martes, 9 de noviembre de 2021

El bosque mágico cuando un niño llora

 Sabes, que cuando un niño llora es por una sola razón: porque no está satisfecho. Como seres humanos que somos, nuestra fortaleza, no reside en las dudas, sino en la comprensión; no está en las preguntas sino en las respuestas; no está en la ignorancia, sino en el conocimiento. Ésa es nuestra fortaleza. Sin importar quiénes somos ni a que nos dedicamos, todos podemos y debemos ser partícipes de la danza de la vida, una danza auténtica, que debemos explorar con gratitud por esta existencia. Con gran acierto, se ha dicho que sólo con un corazón de niño podremos explorar los reinos de los Cielos; para eso hace falta humildad, sencillez, avanzar con un corazón de niño, abierto e inocente, sin confusión ni dudas. Todos buscamos algo, pero ¿qué es? Algunos lo llaman éxito, otros paz, o amor o serenidad total. Pero, de hecho, es todo lo mismo. ¿Por qué, entonces, le damos tantos nombres?  Porque anhelamos algo, pero no sabemos qué. Si lo que nos falta es amor, eso es lo que buscaremos; si tenemos problemas o confusión, buscaremos paz. ¿Pero qué nos pide el corazón? Con que calmamos ese anhelo, ese vació interior. Esa sed, ése hambre  o esa sed que tanto tiempo llevamos sintiendo. Todos tenemos sed de conocimiento, y aunque lo ignoremos esa sed existe, la hemos sentido desde siempre desde que tenemos uso de razón. Lo único que hemos deseado siempre es calmar esa sed y sentirnos plenamente satisfechos. La sed es lo que nos impulsa a buscar el conocimiento de nosotros mismos, una forma de ir adentro, y cuando encontramos lo más querido de nuestro corazón nos ahogamos en un mar de dudas, es como si el sediento en medio del desierto que grita: ¡el agua, ahí está el agua!, pero no puede saciar su sed en medio de un espejismo, afortunadamente esa inmensa sed que es tan intensa por naturaleza nunca desaparece, nos acompaña sin saber que es esa sed. Es esa sed la que nos impulsa, la que mueve el mundo. A veces creemos que el amor es un invento social, una convención en la que nos empeñamos en creer que por necesidad, necesitamos creer, que existe el amor para no sentirnos solos, cuando todos sabemos que nacemos solos y morimos solos, mirando al cielo. Cuando saciamos nuestra sed de saber miramos en nuestro corazón.


El amor del Padre por el Hijo es un amor sin medida (Juan 3:35, 15:15 5:20; 10:30.) Y el amor del Hijo por nosotros es igualmente generoso. Nos ha hecho hijos de Dios al precio de su sangre, nos convierte en amigos suyos (Juan 15:15), nos sienta en lugares celestiales y establece una comunión inconmovible y eterna con nosotros. El amor del Padre por el Hijo no sufre variación; de ahí que el amor de Cristo por nosotros sea también inmutable. Sólo en la cruz el amor del Padre por el Hijo tuvo que ser suspendido unos instantes (Mateo 27:46), porque Aquel que no conocía pecado fue hecho pecado por nosotros (2.ª Corintios 5:21), y Dios, que no tolera pecado, tuvo que apartar su mirada complaciente del Hijo. Pero ¿no fue esto también una prueba de amor? Amor hacia nosotros, por quienes el Padre entregaba al Hijo y el Hijo se daba a sí mismo en el Espíritu; expresión plena y sublime del amor del Dios Trino en favor nuestro. El amor de Cristo por nosotros es tan inmutable como el del Padre por él. A veces, tal vez puede parecer que se aparta el amor de nosotros; pero sus mismos castigos son prueba del afecto fraternal, porque Dios, al que ama, castiga como todo buen Padre (Hebreos 2:6; Isa. 49:15, 16) Dios odia el pecado y se aparta, pero no quita su amor de nosotros. Allí donde se fija su mirada amorosa, allí queda clavado su amor eternamente (Sof. 3:17).


El amor del Padre por el Hijo no tiene fin, y así el amor del Hijo por nosotros es igualmente eterno. Jesucristo ama siempre a los suyos, sin vacilaciones ni fluctuaciones (Juan 13:1). Esto es causa de nuestro gozo y seguridad (Rom. 8:35, 38, 39). Así nos ha amado Dios, así nos ama Cristo. Si, pues, hemos de amarnos unos a otros como Cristo nos amó a nosotros y su amor es de la calidad del que fluye entre las personas divinas en la inefable comunión de la Trinidad, hemos de hacer lo posible para sumergirnos en este océano del amor divino para poder así reflejar luego algo del mismo en nuestro diario sentir, obrar y vivir: <<Esta en mi amor>>, ordena Jesús. Desde luego, nuestro amor tiene un principio, es ilimitado por muchas medidas y sufre variaciones; es tan inestable como nuestra misma personalidad. No obstante, si estamos en su amor, nos nutrimos de él, estaremos cada vez más en condiciones de amar como él quiere que amemos. Porque el amor de Cristo -y el amor a su adorable Persona- es el mayor incentivo de nuestro amor. No olvidemos que nada merecíamos; él no nos amó por nada deleitable que pudiera haber en nosotros y nos hiciera digno de su afecto. 

Así también debemos amar nosotros a los demás, desinteresadamente, por pura entrega al prójimo, sea éste o no digno del amor sobre él derramado. Si su amor por nosotros fuera invariable, ilimitado y eterno, hagamos porque el nuestro, al menos, no sea miserable, escaso y voluble. No estemos nunca satisfechos de lo que hayamos alcanzado, prosigamos siempre otra meta (Fil. 3:12, 13). Meditemos en el amor de Cristo como medio de acrecentar el nuestro.(Ef. 3:18, 19).

<<Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor conque me has amado esté en ellos y yo en ellos>> (Juan 17:26). Su amor está en nosotros, si verdaderamente somos de él. Por medio de su amor nos asegura que está él mismo en nosotros, sirviéndole de morada. Siendo así, no es de extrañar que Pablo exclamara: <<El amor de Cristo nos constriñe>> (2.ª  Corintios 6:14). ¿Nos constriñe también a nosotros?

El texto de Juan arriba citado (17:26) nos enseña, nuevamente, la unidad indisoluble que existe entre la verdad y el amor, entre el conocimiento y la comunión de Dios. Es porque Cristo nos ha dado a conocer al Padre, y continúa dándonos este conocimiento -por su Espíritu y la Palabra-, que su amor puede venir a nosotros: <<Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.>>

Así, de la misma manera, nuestro amor aumentará en la medida en que aumente nuestro conocimiento de Dios. No se trata aquí de un aprendizaje académico, ni es tampoco una enseñanza teórica; este  conocimiento se aprende con  la mente y con el corazón al unísono, es conocimiento que se forja en la comunión con Dios cuando su Palabra es meditada y nos penetra como un fuego en experiencia similar a la del profeta Jeremías (Jer. 20:7-9).

El mandamiento tenido desde el principio (1.ª Juan 2_7, 8; 3:11, 23; 4:21) no nos es desconocido, y su puesta en práctica depende del grado de nuestra comunión con Cristo. Se aprende a amar al prójimo, aprendemos a amarnos unos a otros, cuando comprendemos la manera  como Cristo nos amó y nos sigue amando. <<Y éste es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: Que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio.>> El amor no nos libra de la obediencia; al contrario, se expresa a través de ella. He aquí el mensaje que los cristianos han oído desde el principio.

El mandamiento que trata de orientar nuestra obediencia -expresión de nuestro amor- nos conduce de nuevo al amor: 1) Este es el amor: andar en los Mandamientos del Señor. 2) Este es el Mandamiento: andar en el amor (cf. Ef. 5:2).

El amor nos lleva a buscar <<lo que es agradable al Señor>> (Efesios 5:10), nos hace <<entendidos -no insensatos- de cuál sea la voluntad de Dios, agradable y perfecta>>, somos devueltos al amor. La exposición joánica, aunque expresada de manera diferente, sintoniza perfectamente con la que hace Pablo en  los textos que acabamos de convocar: 1) Buscar lo que es agradable al Señor. 2) Ser entendidos en su voluntad. 3) Comprobar, en la experiencia personal, esta voluntad divina, buena, agradable y perfecta. 4) Darse al amor sin reservas: <<el amor sea sin fingimientos. Amaos los unos a los otros con amor fraternal>> (Rm. 12:9, 10).

Queda establecido un nexo indisoluble entre la obediencia y el amor, entre los mandamientos de Dios y los sentimientos del cristiano: <<Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe>> La libertad con que Cristo nos ha hecho libres, además de ser un don preciosos, entraña una inmensa responsabilidad. La libertad cristiana no consiste en hacer todo lo nuestro engañoso corazón, o nuestra torcida voluntad, nos sugieren; más bien es la habilidad que crea en nosotros el Espíritu Santo para desear aquello que deberíamos hacer: <<Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamado.

La relación entre la respuesta obediente de la fe y el amor, que encontramos en las cartas de Juan, se da ya en su Evangelio, en donde Jesús establece la misma conexión: <<El que me ama, mi Palabra guardará>> <<El que no me ama, no guarda mis palabras>>. De la misma manera en que Dios me envió a ti, yo te enviaré a otros, E iré a ellos contigo, para que podamos enseñarles paz y unión.

<<Tu tarea no es buscar el amor, sino sencillamente encontrar todos los obstáculos que has construido contra el amor.>> Rûmi.

Podemos decir que en la raíz de todo lo que nos ocurre, ya sea un encuentro, un acontecimiento grato o ingrato o una enfermedad, se encuentra una memoria. ¿Pero, ¿qué son las memorias y de dónde vienen? <<Las memorias se pueden comparar a una base de datos que tenemos en nuestro subconsciente y que está condicionando nuestra manera de ver y de experimentar la vida.Son recuerdos (vivencias, emociones, creencias y juicios) que hemos ido acumulando desde el principio de la Creación.

Las memorias vienen, pues, de nuestros antepasados, de nuestros padres, de nuestras vidas pasadas y también de todas las experiencias que hemos vivido desde que nacimos a esta vida terrena. 

Dichas memorias son como programas que nos influencian de manera completamente inconsciente y se manifiestan ante nosotros de mil maneras diferentes.

Así, el mundo exterior se vuelve como una pantalla que refleja esos programas que tenemos en nuestro interior. Esta película que discurre delante de nosotros nos permite tomar consciencia de los filtros de las memorias que distorsionan nuestra percepción de la realidad.

Nuestra tarea consiste en liberar estos errores de percepción para poder acceder a una comprensión directa y verdadera.

Así, cada vez que se me presenta algo que percibo como un problema, lo importante es recordar que lo que está causando esta percepción es tan sólo una memoria dentro de mí que se está manifestando en el exterior.

Mi verdadera labor es tomar consciencia de ello y tomarlo como una nueva oportunidad de liberarme de algo que estaba en mi inconsciente y que de otra forma no percibiría.

Por eso podemos visualizar unos globos, que simbolizan las memorias, y así podemos visualizarnos soltando los globos y dejando volar las memorias al cielo para su transformación.

<<Lo primero que Dios hecho hombre vio en nuestra tierra fueron los ojos de una madre. ¡Alegraos los que tenéis hijos! ¡Sí, alegraos! Vosotros, quienesquiera que séais, habéis correspondido a la vocación, al llamamiento del Señor. Habéis colaborado con Dios en el nacimiento de los hijos. Y Él -que comenzó la obra buena-, Él la terminará. Vosotros, padres y amigos, los que ayudéis a muchos hijos a ganarse el cielo, brillaréis eternamente como estrellas. Los hijos -don de Yavé- son saetas en las manos del guerrero. ¡Bienaventurados los que tenéis muchos hijos! No seréis confundidos. ¡Que no lloren los niños! ¡Los hijos!, ¡tus hijos!, ¡son la esperanza de Dios!

¿Por qué te quedas pensativo? ¿Te parece pequeña la empresa o, por grande, irrealizable? ¿No sabes que contamos con Dios? Y <<¿Quién semejante a nuestro Dios, que hace a la estéril, sin familia, sentirse gozosa madre de hijos?>> No seas pesimista. ¡Anda y vela por tu hogar! <<El buen funcionamiento del hogar está en manos de la mujer. Esto es doblemente cierto: primero porque ella se encarga de la marcha cotidiana de la casa y, segundo, porque la familia toma vida y prosperidad de su sabiduría y perseverancia. Mujer que llora el niño, ¿no ves sus ojos que lloran de hambre? No lo ven los hombres necios, están ciegos y sordos, compran y venden armas. Pero, Dios quieren que abran los ojos, y todos lo celebraremos.

La mujer cuida del hogar. En cambio, al hombre le espera la tarea de la autoridad, sabia y benévola, pero firme. Así cada cosa ocupa su lugar y se conforma el cuadro completo y perfecto de las relaciones humanas: la familia es como la célula de la sociedad, la cuna de los deberes morales que en ella nacen y se forman, y desde donde luego se transfieren a la humanidad. En la familia, la fuerza debe partir de una sola persona para luego esparcirse hacia los demás, es decir, es necesaria una persona fuerte, una personalidad responsable que sostenga y dirija todo el núcleo familiar. Este texto lo escribió el rey Wen, hace más de cien siglos, seis mil años, no se sabe la fecha exacta. Se ocupa, esta vez, del orden familiar, entendiendo, digamos, en el sentido clásico, como una escala de valores que se establece de forma espontánea y se respeta por todos en total libertad; esto es gracias a la armonía y al amor que reinan en el interior de esta pequeña sociedad, que la convierten en un modelo de humanidad.


<<Escribo para todos aquellos que tienen y quieren tener hijos. A aquellos que temen que este mundo de un vuelco, ¿todavía no te has dado cuenta que nuestro Padre Dios cuida de todos sus hijos? ¡Que se arrepientan, que desanden el camino andado, que cambien de vida! ¡Qué desazón sentí cuando terminó su charla aquel hombre anciano!: -Tengo las manos vacías y me da miedo la muerte, mucho miedo. Y se produjo un apabullante silencio, que aún estoy viendo ahora. Recuerdo perfectamente aquel hombre junto al árbol en el que el anciano se apoyaba. Y cómo los otros hombres se lo llevaban esposado, todos los del contorno le miraban, ¡No, no! No se maltratan a los niños, no se me olvida la escena. Nos quedamos llenos de amargura. Olvidar a las escuelas de la dictadura, es cosa que no se olvida. Tienen motivos, muchos motivos para alegrarte. Olvida, las preocupaciones que a diario entran a empujones en los corazones de millones de niños, ¡lloran de pena y de hambre hoy! No me pongas cara de cansancio. Quiero que estés contento, ya queda poco para que vallas con tu padre al infierno, tu, que guardas tesoros en la Tierra, señalando un camino de miserias a los hombres y mujeres de este tiempo, pero mira que son malvados por atajos y senderos sin relieve en esta tierra han vivido y en el más allá..., un consejo lee a Dante en su Divina Comedia, es un calco del más allá. Fin por hoy. El llanto de un niño a ti te pudre la carne con un cáncer. Hasta que así Dios lo quiera. Es terrorífica las imágenes de la guerra.

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