El Cosmos era una puerta a lo desconocido. Todo invitaba a Odín y a su amada Isabel a la aventura, al sueño, a la conquista de nuevos horizontes y de nuevas realidades. El Príncipe Odín sabía que no era más que un sueño. No tenía ninguna razón para sentir miedo, aquel caos, aquel terror ciego y obsesivo que llenaba la noche no era real; la ciudad y sus edificios de cristales oscuros y extraños, las multitudes que huían presas del pánico y la empujaban en todas las direcciones no eran más que los posos del subconsciente llenos de la energía negativa de sus vidas anteriores; removidos de un inconsciente sobrecargado, espectros y emociones que desaparecían con la luz del día. Ellos lo sabían perfectamente, y sin embargo tenían miedo, un miedo a que se volviera a repetir lo vivido, la experiencia que vivieron en la antigua Atlántida, ¿está afectando a su actual situación?, se preguntaban esto continuamente casi a diario.
El alma, de Odín y de Isabel alberga recuerdos que se remontan a esta civilización idílica, donde se ofrecían todo tipo de maravillas inimaginables. También sienten ambos un profundo anhelo por esa utopía que recuerdan de manera inconsciente, sabiendo que puede hacerse realidad en este mundo. Odín recuerda el trágico final de la Atlántida y, como consecuencia de ello, había desarrollado cierta fobia al mar, porque él había sido un naufrago, su nave había sido bombardeada por las fuerzas oscuras, aunque ama el mar, no le gusta demasiado nadar ni salir a navegar. Ellos recuerdan que la mayoría de los atlantes eran amantes de la paz, con la excepción de unos pocos; unos cuantos líderes políticos que utilizaron indebidamente el poder de los cristales y de la luz del sol en detrimento de todos. Por tanto, en esta vida el Príncipe Odín se muestra muy sensible ante cualquier cuestión relacionada con la corrupción política del Estado.
Como tripulante de un poderoso navío, las experiencias vividas en el mar influyen notablemente en la vida del Príncipe. Algunas reacciones negativas, como el miedo y las fobias que él sabe que tiene sus raíces en esas vidas pasadas en la Atlántida. Él, lo sabía perfectamente, y sin embargo tenía miedo. Odín estaba al pie de una escalinata de mármol blanco que desembocaba en un patio con la forma de una estrella de cinco puntas, rodeado por altos edificios de cristales con tejados puntiagudos. La multitud fugitiva pasaba junto a ella, y tuvo que apoyarse en el gigantesco pedestal de una estatua de malaquita, sin que aparentemente nadie reparará en su presencia. La fría luna invernal tenía de un blanco cadavérico los rostros salvajemente desfigurados por el terror.
La gente salía despavorida de sus casas, intentando salvar cofres con joyas y bolsas de dinero, los niños lloraban presos de un pánico irracional. Tenían los cabellos revueltos por el sueño bruscamente interrumpido, ya que era noche cerrada. Algunos estaban vestidos, pero la mayoría iban desnudos o apenas cubiertos con camisones o túnicas que se habían echado encima apresuradamente. Odín sentía el olor, cuando pasaban a su lado, propio del sudor que provoca el miedo. Nadie lo vio, nadie se detuvo junto a el; la marea humana intentaba ascender la ancha escalinata de mármol y cruzar el oscuro patio, en dirección a las atestadas calles de la ciudad. <<¿Qué ciudad? -se preguntó Odín confusamente-. ¿Y por qué tenía miedo? No es más que un sueño.>> Pero lo sabia.
Sabía instintivamente, como ocurre en los sueños, que aquella escena de pánico se estaba repitiendo en aquel mismo instante en todos los rincones de la ciudad, como los infinitos reflejos de dos reflectores, o de dos espejos enfrentados. La certeza y el horror provocaron un escalofrío que le recorrió la piel y se introdujo como un ratón en sus entrañas. Sin embargo, todos ellos lo sentían también, pues nadie se detuvo un instante junto a él. Miraba atrás mientras corría calle arriba, vio, con los ojos redondos y vacíos, propios de la locura, como atraídos contra su voluntad por las puertas de un abismo resbaladizo. En el fondo del abismo había seis grandes cíclopes de bronce verdoso que se tragaban a los que iban cayendo por el abismo. Huían de la ciudad, detrás de la cual iba creciendo el horror, como un tsunami iba resquebrajando los edificios y ello dio lugar a un terror silencioso e incorpóreo, a una indescriptible erupción de los poderes de los negros abismos en la tierra de los vivos. ¿Sólo era un sueño? Odín despertó bruscamente, pero no se hallaba en la cama.
Durante un instante no supo dónde estaba. Desconcertado, extendió una mano como quien despierta de repente, y sintió en la palma de la mano el tacto suave y helado de un negro espejo de oxciliana. La fría humedad de la noche del desierto mordió como una serpiente, sus piernas desnudas y le heló los pies descalzos. Los gritos de terror que inundaban la ciudad llegaron hasta el con absoluta claridad, y con ellos el escurridizo olor de la sangre. El horror que aguardaba al otro lado de la ciclópea puerta que resguardaba el palacio real se convirtió en un pesado manto que se aferraba a su cuerpo, y desapareció el palacio como el humo de un cigarrillo, desplazado por una visión aún más aterradora. Había despertado. Ya no estaba soñando. Todavía seguía allí.
Todas las miradas se fijaban en el, desconcertadas, inseguras, asustadas. Los soldados y las fuerzas civiles de evacuación, que seguían todo desde lo alto de la reluciente escalinata de la plaza, miraban con sorpresa al joven Príncipe de cabellos negro azabache, que acababa de aparecer ante sus ojos, apenas cubierto por una túnica blanca, que solía ponerse para dormir. Odín les devolvió la mirada, a la vez que buscaba su apoyo subido en el pedestal de mármol de la estatua, debilitado por la impresión y tembloroso a causa del asombro y el miedo. Las piernas se le doblaban y el aire luchaba encendiendo el fuego. Pero el Príncipe seguía allí, y los soldados y las fuerzas de seguridad se dieron cuenta de que era imposible tener miedo estando cerca de él.
-¿Quién eres? -pregunto un anciano con suavidad. -Odin- respondió asombrado de oír su propia voz -El Príncipe Odín, hijo del rey Mum. -¿Cómo has llegado aquí? A su alrededor, el oscuro viento soplaba con más fuerza a través de los arcos de la plaza, el olor fétido de los cadáveres y los hombres plagados de apetitos inhumanos robaban las casa, arrancaban los cofres con joyas de los brazos de los muertos. Los soldados y los guardias murmuraron entre sí, y el nerviosismo se apoderó visiblemente del grupo. También ellos tenían miedo. Pero el Príncipe Odín permaneció firme. Su voz suave y levemente áspera no tembló.
-Yo... estaba soñando -balbuceó Odín-. Pero esto..., esto... ya no es sueño, ¿verdad? -No- dijo el anciano con voz afectuosa-. Pero no tengas miedo. -Alzó una mano en el aire e hizo con ella un movimiento que el Príncipe no pudo ver con claridad-. Vuelve a dormir. El frío de la noche desapareció mientras la espesa neblina del sueño desdibujaba los sonidos, los olores de la sangre y el miedo. Odín vio que los soldados miraban con ojos de asombro las trémulas sombras azules, que eran lo único que podían ver.
Entonces el Príncipe les habló, y ellos lo siguieron a través del desierto , hacia los vientos oscuros y la amenaza innombrable que aguardaba tras las montañas. Acto seguido alzó su espada de oro, un inmenso resplandor iluminó la noche como el relámpago en una tormenta del desierto y, como si una explosión hubiera sacudido las bóvedas del edificio, las puertas se abrieron con violencia y las tinieblas se extendieron ante ellos como humo rojo deslumbrante.
Odín vio lo que había en la oscuridad, y sus propios gritos de terror le despertaron. Las manos le temblaban con tal violencia que apenas pudo conectar su ordenador. Y no ha sido más que un sueño. Es una estupidez tener miedo de un sueño. Ya ha pasado todo, y nada de ello ha sido real. No era más que un sueño. Se repitió aquellas palabras una y otra vez, mientras comprobaba, la convincente familiaridad del palacio. No se atrevió a cerrar los ojos hasta que empezó a amanecer.
Por extraño que pareciera, Odín recordó todo el sueño. Y lo que acudió a su memoria cuando volvía a él escenas de su lejana vida anterior, en la mítica Atlántida. Lo cuenta como leyenda: <<Más allá del cabo Finisterre, en pleno Atlántico, existió la mítica ciudad de Duyo. La tradición oral se pierde en la noche de los tiempos y no establece fechas, pero recuerda con clara memoria esa gran urbe llena de adelantos y de gente sabia que emergía del océano. (Aún lo hacen...) En Duyo todo era bonanza y progreso. Sus habitantes podían ver lo que pasaba a miles de leguas de distancia.
Viajaban en naos que surcaban con igual facilidad el cielo y la tierra. Las ciencias y las artes estaban en todo su esplendor. La paz reinaba y la gente era feliz. Duyo tenía los dones y el poder, y sus habitantes eran, para el resto del mundo, verdaderos semidioses.
El esplendor de Duyo duró muchos ciclos solares, y ciclo tras ciclo sus habitantes iban acumulando poder, sabiduría y grandeza.
Todo parecía perfecto, los dioses visitaban Duyo y se solazaban con los avances de sus gentes. Pero un día, los habitantes de Duyo quisieron ser como los dioses y no depender más de ellos. Los dioses se alejaron de Duyo apesadumbrados, esperando que su gente reaccionara y cambiara sus pensamientos.
Los habitantes de Duyo, lejos de cambiar sus pensamientos, se dedicaron a crecer más y más, intentando convertirse en los dioses de la Tierra. Desde sus inicios habían sido díscolos con sus descubrimientos y sabiduría. Jamás la habían compartido con el resto de los pueblos. Ellos eran demasiado adelantados y los dioses no vieron nada malo en su deseo de guardar los secretos de la magia y la ciencia para ellos, al fin y al cabo el resto de los pueblos eran demasiado primitivos como para comprender sus enseñanzas.
Lo que no sospecharon los dioses fue que ese poder de sabiduría y conocimiento pudiera llenar el corazón de Duyo de orgullo y de avaricia. Los mismos dioses se sintieron desconcertados por mantener sus misterios lejos de los humanos, y creyeron que su propia actitud había alentado a los habitantes de Duyo a pecar de orgullo, así que dejaron que los humanos de Duyo resolvieran sus propias inclinaciones, pensando que un día se darían cuenta del error y volverían sobre sus pasos.
No fue así. El tiempo pasó y los habitantes de Duyo, envanecidos por sus logros, perdieron el camino y se convirtieron en pecadores contumaces, degenerando su especie y pervirtiendo todo lo que tocaban. Cada ciclo se encerraban más en sí mismos, apartados de los hombres y los dioses, dedicándose sólo a satisfacer sus deseos.
Los dioses, al ver lo bajo que habían caído los habitantes de Duyo, bajaron para hablar con ellos, intentando ayudarles a retomar el rumbo correcto, pero no fueron oídos.
Los habitantesde Duyo se sentían tan poderosos que desafiaron abiertamente a los dioses, amenazándoles con la destrucción si volvían a Duyo. Entonces crearon terribles armas y peligrosos artificios, y concentraron más que nunca todos sus poderes y conocimientos en el centro de Duyo. Replegaron todas sus naos y artilugios en Duyo, y ahí se parapetaron para atacar a los dioses.
Durante algunas jornadas el cielo de Duyo se iluminó por las noches con el fragoroso estruendo de las armas. Las escaramuzas iban dirigidas a repeles cualquier intento de acercamiento de los dioses. Naos y rayos explotaban en el mar y en el cielo, haciendo retumbar toda la tierra.
De pronto, todo cayó en un profundo silencio. Los habitantes de Duyo, creyendo haber derrotado a los dioses, se entregaron a las fiestas y al desenfreno. En el sueño de la resaca alentaban la ambición de salir a CONQUISTAR LA TIERRA ENTERA Y SOMETER A TODOS SUS HABITANTES, pero antes de que pusieran las naos en marcha, los dioses contraatacaron y hundieron Duyo en la inmensidad de las aguas.Todos los ingenios y poderes de Duyo se perdieron. Ninguna de sus obras se salvó, todo quedó destruido. Millones de seres se desintegraron mientras la ciudad se hundía en las aguas, y sólo algunos muros, hoy enterrados bajo el Atlántico, se mantuvieron en pie para dar testimonio a través de los milenios de la existencia de Duyo.
Algunos habitantes, los menos pervertidos por el orgullo y el poder, lograron ponerse a salvo en las tierras firmes de los distintos continentes, quedando desperdigados sobre la faz de la Tierra.
No pudieron llevarse con ellos ni el poder ni los conocimientos, sólo pudieron llevarse consigo el recuerdo de lo que había sido Duyo y así lo contaron a los pueblos que los fueron acogiendo en diversas partes del mundo. La Leyenda de Duyo es paralela en muchos sentidos a la leyenda de la Atlántida, aunque éstas no son las únicas leyendas de la humanidad que nos hablan de la destrucción total de un pueblo. En la Biblia podemos encontrar varias leyendas de destrucción total.
Los Reyes Edomitas fueron destruidos casi en su totalidad antes de que Jehová se decidiera a crear, a través de los elohim, a Adán y Eva, a partir de los cuales se fundó el pueblo de israel. La tierra quedó vacía y oscura antes de que floreciera el Jardín del Edén. Los edomitas salvados fueron apartados de la tierra durante algún tiempo, mientras los Elohim la limpiaban. Más tarde los edomitas fueron devueltos a la tierra y, cuando Adán y Eva fueron apartados del Paraíso, se unieron a ellos para formar una nueva tribu, un nuevo pueblo de Jehová que además fue fecundado por los dioses que bajaron a unirse a las hijas de los hombres. (Los dioses son los Ángeles, porque solo hay un Dios y un Demonio..., ellos son los Reyes Fundadores y Creadores de todos los mundos del cosmos.)
El diluvio universal y la destrucción de Sodoma y Gomorra son otros ejemplos bíblicos, y en ambos casos la destrucción no alcanza a todos y los salvados fundan nuevas tribus y nuevos pueblos.
Por su parte, la cosmogonía teosófica nos habla de los lemurianos, antecesores de la raza negra, que llegaron a tener una civilización muy parecida a la nuestra y que también fueron castigados por los dioses debido al pecado de "inmentalidad". Este pecado consistió en negarse a reencarnarse en humanos inferiores (los blancos trogloditas de entonces), y en negarse a abandonar la tierra cuando debían hacerlo. Los lemurianos ni siquiera querían convivir con los blancos primitivos, que apenas si estaban aprendiendo a caminar erguidos; incluso les parecía repulsivo tenerlos como mascota o esclavos.
Los dioses les pidieron que ayudaran a evolusionar a esos seres que eran tan humanos como ellos, educándolos o reencarnándose en ellos. Los lemurianos se negaron. Entonces los dioses les pidieron que dejaran la tierra, de la cual eran amos y señores, para permitir que los primitivos evolucionaran por sí solos en el planeta, pero los lemurianos tampoco quisieron y desafiaron, como los habitantes de Duyo, a los dioses.
Entonces los dioses destruyeron la civilización lemur y los sobrevivientes fueron condenados a padecer sobre la tierra que habían dominado ampliamente, a la espera de que los trogloditas blancos evolucionaran y los aceptaran como sus iguales, cosa que los blancos, en su propia ceguera, no han sabido ver ni hacer.
Para muchos pueblos prehispánicos el castigo divino se centró en la ciudad de Mu, una fortaleza situada en el corazón del Atlántico de donde salieron los ancestros de los toltecas, padres de las ideas religiosas de incas, mayas y aztecas.
Para los egipcios su Atlántida fue el Amenti, la religión del origen donde los hombres habían sido semidioses, y a la que todos querían volver en vida o en muerte...>> Cuando un patrón de conducta negativo resulta difícil de sanar, suele deberse a que sus raíces se remontan a una vida que va más allá de la memoria consciente. Por fortuna, puedes acceder a ella y solucionar el problema, ya que, al igual que sucede con la jardinería, es posible eliminar los vestigios del pasado arrancándolos de raíz.
Si te sientes atraído por la cultura egipcia o deseas viajar a ese país, lo más probable es que hayas tenido una experiencia positiva durante la encarnación que viviste allí. Es posible que desees explorar el sistema de creencias del Antiguo Egipto para acceder a una serie de recuerdos ancestrales. En este momento es muy importante detener nuestra mirada en la Historia de la humanidad, y en especial prestar atención a las Promesas de Dios y de Jesús de nazaret. Es tiempo del Juicio Final, tu verás que hace de tu vida. Fin de este capítulo. Hasta cuando así Dios lo quiera, cuando me brinque el corazón volveré a escribir. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Amen. Señor, envía tu Santo Espíritu para la iluminación de la humanidad. Y se salvaran todos por tu bendición. Y la faz de toda la Tierra se renovará con el Florecimiento de todos los desiertos. Yo confio en Ti.
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