Lo que acontece es el Fin del Mundo; no es poco lo que acontece, es la caída del santuario de Lucifer y, la destrucción del imperio de Satanás. El hombre, más allá de los últimos ocho o diez mil años, es un enigma. Como ciegos que tratan de imaginarse un paisaje, no podemos hacer otra cosa sino lanzar hipótesis o aventurar conjeturas sobre los que nos precedieron, sobre aquellos que estaban aquí mucho antes de que nosotros llegaramos. Construimos nuestra idea del pasado partiendo de trozos de cerámica, de puntas de flechas, de hachas de pedernal, y con esas piezas tan escasas componemos rompecabezas cada vez más complejos, hasta que surge una pieza nueva y todo eso que habíamos imaginados del pasado se desmorona y nos vemos obligados a comenzar de nuevo.
Ni siquiera, por mucho que se empeñen algunos paleontólogos, podemos afirmar rotundamente que el hombre lleve sobre este planeta medio millón de años, un millón o cien millones de años; saberlo depende de la casualidad, del hallazgo afortunado de un diente o de un trozo de hueso en un yacimiento de carbón. Por eso, al hablar del origen del hombre americano, debemos aplicar las mismas reservas que al enjuiciar cualquier acontecimiento del pasado remoto: no se puede afirmar tajantemente de dónde procedían ni cuando llegó allí. Así pues, comencemos con un razonable suponer.
Y es razonable suponer que el hombre americano no es de este continente, sino que llegó allí procedente de otro lugar. Hace más de 25.000 y menos de 40.000 años, en la época que denominamos Paleolítico Superior, el estrecho de Bering, que hoy separa Siberia de Alaska, era un puente de hielo que unía ambos continentes: grandes masas de agua estaban retenidas en forma de glaciares y el paso de Eurasia a América era entonces posible.
Llevados por el instinto o por el hambre, empujados por el clima, o siguiendo el rastro de la caza, grupos de nómadas fueron atravesando ese puente temporal y adentrándose, sin saberlo, en un continente despoblado y virgen. Lentamente, siglo a siglo, milenio a milenio, los viejos vagabundos, que ya eran americanos, fueron poblando las nuevas tierras: unos se establecieron donde el lugar era propicio; otros continuaron hacia el sur, en una pausada peregrinación, dejando atrás paisajes y generaciones. Pescando en los ríos o acosando al mamut -dispensador de carne y vestido-, abandonando a su paso el testimonio del hacha de pedernal o un trozo de tosca vasija, los descendientes de aquellos lejanos euroasiáticos fueron poblando América de norte a sur y, al hacerlo, gestaron culturas cada vez más complejas, más expresivas, más llenas de arte y de intención. Los recipientes de barro dejaron de ser simples objetos para transformarse en un medio donde plasmar sus conceptos estéticos, sus gustos, sus costumbres; a la función útil se unió la decorativa.
De cazadores, se convirtieron en agricultores y, con ello, ganaron tiempo para tejer, modelar o pintar; ya no fueron las gentes anónimas que antes eran, porque en esas muestras de su arte, a veces ingenuo y a veces sorprendente, nos dejaron datos con los que saber cuál era su vida, cuáles sus creencias, cómo se vestían o cómo se peinaban.
Con ellos, el pasado de América dejó de ser oscuro y se transformó en Historia. Una historia que, no por serlo, resulta del todo conocida; hay demasiadas lagunas, demasiadas contradicciones, como para poder establecer de qué forma se fueron creando las culturas americanas; lo frecuente es que el arqueólogo se encuentre con ellas ya maduras, espléndidas, sin que quede claro cuál fue el camino recorrido hasta alcanzar esa madurez. Esto es, precisamente, lo que sucede con Teotihuacán.
A pocos kilómetros de la capital de México, visitada por millones de turistas, tan inevitable para el que viaja al país, como la Acrópolis para el que va a Grecia, Teotihuacán no ha cedido ni un ápice de su misterio y sigue siendo desconocida y fantástica como cuando los aztecas la visitaron por primera vez. Construida por hombres y habitada, en su tiempo, por hombres, Teotihuacán sigue siendo la <<ciudad de los dioses>>.
Hace mil doscientos años que esta ciudad de nombre desconocido fue abandonada; la más grande del pasado mexicano, la más colosal del continente, abandonada y vacía, siete siglos antes de que Colón llegara a América, como si sus habitantes hubiesen comprendido que era ya hora de devolverla a los dioses, y de que sólo ellos paseasen por sus avenidas o contemplaran su obra desde lo alto de las pirámides. Ese día las gentes de Teotihuacán se fueron y la ciudad quedó vacía, abierta al sol, a la noche, al viento... sin soportar ya la presencia del insignificante humano; muerta y en silencio, evitada por los caminantes; cargándose de leyenda a medida que sus muros se desmoronaban.
Cuando llegaron los aztecas, el pueblo guerrero que desconocía el miedo, contuvieron la respiración, abrumados por la grandeza de las ruinas, y, como ya nadie sabía su nombre, bautizaron a la ciudad con el que da medida a su asombro: Teotihuacán, que en lengua náhuatl significa <<el lugar donde los hombres se convierten en dioses>>, y dedujeron que plataformas y pirámides eran tumbas y que quienes en ellas estaban enterrados se habían incorporado al panteón de las divinidades. No podía ser de otra forma, si se juzgaba por la grandeza de los mausoleos.
Pero no fueron los aztecas los primeros en dar a Teotihuacán su carácter legendario; antes que ellos, otros pueblos mesoamericanos habían recibido la misma impresión frente a las ruinas colosales, y creyeron que en esta ciudad muerta los dioses habían planificado la creación sacrificándose por amor al hombre, dándole el calor del sol y la luz plateada de la luna. Nanauatzin se consumió arrojándose al fuego, o en su propio fuego interior, y se transformó en el Sol.
La mayor pirámide de Teotihuacán fue construida en recuerdo de tal sacrificio, y por ello es conocida como <<la pirámide del Sol>>. Fiel compañera, Tecciztecatl, su esposa, también se consumió, en beneficio de los hombres , transformándose en la Luna. Y a ella está dedicada la otra pirámide, al final de <<la calzada de los muertos>>. Ambas son de tal magnitud, que justifican con creces esas y otras leyendas, como la ciudad misma, más a la medida de dioses que de hombres. (<<El hombre gigante constructor de maravillas; pero Dios vio que los hombres gigantes y los saurios eran muy malo para la Madre Tierra, y los eliminó>> Lo dice en el libro del Génesis).
Cuando en la vieja Europa Constantino el Grande reinaba sobre el Imperio Romano, allá por el año 324, esta urbe, de nombre desconocido, a la que llamamos Teotihuacán, era más extensa que Roma y habitaban en ella 200.000 personas. Ya había gentes allí, 500 años antes de Cristo, y al comienzo de nuestra Era se había iniciado la construcción de los principales edificios. Situada en un valle estratégico, que da paso a esa antigua zona de lagos donde ahora se levanta la capital de México, Teotihuacán conoció un crecimiento vertiginoso, convirtiéndose en un centro de comercio en el que podía encontrarse cuanto de interés producía Mesoamérica.
Donde hoy compran los turistas, se vendían muy distintas mercancías: obsidiana procedente del cerro de la Navaja, jade traído del Sur, bermellón para las vasijas, llegado de los confines mayas, algodón huaxteca y totoneca... Teotihuacán lo recibía todo, lo elaboraba, comerciaba con ello. A su reclamo, acudían artesanos desde los cuatro puntos cardinales y los agricultores encontraban destino para su mercancía; era una ciudad para comerciar... y para rendir culto a los dioses.
Enfrente de lo que fue mercado está <<la ciudadela>>, que, aunque lleva este nombre, no es tal, sino un conjunto ceremonial, iniciado con la ciudad misma, y que fue creciendo con ella hasta ser su centro espiritual y el de todo el valle de México.
Plataformas, terrazas, escalinatas... El escenario solemne para unas ceremonias que ya ni siquiera podemos imaginar, vacío hoy de rezos e invocaciones, sin el humo de fuegos que pretendían ser ternos. Un escenario sin decorados ni actores, sin que ya nadie recuerde cuál era el último argumento representando.
(Ahora ven y observa, el escenario que se están montando en Europa, sobre el escenario están preparando los decorados para la gran tragedia de la tercera guerra mundial y, los actores somos nosotros, todos dirigidos por un puñado de autómatas endemoniados. Ven y observa, con qué, descaro, nos han mostrado los rituales del satanismo en el festival de Eurovisión y en los Juegos Olímpicos de París, esta gente que gobierna no tienen cordura. No están actos, para gobernar. Deben ser examinados por los psicólogos y terapeutas expertos en Cábala. Limpieza general del espíritu, baños de mar o de sal, hacerse limpiezas mágicas, librarse de los parásitos y de las larvas, las toxinas se meten en el hígado, riñones y cuando llegan a la sangre van al cerebro y te vuelven LOCO. Las toxinas son nano-demonios, seres como lo ácaros).
Un lugar para turistas y arqueólogos profanadores. Y, como siempre, la piedra gris, desnuda de estuco que la vistió en otro tiempo de brillantes colores. Contemplada así, la pirámide de Quetzalcóatl, medio derrumbada al final de la ciudadela, en nada recuerda el aspecto que antes tuvo, sus místicas cabezas de piedra parecen las de animales cansados, vencidos por el tiempo. Pero fueron imponentes y amenazadoras, aunque su forma bestial no resultase otra cosa que el símbolo de las fuerzas de la Naturaleza despertando con la tierra en cada primavera. <<Serpientes emplumadas>>, que no son tales.
De perfil, la profunda comisura de la boca, la alargada mandíbula, sugieren una serpiente, pero desde otra perspectiva su aspecto cambia. Ojos y nariz ya no son, por su forma y colocación, de serpiente, sino de felino, de jaguar, como corresponde a un animal cuyos colmillos inferiores emergen poderosos, ¿no es, pese a todo, serpiente, como se infiere de su lengua bífida?
Los escultores de Teotihuacán sintetizaron en una sola forma serpiente y jaguar: el sol diurno y el sol en su tránsito nocturno. El generador de vida surgiendo, no de una corona de plumas, sino de hojas. En el relieve que recorre la plataforma sí es serpiente de cascabel y su cuerpo está cubierto de plumas. Por eso llaman al edificio <<la pirámide de QUETZALCÓATL>>, la serpiente emplumada, aunque es probable que nada tenga que ver con el dios de los toltecas, que siglos después reinaría Mesoamérica.
No sabemos a que dios estuvo realmente dedicada, ni quién es el que aparece representado en las otras cabezas pintorescas, identificado por algunos con TLALOC, el dios de la lluvia, y por otros con un dios zapoteca, de nombre desconocido, al que llaman <<el dios del moño en el tocado>>. Símbolos sencillamente, formas que representan un concepto, como en tiempos fue el pez, o la paloma, para los cristianos. Cuando juzgamos el pasado, solemos hacerlo de forma ingenua, como si el hombre antiguo, por el hecho de serlo, careciese de sentido común, y si encontramos en las ruinas de sus templos representaciones de serpientes, deducimos que adoraban a los ofidios. Y tal vez fuera así para una parte del pueblo, necesitados ayer como hoy de concretar su fe o sus peticiones en dioses con formas definidas, en imágenes que puedan verse y tocarse.
La fe popular, manipulada antes, como ahora, por las castas sacerdotales y manifestadas en romerías y en otros actos multitudinarios, en devociones a determinada imagen o lienzo, puede considerarse benévolamente como ingenua o sincera, pero es fundamentadamente irracional y fanática.
(Las imágenes de Jesucristo, de la Virgen María, de San José y en especial del Arcángel Miguel que nos muestran son réplicas exactas de su figura y formas, no todas pero sí lo son, en general, el Corazón de Jesús o los nazarenos y los rostros de las vírgenes se parecen a La Virgen María; en verdad son bellezas humanas.)... No es fácil comprender cómo puede el hombre conciliar dos facetas tan opuestas de sí mismo: ser capaz de levantar grandiosos monumentos, solucionar con su sola razón los mil problemas que ello entraña y, al mismo tiempo, sustentar esas construcciones con el primitivo espíritu de barbarie que desprecia la vida de otro hombre.
En la base de la pirámide de Quetzalcóatl se han hallado los restos de unos setenta hombres, en posición de decúbito lateral, o sentados con las manos en la espalda, probablemente enterrados vivos, acaso sacrificados en el último momento. Ellos son parte de los cimientos de Teotihuacán, la ciudad abandonada hace 1.200 años.
Los arqueólogos, Saburo Sugiyama y Rubén Cabrera Castro, han confirmado, con las excavaciones que están llevando a cabo, que los depósitos de restos coinciden con la época de construcción del templo de Quetzalcóatl, hace unos 1.800 años. En el siglo II de nuestra Era, cuando se erigió el templo, se consumaron los sacrificios. Por la posición en que se encuentran, por su indumentaria y su edad, y por el hecho de ser todos restos de hombres, los expertos piensan que eran guerreros inmolados como sacrificio ritual en la fundación del templo. La excavación efectuada -17 metros- bajo el nivel superior del edificio para hallar la infraestructura de la pirámide primitiva, ha hecho aparecer sus tumbas.
El autor de este librito EL DIOS JAGUAR, es F. Jiménez del Oso y dice: <<El día que vi Teotihuacán el cielo estaba sombrío y la tormenta daba mayor dimensión a aquellas ruinas colosales; tal vez CHALCHIHUITLÍCUE, la diosa del agua, despertaba de su letargo en algún rincón del museo. Un sucio secreto de la ciudad, abandonada desde hace doce siglos, se nos había revelado: Teotihuacán <<el lugar donde los hombres se convierten en dioses>>, como la llamaron impresionados los aztecas, se había alzado sobre cimientos en que se mezclaron la piedra y la tierra con los cuerpos de los guerreros sacrificados...
(En la antigüedad sacrificaban a los jóvenes guerreros y ahora, ven y observa, lo que están haciendo en los tres últimos siglos: Tres guerras mundiales planificadas, y, guerras permanentes, por todo el planeta creadas por el terrorismo planificado. Y, van a por la tercera. Sacrificios masivos. Sacrificios que exigen los dioses que adoran los satanistas y esos grupos de sectas innombrables, cazan a los hombres en sus redes conspiratorias. La Humanidad no cree en los seres invisibles, ni en Dios ni en el Diablo, porque, para ello han destruido el tejido neuronal de las gentes, con drogas, alcohol y lo inmoral. Ven y observa el Vaticano, los gobiernos en general, está escrito la Gran ramera vestida de rojo escarlata. Lee los Evangelios El Apocalipsis; Jesús predice lo que puede acontecer; por eso lo podemos cambiar, porque las profecías son para avisar al pueblo. En España nos distraen con lo caro y la escasez de las viviendas, con los amoríos del rey Juan Carlos con la bede; nos han tenido embromados con la subida y bajada del precio de la luz eléctrica; ahora tratarán subir aún más los precios de los alimentos; nos dan frutas y verduras verdes llenas de plaguicidas y ven y observa las frutas llevan clavadas las uñas de los recolectores; ¿nos comemos los cultivos de nuestros enemigos? Creo que es así. Aquí no hay quien viva feliz).
Muchas cosas quedaron atrás, pero las más importantes ya hacía siglos que se habían perdido.
El 21 de febrero de 1978; los obreros de la compañía de electricidad habían roto el cemento de la calle para realizar una obra. Cuando llevaban excavados unos dos metros, dieron con una piedra labrada que les impidió continuar su trabajo. La piedra resultó ser un monolito de más de tres metros de diámetro, con la desconcertante figura de una mujer hecha pedazos.
La ciudad enterrada salía de nuevo a la luz, aquella ciudad edificada sobre una isla, en medio del lago Texcoco, y que, según el testimonio de los cronistas, debió de ser digna de admiración, sobre todo, su centro ceremonial, donde se alzaban templos y pirámides en los que satisfacer el hambre espiritual de un pueblo religioso como pocos.
Allí estaba el Templo Mayor, dedicado conjuntamente a Tlaloc y Huitzilopochtli, y estaban también los templos de Tezcatlipoca y del, en otro tiempo, poderoso Quetzalcóatl, desplazado de su primacía por el antiguo dios de la guerra de los toltecas, Huitzilopochtli, que haría de los mexicas su pueblo elegido y al que estos hicieron principal dios de su panteón religioso. Desde ese centro se controlaba la vida espiritual y de las gentes de Tenochtitlán, industriosas y activas. En sus mercados podía encontrarse todo tipo de productos agrícolas, llegados de las tierras conquistadas, y también las mercancías más heterogéneas, debidas a las manos de los artesanos: talabartería, tejidos de maguey y de algodón, cerámica pintada, cuchillos de piedra, espejos de pirita, cestos, escobas...
Por entre sus ordenados puestos desfilaba una muchedumbre multicolor que utilizaba las semillas de cacao como moneda, siempre bajo la mirada atenta de la policía, que ejercía justicia rápida y contundente. La ciudad de los mexicas era la capital de un pequeño imperio. Aquel pueblo que un día saliera de la mítica Aztlán en busca de una tierra prometida, había pasado de ser tributaria de los tepanecas, que gobernaban la zona cuando llegaron, a ser los conquistadores y a tener bajo su sandalia a 350 pueblos de los que recibían sustanciosos tributos.
Mantener bajo control zonas tan alejadas de la capital obligaba a tener un poderoso ejército, en constante pie de guerra, con el que sofocar implacablemente cada intento de rebelión que se produjera.
Fue por ello un pueblo guerrero y la guerra su actividad constante. No podía ser de otro modo, teniendo como Dios al más guerrero de los dioses, Hitzilopochtli, el que nació milagrosamente concebido, de Coatlicue, la diosa de terrible aspecto, cuya cabeza está por dos serpientes, la diosa del collar de manos de corazones, la de la falda de serpientes, la diosa vestida con todo el simbolismo que en la iconografía mexica corresponde a lo que Coatlicue realmente era: la diosa madre tierra en su función generadora.
Según la mitología mexica, ella ya tenía 400 hijos cuando quedó encinta de Huitzilopochtli, que nació ya armado de pies a cabeza, se vengó de sus hermanos. La primera en conocer su cólera fue Coyolxauhqui, a la que cortó la cabeza con una serpiente de fuego y después arrojó su cuerpo por la ladera de un monte, despedazándose mientras caía. Y eso era lo que habían encontrado accidentalmente los obreros de la compañía eléctrica aquel 21 de febrero de 1978: una gran loza circular con la imagen despedazada de Coyolxauhqui.
El destino había querido que las obras diesen con el mismísimo Templo Mayor de Tenochtitlán, la antigua capital de los aztecas-mexicas. Un templo doble, dedicado a Huitzlopochtli, divinidad solar, dios de la guerra; y a Tlaloc, dios de la lluvia, de la tierra fecundada por las aguas. Un templo edificado sobre otros anteriores, a cuyos dos santuarios, reservado exclusivamente a los sacerdotes, se accedía por dos escaleras independientes. No era el primer templo de esas características; ya existía ante la pirámide doble de Tenayuca (que fue la capital del pueblo chichimeca), en la que los mexicas se inspiraron para construir su Templo Mayor. En ambos casos, el templo original era cubierto cada 52 años por otro templo nuevo, que se construía conservando como núcleo el anterior.
Ese concepto de templo doble, dedicado a dos dioses distintos pero complementarios, está también presente en culturas mucho más antiguas. Recuerdo, por ejemplo, el de Kom Ombo, un templo del Egipto tolomaico, que estaba dedicado a dos dioses, a Horus como figura del sol naciente y a Sebek, el dios cocodrilo, como figura acuática. Ese es un principio casi constante en todas las teogonías, en todas las religiones: una figura masculina solar, un principio de energía generadora, y otra figura femenina, lunar, acuática, que sería el agua como germen de la vida.
En cualquier caso dudo que el templo de Kom Ombo, o cualquier otro templo, haya ejercido tanta influencia sobre una comunidad, como el Templo Mayor de Tenochtitlán sobre la comunidad de los mexicas. Porque fue el auténtico centro de su universo espiritual y también social. Un templo que fue escenario de frecuentes sacrificios humanos y cuyas escaleras se cubrieron una y otra vez con la sangre de los mejores guerreros capturados.
El hombre debía alimentar a los dioses con el corazón de otros hombres, así obtenía protección y ayuda. Merced a ese convenio, el continuo crecimiento del imperio mexica implicaba el continuo sacrificio de nuevas víctimas, en una especie de espiral sangrienta en constante crecimiento. (Hasta nuestros días, ahora, hoy día, siguen ofreciendo sacrificios humanos; las víctimas son los soldados de las guerras diseminadas por toda la Tierra; y los bebés, niños mujeres y hombres que son raptados y son ofrecidos en los rituales satánicos y en otros aún más despiadados <<granjas, con jaulas humanas...>>)
Los cráneos atravesados en las lanzas de los Tlompantli se contaban por millares. Colocada la espalda de la víctima sobre la piedra del sacrificio, cuatro sacerdotes le sujetaban piernas y brazos en forma tal que el abombado pecho quedaba accesible al cuchillo, manejado diestramente por el sumo sacerdote, que de un gran tajo dejaba el corazón al descubierto para ser inmediatamente arrancado. Sin embargo, no había odio; con frecuencia, la víctima, sobre todo si había demostrado valor en la lucha, era objeto de grandes atenciones hasta ese momento; no en vano estaba dedicado al más honroso de los papeles: moría para alimentar a los dioses.
Y era ese carácter de los sacrificios el que los hacía aún más odiosos: su utilización como instrumento de dominación social, como medio para justificar la expansión. (Igual que ahora, hoy, lo siguen haciendo. Cristo Jesús lo dice: <<La verdad os hará libres.>>) Era, en definitiva, la degradación del misticismo, de la acendrada espiritualidad que impregnó las otras culturas anteriores, las culturas, incomparablemente superiores, olmeca y maya. A partir de los toltecas los sacrificios se generalizaron, pero fueron los mexicas quienes llevaron esa práctica a límites obsesivos.
Ese es un tema manipulado hasta la saciedad, incluso en libros de Antropología e Historia, que debieran ser objetivos. Se trata a toda costa de dulcificar, cuando no ocultar, los sacrificios realizados casi constantemente por los mexicas, y eso, además de tendencioso, es innecesario: entre otras razones, porque las estupideces o las monstruosidades cometidas por nuestros antepasados no nos afectan de manera alguna, no nos comprometen para nada a los hombres de hoy. (Totalmente erróneo, el autor F. Jiménez del Oso estaba equivocado, cuando hizo esta afirmación: todo el colectivo mundial estamos bajo el karma de nuestros ancestros, y es que, ellos, nuestros ancestros, los muertos, fuimos nosotros los vivos de hoy, éramos ellos. Cuando la mayoría de la Humanidad despierte y comprenda la Reencarnación, creo, que la gente se cuidará de hacer el mal a los otros, porque, como dijo Jesucristo: Haz a los otros primero, lo que tú quieres que te hagan a ti. ¡Amor a Dios! ¡Amor a si mismo y a los otros, como a nosotros mismo! Amor es el Nombre de Dios Padre).
Fue el irracional fanatismo religioso lo que llevó a los mexicas a cometer miles de sacrificios. El mismo fanatismo irracional que llevó a los europeos de esa época a quemar vivas a miles de personas en las plazas públicas, juzgadas por herejía. Cuando se acusa a los aztecas-mexicas de barbarie, se olvida que la bárbara Europa de entonces había gestado una institución tan despreciable como la de los sacerdotes de Huitzilopochtli, la Inquisición.
El número de acusados de brujería y otras prácticas heréticas, que ardieron en la pira o fueron ahorcados en Suiza, Alemania, Inglaterra, España, Francia y otros países presuntamente civilizados, se cuenta por cientos de miles, sin incluir a aquellos que murieron durante los tormentos que acompañaban a los interrogatorios del llamado "Santo Oficio". Es cierto que la aptitud de unos no justifica la de los otros; además, los acontecimientos del pasado son fruto de unas circunstancias históricas y deben ser contemplados sin crítica. Pero sí es hora de entender que durante la Conquista se produjo el encuentro entre dos culturas que, aparte de sus conocimientos o su arte, se caracterizaban por un parecido fanatismo religioso, por un análogo desprecio por la vida humana, si convenía al interés de los dioses, interpretada, claro está, la voluntad divina por ambas castas sacerdotales. La llegada de los llamados conquistadores supuso el fin de una etapa histórica y el inicio de otra radicalmente distinta.
Hace más de tres mil años se gestó en México una de las más espléndidas y originales culturas del planeta: la Olmeca. Cuando el pasado de Mesoamérica estaba arqueológicamente ordenado, se descubrieron las primeras cabezas colosales de piedra que el paso de los siglos había sepultado; y hubo que hacer sitio en la Historia para aquellas gentes, desconocidas hasta entonces. ¿Quiénes fueron los olmecas? Sus esculturas reflejan rostros de ojos oblícuos y boca atigrada, cuando no con rasgos de negroides. Fueron, desde luego, los maestros de los mayas y de otros muchos pueblos; pero apenas sabemos nada de ellos, excepto que su arte y sus conocimientos alcanzaron un nivel desconcertante. Su origen, su raza y el talante de sus dioses permanecieron aún en el misterio.
Desnudos de ciencia y cultura, los aztecas que partieron del Aztlán fueron incorporados en su larga migración la filosofía y el arte de los pueblos con los que convivieron o a los que conquistaron. Apenas aportaron otra cosa a Mesoamérica que un orden social impuesto por la fuerza, pero en sus templos, en su cosmogonía o en sus esculturas, está el sedimento, el retrato ya borroso, de las maravillosas figuras que, siglos antes que ellos, florecieron en esa parte del mundo: las gentes que construyeron Teotihuacán; los mayas, que salpicaron la selva de templos y relieves prodigiosos; los olmecas, que hicieron de la edad de piedra una edad dorada. Ellos son la raíz cultural de Mesoamérica, el ejemplo de que el hombre americano llevaba en sus genes un hambre insaciable de belleza.
Casi con toda seguridad no hemos sido los primeros pobladores del planeta, y probablemente no seremos los últimos. Ignoramos si otras Humanidades anteriores a la nuestra cometieron los mismos errores que estamos cometiendo nosotros, y ésa fue la causa de su aniquilación. Pero lo que es seguro es que vamos camino de desaparecer; si no como planeta, ni como especie, sí como civilización. Es algo que de lo que todos los que componemos esta sociedad estamos convencidos; algo que ha sido avisado por los profetas y videntes de todos los tiempos, de lo que previene la Biblia en términos categóricos, y a lo que estamos colaborando con el uso inadecuado de la energía, el progreso incontrolado de la técnica y el abuso constante y desmesurado de los recursos que la Naturaleza brinda. Hay una especie de conciencia colectiva de que "esto", lo nuestro, el mundo que hemos construido en los últimos milenios, se acaba ya. De manera inexorable, parece ser, el Fin del Mundo será muy pronto una terrible realidad. Tal vez estemos a punto de asistir al tremendo espectáculo.
Un buen momento para reflexionar; el profeta del Nuevo Mundo es el Jefe de la Nación Lakota Pluma Blanca, él escribió las diez profecías en piedra; este hombre talló con un punzón lo que iba a acontecer, si el hombre no elegía el amor a la razón. El amor llevaría a la vida, la razón, lo material a la destrucción. La profecía, iba con un compromiso se tenían que unir él y su mujer. Su familia debía volver a la vida. ¿...? El Fin del Mundo, si Adán no se une a Eva.
Para mí, desde mis visiones, el futuro se presenta como algo decididamente hermoso. El Fin del Mundo es el fin de esta civilización criminal y egoísta. Piscis muere y Acuario se alza. Se inició la Nueva Era Dorada. Los malvados... chao. Dios es Cristo. Este será un final que en la práctica puede alcanzar dimensiones apocalípticas, porque nunca como ahora el hombre ha llegado a estos niveles de angustia y desconcierto, entre algo que acaba y algo que se inicia, porque nunca como ahora el hombre ha tenido tanta capacidad destructiva en sus manos.
Me duele contar mis sueños. Pero, deben saber que si no se frena la carrera de armamentos y las guerras, miles de millones de seres humanos caminan, resbalando hacia el abismo. Caerán como un hormiguero gigante barridos por la inercia... Allá por el siglo XII, yo fui un rey y era amigo de un árabe llamado Saladino, yo le entregué las llaves de la ciudad de Jerusalén. Este rey se salvó del Infierno, porque San Miguel intercedió ante Dios por él. Atila, presenta a Dios, la maqueta de la Nueva Jerusalén y a Dios, le agradó, y lo perdonó. Una simple curiosidad de lo que se ve en las regresiones a vidas anteriores. Esta es mi verdad. Los secretos siguen siendo tales,... y Atila vuelve con Jesucristo. Construirán la Nueva Jerusalén, eso es seguro.
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor Dios, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Gracias mil, por la lluvia que me devuelve a la vida, ¡Me gusta que llueva! Que llueva, que llueva y truene bien. Amén.
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