Frase inspiradora: <<Tenía los ojos vendados y no era capaz de ver el horizonte al alcance de mi mano>>. Hoy marca el párrafo número 613, este es el número del Código Sagrado de San Miguel Arcángel. <<Las almas privilegiadas cuentan tanto como los soberanos>>, dijo un gran monarca. El amor está cerca de nosotros y no lo notamos. Hay seres angelicales que velan por nosotros y nos quieren muy bien. Este mundo recibe toques de esperanza, a la espera de que la humanidad "despierte" a ese mensaje tímido y oculto. Hay falta de confianza, nadie se fía de los administradores públicos. Algunos actos suyo propende a esa pésima disposición en contra de los ciudadanos. Analizar con profundidad para descubrir las raíces de ese mal que tanto nos puede perjudicar en nuestras relaciones fundamentales: familia, protocolares, sociales como laborales.
Estos últimos años, se aproximaron con horas aciagas, de angustia, desvelo y dolor. Una época de desencuentros y contrariedades. ¿Es la cuota de aflicción que en la vida todos, sin excepciones, debemos pagar, para saldar el karma negativo? El destino ciego nos golpeó en las carnes y vimos manar muchos ríos de sangre, convencida de que esa era por la expiación. Una cruz, y la muerte de una persona ¡Jesús el Nazareno! Su muerte nos ha llenado de pavor, ruido y estrépito, y el rugido de las mutilaciones, por el rechazo de muchos. El signo de la cruz nos ha llenado de contrariedades; hay engaños que se han forjado en la sombra. ¿En qué se conoce que una cosa es verdadera? Es un tiempo para hacernos preguntas sobre Dios y la vida humana.
La Historia del Ser Divino vestida con seda bordada en oro y arreboles, la fantasía se adornó de engaños. <<Si alguna vez pensáramos en ello, probablemente llegaríamos a la conclusión de que si San Pablo hubiera tenido las facilidades editoriales de nuestro siglo, hubiera publicado varios libros, intentando también así llegar a donde Cristo no haya sido nombrado (cfr. Rom 15,20). Sabiendo que el principal problema que encontraba en judíos y griegos era que aceptaran la Resurrección de Jesucristo, no hubiera sido de extrañar que el primero en aparecer tuviera este título: <<Jesucristo ha resucitado; yo me lo encontré>>.
Después aparecerían otros, pero nunca ajenos del todo al contenido de este primero, <<porque no me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado en mí>> (Rom 15,18). De hecho, en sus epístolas aparece varias veces el episodio que dio la vuelta al rumbo de su vida, bien directamente, bien con alguna alusión que sus destinatarios relacionarían con facilidad.
Con André Frossard sucede algo similar. Su conversión no sólo es sorprendente por lo súbita, sino también -otra semejanza con San Pablo- porque es de quien menos podría esperarse. De ascendencia judía por un lado y luterana por el otro, comunista convencido -él mismo dice que fue <<educado como un puro injerto de Carlos Marx>>-, su instantáneo cambio desafía toda lógica. Y, como siempre ocurre, Dios no otorga sus dones para que el destinatario los disfrute en solitario. El mismo impulso que lleva a amar a Dios lleva también a extender ese amor a los demás-
Así, frente a la incredulidad y el ateísmo contemporáneos, Frossard publica su Dios existe; yo me lo encontré. Se revive al pie de la letra lo que escribía San Juan: <<Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida- porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros. Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea colmado>> (1Jn 1,1-4).
Sucederán otros libros, pero siempre con el mismo propósito y el mismo telón de fondo. Éste es fruto de sus diálogos con alumnos del curso preuniversitario francés. Salen a relucir todas las objeciones reiterativas que sobre la fe y la doctrina católicas muestran los alumnos, las mismas que pueden oírse en boca de sus mayores. Un escritor medieval hubiera contestado con una exposición razonada de la respuesta católica a ese interrogante. Frossard no. No habla de la fe, sino de su fe. Por supuesto, no es que haya divergencias de contenido: Las hay de estilo, y bastantes veces de modo de enfocar las cosas. A veces contestará con un razonamiento, pero cuando le objetan que no puede darse una conversión instantánea, y las que parece que ha habido tienen explicación como culmen de un proceso psicológicamente explicable, su primera respuesta no tiene que ver con razonamientos de psicología o de teología espiritual, sino que es la que cabe esperar:
<<Sin embargo, yo entré ateo en una capilla y salí cristiano unos minutos más tarde, y he asistido a mi propia conversión con un asombro que todavía me dura.>> Una vez más, su vida, su fe, su experiencia. De todos modos, sí encontramos una sorprendente analogía con los tratados medievales. Quien los conozca, verá aquí reproducido su método, aunque de man era simplificada y con el estilo de exposición contemporáneo. Encontramos capítulos breves, con una misma estructura. En primer lugar, aparecen las objeciones. Después lo que podríamos llamar un <<argumento de autoridad>>: una frase -sacada de la Sagrada Escritura, de la propia experiencia del autor, o de la evidencia más elemental-, señalando que, a pesar de que parezca muy razonable la argumentación expuesta, por algún motivo no puede tener razón. Y, en tercer lugar, la respuesta, explicando esos motivos y dónde está la verdad. Si abrimos, por ejemplo, la Suma dónde está la verdad.
Si abrimos, por ejemplo, la Suma Teológica de Santo Tomás,y, comenzando por el principio, nos encontramos con la cuestión sobre la existencia de Dios, veremos con asombro que es una exposición breve que empieza por esta frase: <<parece que Dios no existe>>. A continuación expone, punto por punto, los argumentos en favor de ese encabezamiento. Pero sigue un <<y, sin embargo>> (<<sed contra>>), y la breve frase, com aquí. Es entonces cuando el autor desarrolla su propio razonamiento y, al final -en el libro de Frossard, estas dos últimas etapas se funden en una-, contesta una por una las objeciones que se habían planteado.
Esta semejanza no es fruto de la casualidad, sino, aunque parezca extraño, del diálogo... <<Me he esforzado -dirá Frossard en el último capítulo- por colocar todas las respuestas de este libro en la vía de aquella luz que me enseñó de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e insuperable, pura caridad, y que las demás verdades no eran más que reflejos de aquella Verdad; he intentado fundamentar la lógica de mis experiencias sobre eso irracional que se llama amor.>>
No se trata de despreciar la razón -pueden leerse también afirmaciones como <<el misterio es el alimento natural de la inteligencia>>-, sino más bien de afirmar que es muy difícil, por no decir imposible, que sin una actitud de benevolencia, sin una actitud de amor, la inteligencia no se desvíe. Por eso, sería un error pretender buscar una exposición que muestre todos los argumentos sobre el tema tratado, o que siga paso a paso un razonamiento lógico, o que refleje con la máxima precisión una definición o un concepto.
Un lector con buen conocimiento de los temas tratados podrá pensar que la noción de fe que presenta podría ser completada, o que podría precisarse más el significado de la analogía entre Dios y las criaturas, o que cabrían más argumento en la defensa del celibato sacerdotal o de la postura de la Iglesia sobre los problemas de la bioética. Pero quizás no repararía en que, si sus demandas fueran satisfechas, sería sólo a costa de perder ese frescor de lo espontáneo.
Este libro no es una lección magistral: es un diálogo, primero de Frossard con sus interlocutores, luego con el lector. ¿En qué se conoce que una profecía es verdadera? No tenemos medio alguno de saberlo. Los antiguos definían lo verdadero como <<la adecuación -esto es, la conformidad o, si se prefiere, la coincidencia- de lo real y de la inteligencia>>. Pero Enmanuel Kant demostró hace mucho tiempo que no podemos conocer <<la cosa en sí>>, sino sólo lo que ella es para nosotros, de modo que la adecuación de lo real y de la inteligencia no es nada más que una adecuación de la inteligencia consigo misma. La física ultramoderna ha confirmado plenamente el diagnóstico del filósofo de Könisberg al mostrarnos que lo real está perpetuamente cambiando, que siempre hay más partículas más allá de las últimas partículas, hasta que no quede más que un misterioso flujo de energía.
Es imposible, por tanto, hablar de una <<adecuación de lo real y de la inteligencia>>, porque no existe una realidad aprehensible. En, consecuencia, no hay respuesta para esta pregunta>>. Sin embargo, Tomás de Aquino nos dice: <<Lo bello es el esplendor de lo verdadero>>. Cristo nos dice: <<Yo soy la verdad>>.
La verdad no es para nosotros una idea, ni un misterio, ni una filosofía, sino una persona que no puede ser, evidentemente, más que Jesucristo. Porque si bien es cierto que los griegos exploraron el pensamiento humano en todas direcciones, y que Monod ya se se anticipa en Demócrito, y Darwin en Heráclito, y que ahondando lo suficiente pueden hallarse ideas de Hegel en Platón, también es verdad que, desde el principio de la historia hasta hoy, solamente Cristo nos ha descubierto y enseñado algo del pensamiento divino. De donde resulta que la verdad, para nosotros, no es más que la irradiación de su persona en nuestra vida, en el mundo y en el pensamiento.<<¿Quién es Cristo?>>. ¿Por qué hay tantas religiones?
<<La religión nos impone dos leyes: la de Dios, contenida en los diez mandamientos, reducidos a dos por el Evangelio (<<Amarás al Señor, tu Dios, (...) y amarás a tu prójimo como a ti mismo>>); y la de la naturaleza, cuyas disposiciones se cumplen en las criaturas, de las que formamos parte. Algunas sectas llevan tan lejos el respeto a la <<ley natural>> que rehúsan curar a los enfermos, lo que es perfectamente lógico. Precisamente en nombre de esa <<leya natural>> rechaza la Iglesia la contracepción, el aborto y la fecundación <<in vitro>>, incluso la llamada <<homóloga>> que se practica con el concurso de dos esposos legítimos.
Esta actitud parece estar en contradicción con la palabra de Dios a Adán y Eva: <<Dominad la tierra y sometedla>>. No es posible dominar y someter sin legislar, de modo que el ser human o, aunque no puede en absoluto cambiar la ley de Dios -de quien procede su poder- está autorizado para modificar las <<leyes de la naturaleza>>, que le sirven, por así decir, de resorte de su administración.
Cuando la Iglesia, por tanto, condena todo lo que se aparta de la <<ley natural>>, está en contradicción con el Génesis, y no hablemos del retraso que contrae en relación con la marcha del siglo y de la antipatía que suscita entre sus contemporáneos, a los que anatematiza sin llegar a comprenderles>>.
Sin embargo, no deben confundirse las leyes de la naturaleza con la ley natural que conocemos por la Revelación.
Y aquí se hace necesario considerar dos trazos de historia. Hasta el siglo XIV -o más o menos, puesto que no es un punto de partida y se le puede situar más pronto en Italia y más tarde en España-, Dios era el personaje principal de la historia, que giraba en torno a Él como la ciudad alrededor de la catedral, y dominaba el pensamiento, el arte, la vida social y la vida privada. Su criatura era una persona hecha realmente << a su imagen y semejanza>>, y como una persona es más importante que un montón de piedras, con frecuencia solía haber, en la pintura, desproporción entre las figuras humanas y el decorado: el señor sobresalía por encima de las murallas de su castillo y el santo se representaba con una Iglesia en el hueco de su mano. Tal desproporción se ponía de relieve en todos los campos, incluso en el de las costumbres, que podían ir de la crueldad a la poesía según que el ser humano sólo conservara, de su semejanza con Dios, el poder que creía haber recibido, o que, por el contrario, se sintiera vinculado a la misericordia y al amor.
La Edad Media no fue una época tenebrosa, sino al revés, un tiempo de luz viva sobre el hombre, sus grandezas, sus debilidades, sus impulsos y sus discordancias interiores, como lo demuestra el abigarramiento contrastado de sus indumentarias o la extravagancia de sus peinados. Extremos simbolizados por el guantelete de hierro del guerrero y la mano de San Francisco agujereada por los estigmas.
A partir del siglo XV -o un poco antes o un poco después, ya que siempre se trata de una referencia cambiante en el esquema de las corrientes del espíritu-, el hombre se desligó de la fascinación de Dios y se volvió hacía el mundo: iba a perder un Padre y a darse una Madre, la Naturaleza; la expresión <<nuestra madre naturaleza>> se convertiría en tópico de toda conversación.
Es la época de los grandes descubrimientos, y el hombre se encuentra de paso con divinidades paganas que se mantenían bien despiertas <<en sus mantos de púrpura>>. Ya no ordena la creación alrededor de Dios, sino alrededor de sí mismo: en la pintura, la perspectiva dispone el decorado teniendo como única referencia la del punto de vista del pintor. El hombre se siente al mismo tiempo admirable e insignificante: admirable por la superioridad que su razón le otorga sobre las demás criaturas, e insignificante por el minúsculo lugar que ocupa en el torbellino del universo.
El cuadro de Brueghel La caída de Ícaro da una idea de la nueva situación: casi hace falta una lupa para distinguir la zambullida del héroe en la inmensidad del decorado; la aventura de Ícaro termina como un ridículo y pequeño escupitajo sobre el agua. El ser humano no es ya una persona, porque persona es lo que hay en nosotros que dialoga con Dios, sino un individuo, que hablará con frecuencia de <<libertad individual>>, pero nunca de <<libertad personal>>.
De este cambio se hallarán más pruebas de las precisas en la literatura del <<Siglo de las Luces>>, que combina de manera pasmosa la exaltación de la especie y el desprecio de sus representantes. El hombre es la única conciencia en acto del universo, él es el ser supremo: no cesa de rendir homenaje a su genio, al tiempo que cobra un sentimiento cada vez más deprimente de su insignificancia material; los escritores abandonan al héroe de la antigüedad para consagrarse a la descripción minuciosa de las imperfecciones de la especie y de las mediocridades de la vida cotidiana. Entretanto, el conocimiento de las leyes de la naturaleza progresa a grandes pasos, al mismo tiempo que el ateísmo; todo descubrimiento produce la impresión de acercarnos al momento ideal en que la naturaleza tendrá la cortesía de explicarse por sí misma.
Y así fue hasta que, a mediados del siglo XX, se produjo una de esas revoluciones disimuladas de las que no se suele tomar conciencia más que demasiado tarde y que modifican, de man era insidiosa, toda la mentalidad de una época: de una veintena de años acá las <<leyes de la naturaleza>> han dejado de tener fuerza de ley.
Al ser consideradas corregibles y revocables por el progreso de las técnicas, una tras otra van desmontando la barrera que oponían a la voluntad humana, y dejan de facilitar referencias a la razón, que no depende ya más que de ella misma, sin que nadie sepa cómo utilizará el poder embriagante y fatal que mañana habrá pasado a ser suyo.
Creo que la <<ley natural>> según la Iglesia es más que una doctrina sacada del examen de las <<leyes de la naturaleza>>. La <<ley natural>> para el hombre es el conjunto de obligaciones y responsabilidades que se deducen de su naturaleza de ser creado <<a imagen y semejanza de Dios>>. En último término, la ley natural se fundamenta en el principio de que Dios y el hombre no pueden estar disociados, y que el hombre, en consecuencia, posee el poder exorbitante de implicar a Dios en sus actos, tenga o no coincidencia de ello. Ese es el motivo de la gravedad del aborto, que no es sólo -como se dice evasivamente- una <<interrupción del embarazo>>, sino la interrupción de un proceso de origen divino, porque un nacimiento seguirá siendo siempre un milagro, aunque por ser más frecuentes provoquen cada vez menos asombro.
La Iglesia se ha pronunciado sobre esta cuestión, y los más decididos a no escucharla se han apresurado a reprocharle que haya hablado, como para dejar bien sentado que aquí abajo la libertad de expresión es plena y absoluta para todo el mundo, excepto para la Iglesia... La Voluntad de Dios para con todas las cosas creadas es el BIEN. No existe nada que pueda ser el aspecto negativo de la Voluntad del Todopoderoso DIOS. Quien creó este planeta y todo lo que en él existe. La enfermedad, vejez, desintegración, pobreza y hasta la misma muerte, son insultos al Padre del Amor.
El pensar y sentir de la Conciencia de la Gran Omnipotencia Universal que gobierna a este Universo, inmediatamente externaliza aquello que está dentro de SI MISMO. Por lo tanto, la Voluntad de Dios es que cada hombre sea un Maestro. Un Sol de Libertad, que tenga la Corona de los Elohines, sobre su cabeza. El Cetro de la Magnetización en sus manos, el manto de la Realización sobre su cuerpo y el Perfume de la Santidad irradiando a través de él como una bendición y acción de gracias a toda la vida.
Jesús el Nazareno nos dijo: <<Conoced la Verdad y ella os hará libres>>. Pero, ¿cómo podemos saber la verdad? Mira en tu corazón. Hacer regresiones a vidas anteriores ayuda a escuchar La Voz del silencio y sabrás que Dios es Jesucristo. <<Yo Soy la Luz que ilumina a todo hombre que viene a vivir a este amado planeta.>>
<<Yo Soy la Luz que iluminará a todos los que acepten que su alma vuelve a renacer. Ven a Mí. <<Yo Soy la Fuente de tu propia Vida, ábreme las puertas de tu amado corazón.>> Yo entraré llenando tu mundo de una Paz como jamás antes pudiste conocer. <<Yo Soy la Luz de Dios que nunca tarda en responder a toda urgente llamada.>>
<<Yo Soy la Luz que se expande en cada uno trayendo la Gloriosa Libertad para todos. Vengan a Mí todos los que requieren Mi ayuda; ábranme las puertas de su amado corazón, yo entraré mostrándoles la senda verdadera para vivir con Dios como al principio fue. Yo Soy La Luz de Dios que nunca falla en responder a toda urgente llamada, dame tu corazón, tu cuerpo y tu mente, dame tu alma y yo te daré tu Ascensión ¡AHORA! <<YO SOY LA LUZ DE DIOS- YO SOY TU VIDA>>. Jesús lo dijo: No vayas a caer en el lago ardiente de la gehenna. Antes de que tu ojo vaya a pecar, arrancátelo... Lo peor no es perder la vida, sino la condenación del alma al Infierno eterno.
Hasta cuando así Dios lo quiera. El Fin de los Tiempos es AHORA. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Señor de la Misericordia: Envía al Espíritu Santo sobre la Tierra para que ilumine a toda la Humanidad. Y habrá una nueva Tierra y una nueva Humanidad. Señor, por favor, obra tus maravillas delante de la muchedumbre del gentío para que muchos crean al verte y se salven. Amén
No hay comentarios:
Publicar un comentario