martes, 5 de mayo de 2026

El Bosque Mágico - Creando Paz 14

 Frase inspiradora: <<Quita y no pon, presto se acabará el montón>>, dicen los labradores cuando van al granero para llevar el trigo al molino. Los sacos del pródigo tenían un fondo, como todos los sacos, y llegó el día en que ya no hubo ni oro ni plata, ni cobre siquiera, sino pedazos de tela y de cuero que se amontonaban, lacios como ladrillos en el suelo. Desaparecieron los amigos y desaparecieron las mujeres; esclavos, lechos y mesas fueron vendidos, y con lo recaudado hubo que comer mal que bien, pero poco. Para mayor desgracia, hubo en aquel país una gran carestía, y el pródigo se halló hambriento en medio de un pueblo de hambrientos. 

EL HIJO PRÓDIGO

Un hombre tenía dos hijos. Se le había muerto la mujer, pero le habían quedado aquellos dos hijos. Solo dos. Pero dos son siempre mejor que uno. Si el primero está fuera, está en casa el segundo: si el más pequeño se pone enfermo, el mayor trabaja por los dos; y si uno se muere -también los hijos se mueren, también los jóvenes se mueren, y a veces antes que los viejos-, y si uno de los dos se muere, queda, al menos, uno que cuida a su pobre padre.

Este hombre amaba a sus hijos, no solo porque era de condición afectuosa. Quería a los dos, al mayor y al pequeño; tal vez un poco más al pequeño que al mayor; pero tampoco más, que ni él se daba cuenta. Por el último hijo, todos los padres y todas las madres tienen cierta preferencia; por más pequeño, por más guapo que todos y por menos favorecido ante la Ley; y además es el último que ha sido niño, y después del suyo no ha habido en la familia otro nacimiento; de suerte que su niñez, todavía tan reciente, se alarga, se prolonga, se extiende casi hasta los umbrales de la juventud como una persistente sombra de ternura.  ¿No parece que fue ayer cuando mamaba, cuando daba los primeros pasos con la faldita corta, cuando le saltaba al cuello a su padre para ir a caballo?

Pero este hombre no se mostraba parcial. Tenía sus dos hijos como a sus ojos y sus manos, igualmente queridos, uno a la derecha y uno a la izquierda, y cuidaba que el uno y el otro estuviesen contentos y a ninguno de los dos le faltase nada. Pero entre los hijos de un mismo padre hay quién piensa de una manera y quién de otra. No sucede casi nunca que dos hermanos tengan la misma índole. O que se parezca que dos hermanos tengan la misma índole. O que se parezcan siquiera.

El mayor era un joven serio, prudente, reposado, que parecía ya un hombre hecho y derecho, maduro, un marido, un padre de familia. 

Respetaba a su padre, pero más como a amo que como a padre, sin una palabra ni señal de sentimiento; cumplía las devociones que están mandadas, pero que no se le acercasen los pobres.

A su parecer, aunque la casa estuviese llena de bendiciones de Dios, nada era para ellos. Fingía querer a su hermano, pero en su interior le roía el gusano de la envidia. Cuando se dice <<quererse como hermanos>> se dice lo contrario de lo que quisiera decir. Rara vez las hermanos se quieren de verdad. 

La historia hebrea, dejando a un lado las demás, empieza en Caín; sigue con Jacobo que engaña a Esaú; con José, vendido por sus hermanos; con Absalón, que mató a Ammón; con Salomón, que manda degollar a Adonias: gotear de sangre sobre un largo camino de celos, de luchas, de traiciones...

El segundo hijo parecía de otra sangre. Era más joven y no se avergonzaba de la juventud. Chapoteaba en la juventud como en un lago caliente. Tenía todos los caprichos, los ardimientos, las gracias -y desgracias- de su edad. Con su padre, según las lunas; un día hubiera renegado de él y al siguiente levantándole a las nubes; era capaz de mostrársele enfadado semanas enteras y después, de pronto, echarse a su cuello contento. Más que trabajar, le gustaba pasear con los amigos y no decía que no cuando le convidaban a beber; y miraba a las mujeres, y ambicionaba vestir bien y presentarse mejor que los demás. Pero de buen corazón: pagaba a quien no podía pagar, a escondidas hacía caridades a los hermanos, no despedía a nadie dejándole desconsolado. Rara vez se le veía en la sinagoga, y por eso, y por otras maneras suyas de portarse, los burgueses de la vecindad, las gentes de bien, las personas ejemplares y timoratas, religiosos y hacendosas, no le veían con buenos ojos, y recomendaban a sus hijos que no anduviesen con él.

Tanto más que aquel joven quería hacer el gan señor más de lo que le permitía el haber de su padre -buen hombre, según decían, pero débil y ciego-, y decía cosas que no están bien en un hijo de familia educado como es debido. La vida humilde de aquel humilde pueblo le asqueaba; decía que era mejor correr aventuras en los países ricos, populosos, lejano, más allá de los montes y los mares, donde están las grandes ciudades lujosas, y los pórticos de mármol, y los vinos de las islas, y las tiendas llenas de sedas y plata, y las mujeres vestidas de gala como reinas maceradas en aromas, que daban, sin hacerse rogar, su carne a cambio de un puñado de oro.

Allí, en el campo, había que vivir ordenadamente y no había manera de desahogar el humor gigantesco y nómada. El padre, aunque rico, aunque bueno, medía las dracmas como si fuesen talentos; su hermano le miraba de mal ojo si se compraba una túnica nueva o volvía a casa un poco alegre; en su familia no se conocía más que el campo, el surco, el pastoreo, el ganado; una vida que no le parecía vida, sino agotamiento.

Y un día -había pensado en ello varias veces sin valor para decirlo- endureció su corazón y su rostro y díjole a su padre: -Dame la parte que me toca de lo mío, y nunca jamás te volveré a pedir nada.

El anciano sufrió ante tales palabras, pero nada dijo, y fuese a su aposento para no dejar ver que lloraba. Y ninguno de los dos habló más de aquello durante cierto tiempo. Pero su hijo padecía, estaba enfadado y había perdido, con el ímpetu y el brío, hasta los colores del rostro. Y el padre, al ver llorar a su hijo, padecía cada vez más pensando que lo perdía. Pero al cabo el amor paterno venció al amor de sí mismo. Se hizo la estimación pericial y el padre dio a sus dos hijos la legítima y se reservó lo demás para sí. El joven no perdió tiempo: vendió lo que no podía llevarse consigo, y, juntando una buena cantidad, sin decir nada a nadie, una noche montó en un buen asno y partió. Al hermano mayor no le disgustó en modo alguno aquella marcha: <<Éste ya no se atreverá a volver, y ahora soy yo el hijo único, y yo solo mando, y nadie me quitará el resto de la herencia>>.

Pero el padre lloró en secreto todas sus lágrimas, todas las lágrimas de sus viejos y arrugados párpados, y cada surco de su viejo rostro se bañó en llanto. Desde aquel día ya no fue él, y se necesitó todo el amor que tenía al hijo que le quedaba para vencer el descorazonamiento de aquella separación.

Pero una voz le decía que acaso que no le había perdido para siempre, que vería a su segundo vástago y obtendría la gracia de volver a besarlo antes de morir, y aquella voz le ayudaba a soportar la separación con menos angustia.

Entretanto, el joven fugitivo se acercaba a grandes jornadas al país opulento y en fiesta, donde pensaba vivir. Y a cada vuelta del camino palpaba los saquillos del dinero que pendían de la silla. Presto llegó al país de su deseo y empezó la fiesta. Le parecía que aquellos dineros que había llevado consigo no se acabarían nunca.

Tomó en alquiler una hermosa casa, compró cinco o seis esclavos, se vistió como un príncipe; pronto tuvo amigos y amigas que le acompañaban a almorzar y a comer y bebían vino cuanto les cabía en el vientre. Con las mujeres no regateó, y escogió la más bellas que había en la ciudad, que supieran bailar y tocar y vestirse con magnificencia. Nunca le parecían demasiado los regalos para gozar las más desesperadas torturas del placer. El señorito provinciano, venido del campo sin distracciones, tenido a raya en la época de la sensualidad prepotente, sediento de grandezas, desahogaba ahora la lujuria contenida y la afición al fausto en aquella vida enervante, peligrosa como un puente sin baranda.

Un vida que no podía durar. <<Quita y no pon, presto se acabará el montón>>, dicen los labradores cuando van al granero para llevar el trigo al molino. Los sacos del pródigo tenían un fondo, como todos los sacos, y llegó el día en que ya no hubo ni oro ni plata, ni cobre siquiera, sino pedazos de tela y de cuero que se amontonaban, lacios, sobre los ladrillos del suelo. Desaparecieron los amigos y desaparecieron las mujeres; esclavos, lechos y mesas fueron vendidos, y con lo recaudado hubo en aquel país una gran carestía, y el pródigo se halló hambriento en medio de un pueblo de hambrientos. <<Nadie le miraba; las mujeres se habían ido a otras ciudades, y los amigos de las noches y de las borracheras a duras penas conseguían ir viviendo ellos mismos>>.

<<Nadie le miraba; las mujeres se habían ido a otras ciudades, y los amigos de las noches y de las borracheras a duras penas conseguían ir viviendo ellos mismos>>. (¡Tanto tienes tanto vales!)

El desventurado, casi desnudo, fuese al campo con un señor que poseía una heredad. Tanto se recomendó a su favor, que le aceptó en calidad de porquero, porque era joven y sano y no sobraban porqueros; que nadie, por poco que pudiese, quería tal oficio. Para un judío no hubiera mayor castigo que aquel. Hasta en Egipto, no obstante se adorasen allí los animales, únicamente a los porqueros les estaba prohibida la entrada en el templo, y ningún padre les daba sus hijas por mujeres, ni nadie se hubiera casado por todo el oro del mundo con la hija de un porquero.

Pero el pródigo no tenía dónde escoger, y tuvo que llevar los cerdos a pastar. No le daban salario, y la comida era escasa, porque había poco para todos. Mas para los cerdos no hay carestía, porque todos comen, y en aquel país tenían bellotas a placer y se hartaban. 

El mísero hambriento miraba con envidia a aquellos animalotes negros y rosados, que hozaban en la tierra mascullando cáscaras y raíces y deseaba llenar el vientre de aquella comida, y lloraba recordando la justa abundancia de su casa y los festines de la gran ciudad. A veces, vencido del hambre, cogía debajo del hocico gruñente de los cerdos una cáscara negruzca de bellota, templando la amargura del arrepentimiento con aquel desabrido y leñoso dulzor... Y ¡ay si lo viera el amo!

Su vestido era una sucia zamarra de esclavo que hedía a establo; su calzado, un par de sandalias rotas, atadas con juncos, de cualquier manera; en la cabeza, un trapo de ningún color, habíase descarnado y alargado, tomando un color mortecino entre plomizo y barroso.

¿Quién llevará ahora sus nítidas capas de lana hilada y tejida en casa, que dejó en las arcas de su hermano? ¿Dónde estarán las bellas túnicas de seda teñida en púrpura que hubo de vender por pocos dineros a los prenderos? Los criados de su padre vestían mejor que él. Y comían más que él.

Y volviendo en sí, dijo: <<¡Cuántos criados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo me muero de hambre!>>.

Hasta entonces, apenas apuntaba el pensamiento del regreso, lo había rechazado. ¡Volver en aquel estado, después de haber hecho llorar a su padre y haber cedido ante su hermano! Volver sin un traje, descalzo, sin un dracma, sin anillo -signo de libertad-, desfigurado, hediondo, contaminado de aquel oficio abominable, y dar la razón a los prudentes vecinos, al prudente hermano, humillarse a los pies del anciano, a quien abandonó sin un saludo! Volver como un andrajo de oprobio donde le vieron salir como un rey. Volver a la escudilla en que había escupido. A una casa donde ya no había nada suyo.

No. Algo suyo había siempre. Su padre. Si él pertenecía a su padre, su padre le pertenecía a él. Era descendencia suya, carne de su carne; había sido engendrado por él en un momento de amor. El padre, aun ofendido, no podría renegar su propia sangre. Si no le quiere como a hijo, al menos lo tendrá como criado. En el puesto de un extraño, de un hombre nacido de otro padre. <<Me levantaré y llegaré a mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el cielo y contra ti, y no soy digno de seguir llamándome hijo suyo; tenme como a uno de tus criados. No vuelvo como hijo, sino como servidor, como trabajador; no te pido amor, al que no tengo derecho, sino un poco de pan en tu cocina">>.

Y el joven, entregando los cerdos a su amo, se encaminó a su tierra. Pedía un pedazo de pan a los campesinos, que se lo daban, y llegaba aquel pan de misericordia y de limosna con la sal de sus lágrimas, a la sombra de los sicomoros. Los pies, despellejados y heridos, apenas le sostenían; estaba descalzo, pero la fe en el perdón le llevaba, paso a paso, hacia su casa. (Es lo que espera Dios de todos nosotros.)

Al cabo, un día, cuando el sol estaba ya en lo alto, llegó a la vista de la quinta de su padre. Pero no se atrevía a llamar ni a entrar. Y daba vueltas en torno a la casa, espiando si alguien salía. Y he aquí que su padre se asoma a la puerta y lo ve de lejos -su hijo no es aquél, cuán cambiado está; pero los ojos de su padre, aun consumidos por el llanto, no pueden por menos de reconocerlo-, y corre a él y le aprieta contra su pecho y le besa una y otra vez y no se cansa de posar sus viejos labios pálidos en aquel rostro consumido, en aquellos ojos que han cambiado de expresión, pero que siguen siendo hermosos; en aquellos cabellos polvorientos, pero rizados y suaves; en aquella carne que es suya.

El hijo, confuso y enternecido, no sabe responder a los besos. Y apenas libre de los brazos paternales, se arroja al suelo y repite temblando el discurso preparado: -Padre, pequé contra el cielo y contra ti y no soy digno de que me llames tu hijo.

Pero si el joven se humilla hasta rehusar el nombre su hijo, el viejo se siente en aquel momento más padre; le parece que vuelve a ser su padre por segunda vez. Y sin responderle siquiera, con los ojos anublados y húmedos, pero con la voz sonora de los buenos tiempos, llama a los esclavos:

-Traed la túnica mejor y más hermosa y vestidle con ella; ponedle un anillo en la mano y calzado en sus pies.

El hijo del amo no ha de entrar en su propia casa como un mendigo. El traje más bello, el calzado nuevo, el anillo al dedo. Y los criados han de servirle porque también él es amo.

-Y traed un ternero cebado y matémoslo y comamos y hagamos fiesta, porque mi hijo había muerto y resucitó; habíase perdido y ha sido encontrado. <<El ternero cebado se reservaba para la fiesta; pero ¿qué fiesta más hermosa que ésta para mí? Había llorado por muerto a mi hijo, y helo aquí conmigo; lo había perdido en el mundo: era un mendigo en puertas extrañas, y ahora es el amo de la casa; estaba hambriento, y ahora banqueteará en su propia mesa>>.

Y los siervos obedecieron, y el ternero fue muerto, desollado, descuartizado y puesto a asar Y se sacó de la bodega el vino más viejo. Y fue aparejada la mejor estancia para la cena del regreso. Y algunos criados fueron a llamar a los amigos del padre y otros a los músicos para que acudieran luego con sus instrumentos.

Y cuando todo estuvo dispuesto y el hijo se hubo bañado y su padre lo besó repetidas veces -como para comprobar con la boca que estaba allí con el su verdadero hijo y no la visión de un sueño-, empezó el banquete y se escanciaron los vinos y los músicos acompañaron los cantos de la alegría.

El mayor estaba en el campo a trabajar, y al volver por la tarde, cuando estuvo cerca de su casa, oyó música y ruido y palmoteo y el saltar de los danzantes. Y no salía de su asombro. <<¿Qué ha sucedido? ¿Acaso mi padre se ha vuelto loco? ¿O ha llegado de improviso a nuestra casa un cortejo de bodas?>>

Enemigo del bullicio y de las caras nuevas, no quiso entrar para ver por sí qué pasaba. Sino que, llamando a un muchacho que de la casa salía, le preguntó el porqué de todo aquel ruido.

-Tu hermano ha venido: Y tu padre ha matado el ternero cebón, por haberle vuelto a tener consigo sano y salvo.

A estas palabras sintió un ahogo en el corazón, y se quedó pálido. No de contento, sino de rabia y celos. Volvió a encéndersele en su interior la antigua envidia, porque le parecía que toda razón estaba de su parte. Y no quiso entrar en su casa; y permaneció fuera, airado. 

Entonces, su padre, salió y le llamó: -Ven, que tu hermano ha vuelto y ha preguntado por ti y se alegrará de verte y le festejaremos juntos.

Pero el prudente no pudo contener sus palabras, y, por primera vez en su vida, se atrevió a condenar a su padre en su propia cara: -Eso es; hace tantos años que te sirvo como un esclavo y nunca traspasé una orden tuya, y jamás me diste un cabrito para cenar con mis amigos. Y ahora que ese hijo tuyo vuelve a casa, después de haber malgastado tu hacienda en los lupanares, has matado para él el ternero cebado.

Con estas pocas palabras descubre toda la bajeza de su ánimo, escondida hasta entonces bajo el manto farisaico de la prudencia. Echa en cara a su padre la obediencia propia, le echa en cara su avaricia -<<¡no me has dado un cabrito siquiera!>>- y le reprocha él, hijo sin amor, el ser un padre demasiado amante: <<Ese hijo tuyo>>. No dice hermano, que lo reconozca, si quiere, el padre como tal hijo, que él no quiere reconocerlo como hermano. <<Se ha gastado tu dinero con prostitutas>>. Los dineros que no son suyos con mujeres que no son suyas. <<Mientras que yo he estado contigo, sudando en tus tierras, sin recompensa alguna>>.

Pero el padre, del mismo modo que ha perdonado al otro hijo, perdona a éste también. -Hijo mío, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era menester banquetear y alegrarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado, se había perdido y lo encontramos. (Esto es lo que Dios espera de la Humanidad; que vuelva, que retorne a Él; al Padre. Por las mismas razones que el Hijo Prodigo la Humanidad se ha separado; una inmensa parte está lejos.)

El padre está seguro de que estas palabras bastan para cerrarle la boca: <<Había muerto y ha resucitado, se había perdido y lo encontramos>>. ¿Qué más razones son menester? ¿Y cuáles serían más fuertes? Haya hecho lo que haya hecho. 

<<Ha malgastado lo mío con las mujeres, ha malgastado cuanto ha podido. Me abandonó sin un adiós, y me dejó llorando. Aunque se hubiera portado peor aún, no por eso dejará de ser mi hijo. Aunque hubiese robado por los caminos, asesinado a inocentes y ofendídome mucho más, no puedo olvidar que es hijo mío, sangre mía. Se había ido y ha vuelto, había desaparecido y ha reaparecido, había muerto y ha resucitado. Y para festejar este milagro no me parece demasiado un ternero. Tú no me has dejado nunca; he gozado siempre de ti; todos mis cabritos son tuyos con solo pedírmelos; todos los días has comido a mi mesa. ¡Pero él, estaba tan lejos hace tantos días, tantas semanas, tantos meses! No le veía sino en sueños. ¡Hacía tanto tiempo que no comía un pedazo de pan conmigo! ¿No tengo derecho a celebrarlo, al menos hoy?>>

Jesús se detuvo aquí. No siguió la parábola. No era menester. La significación de la parábola no necesita añadiduras. Pero ninguna boca humana ha contado historia más hermosa que ésta y que tan profundamente se apodere del corazón de los hombres después de la de José, el gobernador de Egipto.

Que el hijo pródigo es el hombre nuevo purificado por la prueba del dolor, y el prudente el fariseo que observa la antigua ley, pero no conoce el amor. O bien, que el prudente es el pueblo judaico que no comprende el amor del Padre, el cual acogerá al pagano a pesar de que se haya revolcado en los torpes amores de la gentilidad y haya vivido en compañía de los cerdos.

Jesús no proponía enigmas. Él mismo dijo, al fin de la parábola, que hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por todos los justos que se glorían de su justicia espuria, por todos los puros que se enorgullecen de su pureza externa, por todos los rígidos fariseos que ocultan la sequedad de su corazón bajo el aparente respeto a la ley.

Los verdaderos justos serán acogidos en el Reino, pero de ello estábamos seguros. No nos han hecho temblar y sufrir y no es menester alegrarse. Pero por el que ha estado a punto de perderse, y ha padecido más por rehacer su alma, por vencer la bestialidad que en él había, que ha merecido más su puesto porque para obtenerlo ha tenido que renegar de todo su pasado, por ése se elevarán los cánticos de júbilo.

<<¿Quién de vosotros que tenga cien ovejas y ha perdido una, no deja a las noventa y nueve en el desierto y va tras la perdida hasta haberla hallando? Y una vez que la halla, se la echa a la espalda, lleno, de gozo, y, llegado a casa, llama a sus amigos y a sus vecinos, diciéndoles: <<Alegraos conmigo, que hallé la oveja que se me había perdido>>.

<<¿O qué mujer que tenga diez dracmas, si ha perdido una, no enciende el candil y barre la casa y busca cuidadosamente hasta hallarla? Y una vez hallada, llama a las amigas y a las vecinas, diciendo: <<Alegraos conmigo, porque hallé la dracma que había perdido>>. Y ¿qué es una oveja en comparación de un hijo resucitado, de un hombre salvo? Ni ¿qué vale una dracma en parangón de un extraviado que recobra la santidad? A PENSAR.

DIOS HABLA SUS HIJOS EN EL FIN DEL TIEMPO

Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Durante cuarenta años de peregrinación por el desierto, los israelitas aprendieron a confiar en Dios. Aprendieron también a convivir unos con otros. Las mujeres y los hombres que habían salido de Egipto con Moisés, envejecieron y fueron muriendo en el desierto. También Moisés envejeció. Se dio cuenta de que iba a morir pronto. Entonces bendijo al pueblo. Dijo: -¡Qué dichoso eres, Israel! ¿Quién podrá compararse a ti, que eres un pueblo salvado por el Señor? Después allí, el Señor le mostró todo el país de Canaán, prometido por él a su pueblo. Moisés murió en la frontera misma de ese país. Pues Dios le había dicho: -Haré que veas el país con tus propios ojos. Pero no entrarás en él. Durante treinta días lloraron los israelitas la muerte de Moisés /Dt 33-34). (Dios no permitió a Moisés entrar en Canaán, tampoco en el cielo, tuvo que rencarnarse muchas vidas para purificar sus pecados con dolor, había matado a muchas personas...)

REYES Y PROFETAS

En la tierra prometida

Antes de su muerte, Moisés designó como jefe de su pueblo a Josué. El se pondría al frente de los israelitas para hacerlos entrar en Canaán, el país en que había vivido Abrahán, Isaac y Jacob. Pero los pueblos que vivían en Canaán no querían que los israelitas entrasen en el país. Guiados por Josué, los israelitas confiaron en la promesa de Dios. No dejaron que les echaran. Poco a poco fueron conquistando el país. Construyendo aldeas y vivían de la agricultura, lo mismo que los cananeos.

Los israelitas aprendieron de los cananeos muchas cosas: cuándo hay que sembrar el grano o cuándo hay que vendimiar; aprendieron a hacer buenas herramientas; aprendieron a preparar buenas comidas y a confeccionar ropa. Pero en una cosa no debían imitar a los cananeos, si querían permanecer fieles a la alianza que habían hecho con Dios: No debían adorar ni servir a los dioses de los cananeos. A los israelitas les costó mucho guardar este mandamiento, pues los cananeos tenían lugares de culto por todas partes, en las tierras, en los montes y bajo la sombra de altos árboles, y allí adoraban a sus dioses, pidiéndoles lluvias y buenas cosechas.

En aquel tiempo, los israelitas tuvieron una nueva experiencia: Mientras permanecían fieles al Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, él los protegía y los bendecía. Pero, cuando le eran infieles, caían sobre ellos calamidades y tribulaciones. (Ley de la Siembra y cosecha o ley Causa y efecto-EL KARMA. Dios no premia ni castiga, el hombre se crea su bien y su mal...) Ahora bien, si se volvían a Dios, confesaban sus culpas y le pedían perdón, él los miraba otra vez con amor y los bendecía (Jos; Jg).

(<<CUANDO HAYAS ALCANZADO CIERTO GRADO DE PRESENCIA no necesitarás por más tiempo que la negatividad te indique qué necesita tu situación de vida. Pero mientras la negatividad esté ahí, úsala. Cuando notes que ha surgido alguna negatividad dentro de ti, no la consideres un fallo, sino una señal muy útil que te recuerda que has de estar más presente>>.)

EL PUEBLO QUIERE TENER UN REY

Los israelitas se repartieron las tierras de tal forma que cada una de las doce tribus recibiera su propio territorio. Los ancianos de las tribus repartieron las tierras entre las familias. Cada familia recibió suficiente terreno para su sustento.

Las tribus vivían independientes. Pero contra el enemigo se defendían unidas.  En esas ocasiones, Dios les enviaba un salvador que las sacaba del peligro. Sin embargo, a Israel se le hizo muy difícil confiar únicamente en Dios y aguardar a que él enviase un salvador en cada una de las situaciones de peligro.

Ellos querían tener un caudillo permanente, un rey. Samuel era el salvador enviado por Dios. Preguntó al pueblo: -¿Quieren ustedes de veras inclinarse ante un hombre, trabajar para él, pagarle impuestos? Y los representantes de las tribus dijeron: -Queremos ser como los demás pueblos. Que un rey nos diga lo que es justo y lo que no es justo. Que un rey sea nuestro jefe en tiempo de guerra.

Dios dijo a Samuel: -Escucha lo que los hombres dicen. No te han rechazado a ti, sino a mí. Entonces Samuel, por encargo de Dios, ungió a Saúl por rey de Israel. Dios le concedió su Espíritu. Saúl habría sido siempre un buen rey, si hubiese confiado  de corazón en Dios. Pero Saúl no quería fiarse de nadie, ni siquiera de Dios. No depositaba su confianza en nadie. Se llenó de tristeza y se extravió. Dios no estaba ya con él. Por eso no era ya capaz de acaudillar ni defender al pueblo de Israel (1 Sm 8-15).

DIOS HABLA A SUS HIJOS- DAVID, EL PASTOR DE BELÉN

David, de Belén, fue el segundo rey de Israel y el más insigne de todos. Confiaba en Dios y Dios estaba con él. Por eso, el pueblo de Dios no olvidará el nombre de David. En Israel se refieren muchas historias sobre David.

David era el hijo menor de Jesé. Estaba cuidando de las ovejas, cuando llegó Samuel a ungirle por rey. David era buen pastor. Conocía y amaba a sus ovejas, y no corría atemorizado cuando un león o un oso aparecía rugiendo. David era valiente. No tenía miedo a los enemigos de Dios y de su pueblo. Se cuenta de él que, siendo un muchacho, fue a ver a sus hermanos que estaban en el campamento. Allí se enteró de que  un grandullón forzudo, el gigante Goliat, se burlaba de los israelitas y de su Dios. Ningún israelita se atrevía a luchar con Goliat. Pero David le dijo: -Te vas a enterar de lo fuerte que es el Dios de Israel. Puso una piedra en su honda, la hizo girar velozmente sobre su cabeza y la lanzó, alcanzando en medio de la frente al gigante Goliat, que cayó a tierra. Los enemigos tuvieron miedo. Ya no quisieron luchar contra Israel. Salieron corriendo.

David sabía cantar canciones y tocar el arpa. En el libro de los salmos, que es el cantoral del pueblo de Dios, hay 150 cánticos como los que cantaba David. Durante algún tiempo, David vivió con el rey Saúl. Cuando Saúl se ponía triste, David tocaba el arpa. Y entonces Saúl volvía a estar alegre. Como Dios estaba con David, éste era capaz de vencer a sus enemigos. (Los seres invisibles, diablos y fantasmas; las fuerzas oscuras ocupan y poseen los cuerpos de los hombres de mente estrecha, egoístas y débiles; usurpan su poder...)

Por eso, Saúl lo nombró jefe de su ejército. Pero, como David triunfaba y el pueblo lo aclamaba con entusiasmo, Saúl tuvo envidia. Quiso eliminar a David. Durante años, David, con un grupo de amigos, tuvo que ocultarse para escapar de Saúl. Los filisteos volvieron a atacar a Israel, pero el ejército de Saúl no pudo contener el ataque. En la serranía de Gelboé murieron los tres hijos de Saúl. También Saúl resultó gravemente herido. Y se dio muerte a sí mismo dejándose cae sobre su propia espada (1 Sm 16-31).

DAVID REY DE JERUSALÉN

Después de l a muerte de Saúl, David fue proclamado rey sobre todo Israel. Conquistó Jerusalén y la convirtió en capital de su reino. Hizo traer a Jerusalén el arca santa con las tablas de la ley, en las que estaban grabados los mandamientos de la lianza. David quería que Jerusalén fuera la ciudad de Dios. (Con Jesús, bajará la Nueva Jerusalén, una ciudad blanca y azul; que brilla como una estrella.)

David confiaba en Dios. Quería guardar la alianza concertada con Dios. Una vez que hizo una cosa mala, confesó su culpa y pidió perdón a Dios. Un día, David mandó llamar a Natán. Natán era un varón a quien Dios había designado su portavoz: era un profeta. David le dijo a Natán: -Yo vivo en un magnífico palacio, pero el arca santa sigue albergándose en una tienda. Quiero construir para Dios una casa. 

Al día siguiente, volvió Natán para ver a David y le dijo: -Dios no quiere que construyas para Él una casa. Al contrario: Él construirá para ti una casa: una casa viva. Cuando tú mueras, tu hijo reinará sobre el pueblo de Dios. Estas palabras tienen vigencia para siempre. Por eso, el pueblo de Dios cree que el gran Salvador, el Mesías prometido por Dios a los hombres, nacerá de la familia de David (2 Sm 7). (Así ha sido: Jesús es el Mesías de la familia de David).

UN CÁNTICO DE DAVID

Señor, tú eres mi pastor,

y no me falta nada.

Me llevas a verdes praderas

y a lugares tranquilos junto a las aguas.

Me guías por caminos seguros.

Aunque camine por quebradas  oscuras,

no tendré miedo,

porque tú estás conmigo (véanse Salmo 23).

Salomón edifica una casa para Dios. El rey David murió y fue enterrado en Jerusalén. Su hijo Salomón gobernó en Israel. Salomón era un rey sabio. Sabía lo que es justo y lo que es injusto. En Jerusalén edificó para sí un palacio y construyó una casa para Dios: el templo. En él depositó el arca santa. En el día de la dedicación del templo, Salomón oró así: -¡Señor, Dios mío! Prometiste estar cerca de nosotros en este  templo. ¡Escucha mi oración! ¡Escucha a todos los que te invoquen en esta casa! ¡Escúchanos, Señor, y perdónanos nuestra culpa! Continuará, si Dios lo quiere, es interesante lo que sigue de Salomón y de sus descendientes.

(DIOS es un gigante, no cabe en ningún templo de la Tierra, su casa es el firmamento; aunque tiene un palacio en el cielo.... Jesús dijo: Me voy, pero volveré. Voy a prepararos unos aposentos. En la mansión de Mi Padre hay muchos aposentos... Y dónde Yo esté allí estaréis vosotros conmigo. Es verdad, es maravilloso ver a Jesús paseando junto a Su Santa Madre...)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: <<Habéis oído que se dijo: <<Ojo por ojo, diente por diente>>. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas>>.

El Señor sale a nuestro encuentro y nos invita a optar por el bien, en definitiva, a hacer nuestro su estilo y su talante al afrontar las diferentes situaciones de la vida. No les pide a los discípulos una resistencia estoica ante el mal, sino rechazarlo a través del bien, que se puede hacer con palabras y obras. Pues ello ayuda a madurar, fundamentados en valores evangélicos que se expresan en actitudes como la mansedumbre, la paciencia, la mesura a la hora de actuar, la transparencia, la sinceridad, el dominio de sí mismo, etc. Cristo nos invita a vivir una generosidad que desborda el amplio caudal del precepto del Amor al prójimo. Un amor que, en definitiva, hay que vivirlo como lo que es: don de Dios que se obtiene confiando sin reservas en la ternura misericordiosa del Señor. 

Cambiar las situaciones complejas e injustas de la vida sin hacer ruido, sino optando por el bien. El amor de Dios vivido y compartido renueva el corazón desde dentro y le ayuda a centrarse en lo que es fundamental. Sabemos que solo su gracia y la fuerza que viene del Espíritu pueden lograr en nosotros esta transformación.

Lo debe saber todo el mundo lo que impera en nuestro mundo es la ley de la selva: La edad de piedra. Somos neandertales, primitivos, caníbales, antropófagos, matamos a nuestros semejantes; peor que los animales de la selva; ellos matan para sobre vivir, pero, lo de los hombres, no tiene nombre: Robar sin piedad, provocando hambrunas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: <<Habéis oído que se dijo: <<Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo>>. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto>>. (La vida pone pruebas, los demonios dividen a las familias, la magia negra hace que se aborrezcan los esposos, los hermanos, los amigos... etc., manipulan a los hombres de poder, se pueden vencer con el escudo de San Miguel, Oración a Dios Padre.)

Una de las frases más recurrentes y con una fuerte incidencia en la predicación del Señor es: <<Amad a vuestros enemigos>>. (Y, Jesús, si que, lo ha cumplido. Yo he visto como, los discípulos, descuelgan a Judas del árbol, donde se ahorcó; Jesús, lo bendice y lo besa en la frente. Elevando sus brazos al cielo reza una plegaria a DIOS...)

LA CAZA DE BRUJAS EN EUROPA Y EN EL NUEVO MUNDO

Acusadas de brujería, miles de mujeres fueron humilladas, torturadas y ejecutadas durante los siglos XVI y XVII. Una amplia cultura o un espíritu independiente eran suficientes para merecer la hoguera. Recordad a Juana de Arcos, lee su historia.

La Europa de estos siglos se enriqueció a la misma velocidad con que aumentaba la esclavización de cautivos africanos y americanos y la violencia contra las mujeres. El otro, el extraño, como chivo expiatorio de los miedos y de la propia voracidad. Con nombres y apellidos, país a país, los estudiosos conocen a ese pequeño grupo que está empeñado en destruir nuestra civilización para instaurar: 

LA DOCTRINA DE LUCIFER. DICTADURA PLANETARÍA

La represión total de toda la Humanidad. Tres, son tres la guerras mundiales planificadas; dos no les ha bastado, para la conquista de este sueño aterrador y fantasmagórico de los que se creen iluminados. Destruir Europa ante todo, la intención es destruir todos los palacios, catedrales, iglesias, de todo el Mundo, todos los monumentos símbolos del cristianismo en: Rusia-Francia- Alemania-Hispano  América... etc. Piensan explotar todos los monumentos. 

DIOS HABLA A SUS HIJO- JESUCRISTO ES DIOS EN PEQUEÑO. Y DIOS SE HIZO HOMBRE VIENDO EL MUNDO MUY OSCURO. AHORA ESTAMOS EN PELIGRO; PAZ. Cristo, muestra su estilo de vida e invita a sus discípulos a adherirse al mismo. Fundamentando siempre en el amor a Dios, vivimos una experiencia de darse que excede la capacidad humana. Ahí está una de las claves para transformar el mundo, para poner mucho amor y hacer mucho bien, allí donde la injusticia y la violencia pretenden mediatizar las relaciones, buscando solo el interés personal y excluyendo a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos y descartados de la sociedad. El amor misericordioso de Dios repara y resitúa el corazón herido y así renovado puede seguir caminando, haciendo el bien, colaborando con la paz, cuidando las relaciones con una fraternidad sincera.  

El libro de Paul H. Koch ILLUMINATI explica con claridad todos los acontecimientos actuales; las visiones de Pike y Mazzini. Y, lo que se está llevando a cabo  EL TESTAMENTO DE SATANÁS

La Virgen de Fátima, lo advirtió. Las apariciones de la Virgen de Fátima no pertenecen al pasado. Son una realidad viva hoy y de siempre. Una realidad apasionante que nos habla con hechos y excita la imaginación a la vez que tensa la voluntad y levanta en el alma -con serenidad profunda- una firmísima y clara esperanza cristiana.

Desde la primitiva soledad de la Cova hasta la gran basílica que hoy resulta insuficiente para las peregrinaciones, hay una larga cadena de sacrificios y afanes, dificultades y victorias. Muchas personas sanan.

LA ATLÁNTIDA Y SON TRES LAS CIVILIZACIONES SUMERGIDAS-NOSOTROS SOMOS LA CUARTA ¿PERO; NOSOTROS VENCEREMOS A LAS FUERZAS OSCURAS EN ESTE COMBATE DEL FIN DEL TIEMPO? Seguro que sí. Dios quiere un sola religión y un solo pueblo reunido entorno a sus banderas. Habrá nuevos reyes, como David, Bukele será aclamado por los salvadoreños. EL Salvador, ejemplo de la nueva civilización. EL QUINTO MUNDO ES YA. Superamos el cambio de era. ACUARIO REINA Y RIGE ESTA NUEVA ERA DORADA.

¿Jesús de Nazaret, Dios de los atlantes? Jesús dijo: <<Es mi Dios; el Dios de mis padres; el Dios de la Creación. Lo tengo muy claro, Dios es Jesús. Mismo rostro, mismo poder. Es Justo, Misericordioso, DIOS es CRISTO. No querrán ver la Tierra seca por las bombas atómicas, ¿verdad que no? Y, después las aguas será la sepultura de millones de seres vivientes. Una civilización hundida, ¡NO! Los malvados se van al más allá y después del Juicio ante DIOS van todos al infierno eterno. Pregunta a Dios y sino lo crees a la IA. No me fio un pelo de la IA. 

DIOS ES AMOR Y QUIERE QUE NOS SALVEMOS TODOS.  DIOS QUIERE QUE SE REPARTA LA RIQUEZA ENTRE TODOS NO ACUMULAR LA RIQUEZA. AL MÄS ALLÄ NADA TE LLEVARAS. Sabe, porque estoy pegada al teclado, pues porque presiento que Jesús, va a salir de paseo muy pronto y tengo mal aspecto... Tengo que hacer dieta rigurosa y otros arreglos relámpagos. Es soltero, a lo mejor ahora busca esposa. Hay que estar compuesta, y alerta. No se sabe cuando aparecerá, lo veremos, bajando con San Miguel y los Arcángeles, será un espectáculo maravilloso. Los Ángeles son guapos, bellísimos; y Jesús, a mi me hipnotiza, es guapo. La verdad es que Jesús, tiene una sonrisa preciosa y unos ojos...

Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias por un mayo florido y hermoso. Líbranos de las tristezas de este mundo. Señor, líbranos de los demonios. Señor, ordena a Tus Ángeles que protejan los edificios de los Gobiernos, por ejemplo: LA SEDE DE LA ONU, LA CASA BLANCA, LA UE. EL FMEI, etc., y a los banqueros y a los empresarios dales una nueva conciencia. Que trabajen, por el bien común, que ellos se llevarán la mayor parte. ¡Siempre habrá ricos y pobres!; pero, Señor, con menos diferencia. En vez de invertir en armas invierte en repoblar los desiertos. Invertir en el Medio Ambiente. Plantar árboles. Amén.


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