño -en palabras de Maurice Maeterlinck, que le transcribió- <<se tornó más espeso>> y, entre aquella espesura, surgió la voz de otro ser, <<una voz inesperada y desconocida, una voz de viejo cascarrabias desconfiado e irritado. Se le preguntó quién era, pero, en un primer momento, se limitó a decir que <<estaba allí, que no veía nada, que se encontraba en plena oscuridad>>.
El experimentador logró ganar poco a poco la confianza de aquel supuesto personaje y pudo saber que se llamaba Jean-Claude Bourdon, que era viejo, que se encontraba tendido en su lecho, enfermo desde largo tiempo atrás y que había nacido en la comuna de Pollíat en 1812, que asistió a la escuela a los 18 años y que hizo su servicio militar en el 7º regimiento de artillería de Besancon. Mientras se oía su voz, la muchacha hipnotizada hacía gestos de atusarse el bigote. La voz siguió contando que, de regreso a su aldea, permaneció soltero, pero tuvo una amante, y que murió solitario a los 70 años. Contó u "muerte" como un salir de su propio cuerpo y, tras sentirse como un fluido, retomó poco a poco la compactibilidad, viviendo un tiempo en una oscuridad penosa, pero sin sufrimiento, de la que saldría mediante un nuevo nacimiento bajo la personalidad de Josefina, precisamente la muchacha que era sometida al experimento de regresión.
De Rochas no se quiso conformar con aquel primer paso. Siguió adelante y, tras un tiempo de esfuerzos hipnóticos, consiguió hacer retroceder la memoria del viejo soldado a su propia infancia, desde ésta a su vida uterina y desde allí a la aparición de otra voz "inesperada": la de una anciana que, en medio de las tinieblas de la muerte, se encontraba rodeada "de malos espíritus"b y que accedió al diálogo, contando inmediatamente que se llamaba Filomena Carteron, que había nacido en 1702 y había vivido en la localidad de Ozan, hasta que se casó y pasó a vivir en Chevroux, donde tuvo dos hijos. Continuó la regresión y surgió de las tinieblas una niña que había muerto de corta edad. Y, antes, un hombre que había cometido un crimen que marcó la infelicidad de aquella niña que vivió su corto periplo marcada por la memoria inconsciente y reciente de la vida culpable que había vivido con anterioridad. Al parecer el coronel De Rochas prefirió detener en este punto la investigación de este caso.
Leyendo estas experiencias -que realmente no difieren en lo sustancial de otras muchas que se han llevado a cabo desde entonces, aunque hayan cambiado los métodos y hasta las intenciones- surge una pregunta inmediata, casi instintiva, que no parece muy acorde con la idea espacio-temporal que rige la conciencia científica desde el descubrimiento de la teoría de la Relatividad. Se da la circunstancia, más a menudo de lo que parecería prudente y lógico -y olvidemos que nos encontramos en un esquema en el que la lógica tienen muy poco que hacer-, de que este aparente o supuesto recorrido por vidas anteriores se produce: Sigue leyendo el libro de Juan G. Atienza- REENCARNACIÓN ¿VIVIMOS OTRA VEZ?
Entre la realidad y la fantasía, los fantasmas parecen rodearnos en todo lugar y situación. Y, aunque pocos los han visto, su persistencia a lo largo de la Historia, tanto en culturas evolucionadas como primitivas, y sobre todo el estremecimiento que producen los relatos, testimoniales y de ficción, a ellos referidos, han dado lugar a una investigación rigurosa acerca de su veracidad. Existen incluso documentos gráficos que los recogen e identifican. Si pueden ser fotografiados, ¿son seres reales, que también podemos ver y tocar?...
EL PRINCIPIO DE LA VERDAD
<<Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres>>. La verdad que libera al hombre es el conocimiento de que su consciencia es la resurrección y la vida, de que su consciencia resucita y da vida a todo lo que él es consciente de ser. Fuera de la consciencia, no existen ni la resurrección ni la vida. Cuando el ser humano renuncie a su creencia en un Dios separado de él y empiece a reconocer que su consciencia de ser es Dios, como hicieron Jesús y los profetas, entonces transformará su mundo al darse cuenta de que <<Mi Padre y Yo somos Uno, pero mi Padre es más grande que Yo>>. Sabrá que su consciencia es Dios y que aquello que él es consciente de ser es el hijo que es testigo de Dios, el Padre.
El que concibe una idea y la idea concebida son uno, pero el que concibe es más grande que aquello que concibe. Antes que existiera Abraham, Yo soy. Sí, yo era consciente de existir antes de ser consciente de que soy una persona, y el día en que deje de ser consciente de que soy una persona, seguiré siendo consciente de que existo... Jesús descubrió esta gloriosa verdad y declaró que Él era Uno con Dios, no con el Dios que el hombre había creado, porque Él jamás reconoció a ese Dios. Jesús descubrió que Dios era Su consciencia de ser y por eso le dijo al hombre que el Reino de Dios y el Cielo estaban en su interior.
Cuando se dice que Jesús abandonó el mundo y se marchó con Su Padre, simplemente se está afirmando que Él alejó su atención del mundo de los sentidos y elevó su consciencia hasta ese nivel que deseaba expresar. Ahí permaneció hasta que se volvió uno con la consciencia a la que Él ascendió. Cuando regresó al mundo humano, pudo actuar con la seguridad positiva de que Él era consciente de ser, un estado de consciencia que sólo Él sentía o sabía que poseía. La persona que ignora esta Ley eterna de expresión ve esos acontecimientos como milagros.
Elevar tu consciencia hasta la cosa deseada y permanecer ahí hasta que ese nivel se convierta en tu naturaleza es el camino que lleva a lo que aparentemente son milagros. <<Y yo, soy elevado, a todos los atraeré hacía mí>>. Si soy elevado en consciencia hasta la naturalidad de la cosa deseada, atraeré la manifestación de ese deseo a mí. <<Ninguna persona viene a mí si no es por el Padre que está dentro de mí, y mi Padre y Yo somos uno>>. Del libro de Neville Goddard La fe es tu fortuna. <<Pedid y se os dará>>. -Mateo VII-7-
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, paz y alegría en toda la Tierra. Busqué al Señor, y Él me libró de todos mis errores. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias Padre del Cielo. Amén.
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