Hace mucho, mucho tiempo había un hombre que tenía que trabajar en lo más profundo de la tierra asturiana. Pero cuando bajaba al vientre de la tierra, contra su voluntad, él presentía, que algún día las galerías de la mina lo dejaría enterrado bajo las rocas y el carbón. Ismael, había sido marinero, antes que minero; un pescador del Mar del Norte. Una noche se desató una tormenta, cuando luchaba contra el crecido oleaje en el mar turbulento, su barco chocó contra un acantilado; una gran roca aparecía de la nada; nada ni nadie en el mundo podría evitar que pereciera en el fondo de las aguas. A través de las salpicaduras de las grandes olas, los hombres creyeron ver el Cuerpo Físico de una Mujer. La figura de la Virgen del Carmen cruzó la espuma de las olas y le susurro a Ismael y a sus compañeros: -La única forma de que salgan vivos de aquí es rezando un Padre Nuestro. La oración hará que se pongan en movimiento las fuerzas celestiales, Dios enviará a sus ángeles en vuestra ayuda, siempre.
-Los aterrorizados marinos no atinaban a oír lo que les decía la celestial voz, que provenía de la figura de la Virgen del Carmen. La voluntad de la mayoría había flaqueado. Pero la voluntad de Ismael comenzó a brillar, al ver que las feroces olas hacían crujir el barco y arrojaba a los hombres por la cubierta. Ismael comenzó a orar, cuando comprendió la petición de la Virgen del Carmen. Ella asintió, en ese momento el mar se calmó. Carlos, un marinero valiente lanza la balsa, los salvavidas, mientras lo hacía, el barco quedó libre, y el capitán y su tripulación prosiguieron el viaje, aunque ellos tardaron un mes en volver a su casa. Entre las olas había desaparecido un solo hombres, Ricardo, fue tragado por el mar. Los marineros lloraron su ausencia, se abrazaron, se despidieron de Ricardo con una misa de responso que hizo el capitán del barco. Volviendo al lugar de pesca.
Ismael regresó a su casa y encontró que en su ausencia su mujer había tenido una niña. Estaba tan loco de alegría que se olvidó por completo de la tormenta, de la aparición de la Virgen del Carmen sobre las aguas del Mar del Norte. Le hizo a su mujer la promesa de nunca más volver a embarcarse en un bajel tan pequeño. Encontró trabajo en la mina de carbón. Pero cuando su hija creció, Alura, apenas tenía diez años cuando el techo de la galería se derrumba sobre diez hombres, entre ellos estaba Ismael, el marido de Araceli.
Unos cadáveres con las cuencas de los ojos vacías, los brazos, las manos en algunos caso el tronco y las piernas seccionados aparece entre las ruinas y los escombros de la mina. Se le da entierro, al cadáver de Ismael con la ayuda del párroco de la Iglesia. El caso es archivado. En aquella época, las autoridades no se hacían cargo de las familias de los fallecidos en los siniestros. Araceli, con su estilo frío y tenaz, y una sofisticada sabiduría, recuerda la profesionalidad de su madre, Juana, era una gran cocinera y, su abuela Araceli, sentía mucha simpatía por la tradiciones mágicas de su Galicia natal. La viuda de Ismael fue a parar a casa de un antepasado de un general.
El hombre era profesor, se sentía muy orgulloso de sus antepasados, de su origen, Abel tenía muchos proyectos ambiciosos, era un hombre admirable. Los trabajadores de la casa temían el humor matinal del hermano del profesor Abel. Desde su separación, que era ya de domino público en la aldea. Su férreo carácter se había avinagrado. Araceli tragó saliva. Horacio, le había comentado a su hermano Abel, que los restos de un difunto había aparecido en un lugar apartado de la costa, conocido como la Playa Negra. Debe de hacer mucho tiempo que sólo las gaviotas habitan en ese paraje. El sargento de carabineros, veterano en el puesto, me dijo también que años atrás, en los tiempos de Mariacastaña, los pescadores de la merluza de pincho hacían allí sus capturas. -Una tradición ancestral. -repitió Abel, con un suave tono de burla-. -Disculpe, señor. Le pido, que cambie a conversación.-dijo Araceli la cocinera- No pretendía resultar fatuo. -No lo ha sido. Discúlpeme a mí. La mar, la mar se cobra siempre su ofrenda, cada mes de marzo, el mar se traga varios barcos, varios hombres que dejan mucho sufrimiento en sus parientes. -Curioso- Con dificultad el profesor Abel reprimió un bostezo. En los ojos de Araceli afloro algo parecido al miedo.
- Hermano, ¿he cometido un error, si señor? En la mirada de Horacio no había bondad, no sentía simpatía más que por la hija de la viuda. Alura, lo aborrecía, la joven estudia magisterio. Tenían muchos visitantes en la casona. En ciudades de pioneros la hospitalidad es una necesidad de la vida no sólo para los viajeros, sino para los colonos, los indianos eran unos visitantes que acarreaban grandes amigos, debido al capital acumulado al otro lado del Atlántico. Un día, llegó un hombre de visita un verdadero amigo del profesor Abel. Un verdadero amigo que llega a la casa es un mensajero celestial que trae <<El Panis Angelorum>>. Tobías volvía de una de sus largas expediciones por Brasil, llega cargado de piedras preciosas, sobre todo de valiosas esmeraldas. Abel estaba ansioso por hablar con su amigo Tobías, así que se sentaron en la biblioteca, allí estaba sentada, junto a una ventana la joven Arula, que ninguno la vio, parecía una mujer fantasma, ninguno reparó en ella. Arula se retira sin ser vista. Los hombres siguen su conversación sentados alrededor de una mesa redonda, hasta altas horas de la madrugada, hablando de todo lo que se les ocurría, metiéndose en todo, riéndose de todo lo visto en el viaje. <<Los blancos europeos que viven mucho tiempo solos con los nativos adquieren la costumbre de decir lo que piensan... Continuará, si así Dios lo quiere. Tengo otras cosas que atender. Seño, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Así sea. Amén.
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