Frase inspiradora: <<Dios ha proporcionado a los hombres ricos un camino hacia la recompensa eterna si emplean rectamente sus posesiones terrenas.>> Por ello, yo, Guillermo, por la gracia de Dios duque y conde, considerando seriamente cómo puedo promover mi salvación, mientras todavía es tiempo para ello, he juzgado conveniente, de hecho completamente necesario, que dedique algunos de mis bienes temporales a la <<salvación de mi alma.>>
Ningún camino parece mejor para este fin que el señalado en palabras del Señor: Yo haré a los pobres mis amigos (Lc. 16, 9), y por ello sostendré una comunidad de monjes a perpetuidad. Sea conocido, por tanto, a todos los que viven en la unidad de la fe de Cristo, que por el amor de nuestro Señor y salvador Jesucristo, traspaso de mi señorío al de los santos apóstoles Pedro y Pablo la ciudad de Cluny justamente con el feudo, la capilla en honor de María bienaventurada Madre de Dios y san Pedro, príncipe de los apóstoles, juntamente con todo lo que les pertenece: villas, capillas, siervos y siervas, viñas, campos, prados, bosques, aguas y sus desagües, molinos, rentas e ingresos, tierras labradas y por labrar en su integridad. Yo Guillermo y mi esposa Ingelborga donamos todas estas cosas a los mencionados apóstoles, por el amor a Dios y por el alma de mi señor Odón el rey, de mi padre y de mi madre, por mí y por mi esposa, por nuestros cuerpos y almas.
En Cluny se construirá un monasterio regular, donde los monjes sigan la regla de san Benito. Allí se dedicarán ardientemente a prácticas espirituales y ofrecerán asiduamente oraciones y peticiones a Dios tanto por mí como por los demás. (Este hombre, conocía la verdad, lo importante es salvar el alma de la condenación eterna...)
<<1) Es justo que el príncipe esté sujeto a sus propias leyes. Pues sólo cuando también él respete las leyes podrán creer que éstas serán guardadas por todos. 2) Los príncipes deben someterse a sus propias leyes y no podrán dejar de cumplir las leyes promulgadas a sus súbditos. Y es justa la queja de los que no toleran que se les permita algo que le esté prohibido al pueblo. 3) El poder secular está sujeto a las leyes eclesiásticas y los príncipes aunque posean el gobierno del reino están sometidos sin embargo al vínculo de la fe, de tal manera que están obligados a predicar la fe de Cristo en sus leyes y a conservar esta predicación con sus buenas costumbres.
4) Los príncipes del siglo poseen a veces dentro de la Iglesia la misma autoridad que han alcanzado fuera de ella para por medio de este poder fortalecer la disciplina eclesiástica. Por los demás, dentro de la Iglesia, no sería necesario el poder secular si no fuera para imponer por el terror de la disciplina lo que los sacerdotes no pueden conseguir por medio de la predicación.
5) A menudo el reino celestial se beneficia del reino terrenal de tal manera que los que se hallan dentro de la Iglesia y actúan contra la fe y disciplina de ésta son subyugados por el poder de los príncipes, y este poder de los príncipes impone a los soberbios la disciplina que la humildad de la Iglesia no puede hacer prevalecer y así para que sea digna de veneración la hacen partícipe de su poder.
6) Que sepan los príncipes del siglo que deberán dar cuenta a Dios del cuidado que han tenido de su Iglesia, recibida por ellos de manos de Cristo para su cuidado. Pues ya sea que la paz y disciplina eclesiástica se vea aumentada por medio de los príncipes del siglo o se vea disminuida, Dios pedirá cuenta a aquellos bajo suya potestad confió a su Iglesia. S. Isidoro: Sententiae III, 51.4.>>
<<Los acontecimientos históricos son hechos cuyo significado sólo se pone de manifiesto cuando son utilizados como datos para construir una teoría. La insuficiencia del relato de acontecimientos para establecer sus interconexiones y de esta manera darle un significado, determinó la ampliación del campo de la investigación histórica, hasta incluir en él no sólo las actividades tradicionalmente consideradas como objeto de la Historia -la guerra y la política-, sino la totalidad de las actividades humanas, desde las socio-económicas (estructuras) hasta las intelectuales (mentalidades), pasando por las instituciones. La expansión de la historia tiene como consecuencia:
1º. La creciente convergencia e incluso confusión de disciplinas y especialidades que tienen en común el estudio del pasado. La posibilidad de una historia del arte, de la literatura, del derecho o de la ciencia que no tome en consideración sino los fenómenos artísticos, literarios, jurídicos o científicos es cada día más ilusoria, debido a las insuficiencias de un esquema explicativo puramente formal. Una catedral puede ser una obra de arte, pero, en cualquier caso, es una realización colectiva que refleja no sólo un estilo artístico, sino también una mentalidad religiosa y una realidad social y económica determinadas, que no se revelarán a quien se reduzca a estudiarla desde un planteamiento puramente estilístico.
Simultáneamente se produce la historificación de aquellas ciencias que, sin estar específicamente orientadas al estudio del pasado (geografía, economía, etc.), necesitan adentrarse en él para disponer de series cronológicas (datos demográficos, ciclos económicos, etc.) en cantidad suficiente para poder establecer regularidades y descubrir normas.
2º. La participación de especialistas de muy diversos orígenes y formaciones en la investigación histórica, que determinó la introducción de conceptos y categorías científicas ajenos por completo a los planteamientos originarios de la historia y que han dado origen a una ciencia que amenaza con resultar incomprensible para aquellos historiadores que no se adapten a su nivel actual de desarrollo. De lo dicho se sigue la necesidad de un cambio radical en las capacidades requeridas del historiador, a quien el nuevo y multiplicado material que ha de manejar le elije, no una memoria feliz que le permita acumular información, sino una preparación suficiente en muy diversas materias (geografía, matemáticas, economía, sociología, etc.) para interpretar las informaciones disponibles, por cuanto no es la naturaleza de los datos lo que hace al especialista, sino la manera cómo los trata...
El desarrollo y control de las capacidades del historiador impone, a semejanza de lo que ocurre en las restantes ciencias, la necesidad de un entrenamiento que sólo puede practicar enfrentándose directamente con textos y documentos originales. Estos textos, sin embargo, no pueden consistir en relatos más o menos entretenidos o pintorescos según la vieja fórmula de las lecturas históricas, sino que deberán tener un significado que permita ejercitar el análisis histórico, entendiendo por tal el poner de manifiesto los elementos conceptuales o reales que permiten vincular el texto a una época determinada o a un fenómeno histórico concreto, descubrir sus relaciones con otros y revelar su significado histórico.>>
LA FORMACIÓN DE LOS PODERES UNIVERSALES DE LA IGLESIA Y EL IMPERIO: El reconocimiento en 313 de la libertad religiosa por Constantino y Licinio, merced al llamado impropiamente Edicto de Milán, pone al Cristianismo en situación de igualdad frente a las otras religiones y es el paso previo a su transformación en religión oficial del Imperio en virtud del Edicto de Tesalónica de 380. A partir de Teodosio el Imperio se convierte en un Estado confesional: la religión es impuesta por el poder público a sus súbditos, al tiempo que prohíbe el paganismo, clausura o destruye sus templos, persigue la herejía, etc.
La confesionalidad del Imperio determina: 1º. La institucionalización de la Iglesia, cuyo aspecto de comunidad espiritual de fieles pasa a segundo plano al desarrollarse la institución pública. La integración de la Iglesia en el sistema político de Roma determina: a) nuevas y más favorables condiciones para la evangelización de la población, con el aumento subsiguiente de las conversiones.
b) la configuración de una jerarquía eclesiástica sobre la base de la división administrativa imperial -metropolitanos en las provincias, obispos en las ciudades- a la que el Imperio reconoce una cierta competencia administrativa (tuitio) y jurisdiccional (audiencia episcopalis). c) la creación de un patrimonio eclesiástico, merced a las oblaciones de los fieles y la liberalidad de los emperadores, que, aunque perteneciente a la comunidad, es administrado con total libertad por el obispo, al tiempo que disfruta de inmunidad fiscal, dispensa de cargos curiales, etc.
d) la creación de un patrimonio eclesiástico, merced a las oblaciones de los fieles y la liberalidad de los emperadores, que, aunque perteneciente a la comunidad, es administrado con total libertad por el obispo, al tiempo que disfruta de inmunidad fiscal.
2º. La confusión entre sociedad política y religiosa que lleva implícito el problema del poder supremo, que los emperadores se reservan en última instancia (cesaropapismo). El dominus del Bajo Imperio es un monarca absoluto que ejerce un poder de origen divino y que a partir de Constantino, en unas ocasiones a requerimiento de la jerarquía, en otras por propia iniciativa, se atribuye un amplio derecho de intervención en las cuestiones no sólo disciplinarias -expulsa clérigos, depone y destierra obispos e incluso papas, sino también jurisdiccionales -castiga delitos religiosos como el sacrilegio-, e incluso doctrinales (convoca concilios cuya actuación orienta, da fuerza legal a sus decisiones, publica encíclicas, etc.).
La nueva Iglesia, surgida de la proclamación política de la confesionalidad cristiana, pese a su desarrollo institucional, se encuentra en una situación de tutela, de la que se librará a través de un doble proceso, que le lleva a definir sobre bases totalmente distintas, tanto los principios teórico de su relación con el Imperio, como el ámbito y las condiciones en que ejerce su autoridad el Pontificado.
La Iglesia, que con san Pablo había elaborado por primera vez una doctrina de la dualidad de reinos y obligaciones, inicia con san Agustín (354-430) una nueva orientación doctrinal, que conducirá, en última instancia, a la subordinación del poder temporal.
La naturaleza humana, orientada hacia su creador según el plan divino, no puede, de resultas del pecado original, cumplir su destino sin antes reconciliarse con Dios, a través de la mediación de Cristo.
El hombre necesita por tanto justificarse, realizar la justicia, momento en que san Agustín pasa sin transición de la idea paulina de la justificación a la jurídica de la justicia -Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi (Ulpiano), Iustitia est aequitas, ius unicuique tribuens pro dignitate cuiscusque (Cicerón)- para afirmar que, puesto que la aspiración de la comunidad humana es la realización de la justicia, toda sociedad para ser legítima debe estar orientada al fin último de la justificación -suprema justicia- de sus miembros. De aquí arranca la imagen de las dos ciudades, la de los justos o justificados y la de los pecadores.
Mientras san Agustín aún admitió la legitimidad de toda sociedad organizada y su derecho a exigir la obediencia del cristiano, tanto por su origen divino como por estar regida por la providencia, sus epígonos, limitándose al fundamental planteamiento realizado por el obispo de Hipona, terminaron por absorber el Estado en la Iglesia.
La teoría de las dos espadas, elaborada por el papa Gelasio (492-96), que contiene implícitamente una afirmación de superioridad pontificia señala el tránsito a las tesis del agustianismo político defendido por Gregorio Magno (590-604), base de la concepción ministerial, es decir condicionada, del poder político (el poder temporal al servicio del reino celestial), tesis renovada por los tratadistas postcarolingios (Jonás de Orleáns), Hincmar de Reims).
Paralelamente a un desarrollo doctrinal cuyas posibilidades de aplicación son en principio muy remotas, tiene lugar un proceso institucional del que surgirá una Iglesia centralizada en torno al primado de Roma, liberada de la tutela imperial y con su centro de gravedad en Occidente.
La autoridad pontificia se establece a través de un dilatado proceso histórico, que conduce de la primacía de honor de la sede de san Pedro a un ejercicio eficaz de sus atribuciones. Las primeras manifestaciones de una legislación pontificia aparecen inmediatamente después del Edicto de Tesalónica con las decretales de Siricio (384-99), y poco antes Dámaso (366-84) había formulado por primera vez de manera rigurosa la doctrina del primado romano basado en el Tu es Petrus (Mateo XVI, 18), evolución contrapesada por el desarrollo paralelos de la supremacía de Constantinopla en Oriente (c. 28 del Concilio de Calcedonia de 450).
La obra de Dámaso de Siricio será continuada por sus sucesores entre los que destaca Inocencio I (401-17), iniciador de una política de centralización basada en el primado jurisdiccional, que no logra ser reconocido en un texto legislativo secular hasta el edicto Certum est (445) en que Valentiniano III establece la supremacía de Roma sobre la Iglesia Occidental, sin que el pontífice logre por ello ver siempre reconocida su autoridad, debido al intervencionismo imperial. La afirmación del primado de Roma coincide con las invasiones germánicas que, al producir una total desarticulación del sistema de comunicaciones, dejaron al pontífice aislado (la conversión de los godos en el III Concilio de Toledo tardó cuatro años en llegar a conocimiento del papa).
Al mismo tiempo las invasiones provocaron un sensible retroceso de las fronteras del mundo cristiano y aun en aquellos lugares donde el cristianismo logró mantenerse, se constituyeron auténticas iglesias nacionales bajo el control de los monarcas germánicos.
El proceso subsiguiente de recuperación es el resultado de la acción conjunta del pontificado, que encuentra en esta parte del mundo menor resistencia a sus pretensiones jurisdiccionales, y de la difusión del monacato que, surgió en Oriente, adquiere en Europa sus características de comunidad religiosa ordenada.
Difundido por san Jerónimo durante su estancia en Roma (382-385), en que se propagó el ideal ascético de san Antonio no recibirá su precisa configuración hasta la creación de la abadía de Monte Casino, como madre de la orden benedictina, a la que san Benito dotará en 534 de una Regula monachorum, que, frente a la arbitrariedad de la vida penitencial oriental o la libertad de los monasterios occidentales, define un estilo de vida religiosa caracterizado por la permanencia de los monjes del monasterio y el equilibrio de una vida en que alternan de manera precisa la ascesis, la lectura, el trabajo manual y el reposo, todo ello bajo la dirección del abad, a cuya voluntad vivirán sometidos los monjes.
El proceso de evangelización de Occidente posterior a las invasiones, promovido por Roma y confiado frecuentemente a los monjes, conducirá a la aparición de una Iglesia más grande, por su extensión territorial y su población, vinculada inmediatamente al pontífice y que comparte una común cultura a merced a una red de escuelas monacales y catedralicias que imparten una misma enseñanza (trivium y quadrivium) que, aunque inspirada en la tradición cultural de la Antigüedad, aparece ya como muy distante de la parte oriental del Imperio.
La figura más representativa de esta labor es el pontífice Gregorio Magno (590-604), que reconstruye el patrimonio de san Pedro, origen de los Estados pontificios, escribe la Regula pastoralis que servirá como modelo de gobierno episcopal y logra vincularse de manera directa a los monjes irlandeses, que representan en este momento el grupo religioso más activo, tanto en el terreno pastoral como en el cultural.
La fase final del proceso de independencia institucional de la Iglesia se produce con su accesión al rango de poder temporal autónomo. La causa del conflicto con el Imperio tiene su origen en las disposiciones tomadas por León III Isáurico contra la iconolatría.
La respuesta de Gregorio III conducirá a la excomunión de los iconoclastas (Concilio de Roma del 731), que no impedirá a Constantino celebrar un concilio iconoclasta y desencadenar una campaña contra el culto de imágenes. En estas circunstancias los lombardos inician una nueva expansión territorial y cuando el pontificado no encuentre apoyo en Constantinopla se volverá a los francos en busca de ayuda.
El papa Zacarías había legitimado en 750 el golpe de estado que llevó a Pipino al trono de Francia y, dos años después, Esteban II acudía a Ponthion para solicitar la ayuda de los francos y Pipino restablecerá y ampliará el poder temporal del pontífice, momento en que se elabora la apócrifa Donación de Constantino.
Años después, la doble crisis del Imperio (Irene suplanta a su hijo en el trono bizantino) y del pontificado (León III es expulsado de Roma), determina la intervención de Carlomagno (carta de Alcuino de 799), quien restablece al pontífice y será coronado emperador en la Navidad del 800 a través de la ficción de la acclamatio del pueblo de Roma.
La recién conseguida independencia de la Iglesia frente al Imperio bizantino no resolvió el problema por cuanto coincidió con la renovatio imperii, que restablece un imperium chistianum de Occidente cuyo titular asumirá como los bizantinos la doble función de rex y sacerdos, doctrina que se refleja en el carácter de los missi dominici, persona moral compuesta por un obispo y un conde, y en la aparición, junto a la civil, de una legislación eclesiástica emanada del emperador (capitularia mundana y ecclesiastica), lo que pone de manifiesto el replanteamiento del problema del cesaropapismo...
Sigue buscando, los libros encierran grandes tesoros; el libro de José Ortega Gasset LA REBELIÓN DE LAS MASAS, es muy interesante. Es una visión del futuro de nuestra sociedad mundial.
Pensar mucho en esta frase del Evangelio en este tiempo es muy importante: <<¿Qué le importa al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?>> Agustín sintió que una voz le decía: <<Toma y lee>>, e interpretó que era una invitación a leer la Biblia. San Agustín solía decir: <<La mejor manera de encontrar la verdad es buscarla en Dios>>. Agustín nació en Tagaste, una ciudad del norte de África, en el año 354.
Los padres de Agustín tenían una casa, algunas pequeñas tierras y una viña. El padre no era cristiano; trabajaba en el ayuntamiento y se preocupaba de que su hijo tuviera una buena educación. La madre sí era cristiana e, incluso, santa; se la conoce como santa Mónica. Ella dio a conocer el cristianismo a Agustín y a sus dos hermanos.
Agustín era un niño inteligente y travieso. Según fue creciendo, se fue aficionando cada vez más al estudio. A los dieciséis años, quiso ir a Cartago para estudiar, pero sus padres no podían afrontar los gastos. Agustín se aburría, se juntó con malas compañías y comenzó a llevar una vida muy desordenada. Esto hacía sufrir mucho a su madre. A los diecinueve años leyó El Hortensio, un libro de un famoso escritor llamado Cicerón, que le impresionó mucho.
Ese libro le hizo comprender lo importante que era buscar la verdad.Entonces se unió a un grupo de gente que formaba la secta llamada de los maniqueos. En esta secta permaneció diez años, hasta que se dio cuenta de que en ella estaba perdiendo el tiempo.
En su afán por encontrar la verdad, Agustín fue a Roma, donde trabajó como profesor; más tarde, se trasladó a Milán. Aquí se hizo muy amigo del obispo san Ambrosio, que lo animaba a continuar en su búsqueda de la verdad y a encontrarla en Jesús. Agustín empezó a sentirse atraído por el cristianismo, pero tenía muchas dudas y no se decidía a hacerse cristiano.
Un día, estuvo hablando con un amigo suyo de alguien que l había dejado todo (familia, dinero y fama) y se había ido al desierto para dedicarse a la oración. A Agustín le parecía digno de admiración y pensaba que él sería incapaz de hacer lo mismo.
Cuando se fue su amigo, Agustín sintió que una voz le decía: <<Toma y lee>>, e interpretó que era una invitación a leer la Biblia. La abrió al azar y leyó este pasaje de la carta de san Pablo a los romanos: <<Os invito a portaros bien; nada de comilonas ni borracheras, nada de riñas ni envidias... Revestíos más bien de Jesucristo y vivid como Él os enseñó...>>. Estas palabras le llegaron al alma; sintió que algo se removía dentro de él y tomó la firme decisión de hacerse cristiano y de dedicar toda su vida a Dios.
Agustín se preparó para recibir el bautismo junto con su hijo y un grupo de amigos. Lo recibieron la noche de Pascua de Resurrección. Agustín se sentía inmensamente feliz, igual que su madre, que asistió al bautismo de su hijo y de su nieto, aunque murió poco tiempo después. El recuerdo y el ejemplo de su madre acompañaron a Agustín durante toda su vida.
Agustín decidió regresar a África para vivir allí. Vendió las propiedades que tenía y repartió el dinero entre los pobres. Únicamente se quedó con una casa para vivir con su hijo y un grupo de amigos. Su ideal era vivir como los primeros cristianos, formando una comunidad donde todos vivieran unidos en la oración y compartieran sus bienes como hermanos.
Cuando Agustín tenía treinta y siete años, el obispo de Hipona, muy anciano, le pidió que aceptara ser sacerdote y fuera su ayudante. Agustín aceptó y fue ordenado sacerdote. Cuatro años más tarde murió el obispo y Agustín fue designado para sucederle.
Durante sus treinta y cinco años de obispo, Agustín vivió de la manera más sencilla, sin ningún lujo, ayudando a los más pobres, escribiendo cartas y libros y predicando la palabra de Dios.
Agustín solía decir: <<La mejor manera de encontrar la verdad es buscarla en Dios>>. También hablaba mucho del amor y de la importancia de la amistad. Decía: <<No se puede ser feliz sin amigos>> ; <<Ama y haz lo que quieras>>.
Estos pensamientos están escritos en sus diferentes libros, los cuales tuvieron mucha influencia en su época. Entre sus libros más importante destaca las Confesiones, donde narra su vida desde niño hasta que fue obispo y la importancia que tuvo Dios en ella.
Poco a poco, su vida se fue agotando. Murió cuando tenía setenta y cinco años, justo el día en que los bárbaros ocupaban la ciudad de Hipona. <<La mejor manera de encontrar la verdad es buscarla en Dios>>, mira en tu corazón y verás a Dios y a los Ángeles de Luz.
Cada historia personal, como la historia de la humanidad, pone muchas veces de manifiesto caminos bloqueados, senderos inadecuados, encrucijadas sin salida. El pecado y la soberbia enturbian la visión de la verdadera felicidad, de la vida auténticamente humana. Obstaculizan, y hasta pueden ahogar, el impulso genuino que lleva a salir de uno mismo a para encontrarse con Aquel que está más adentro de nosotros que nosotros mismos.
Cuando nos dejamos llevar por el amor que procede de Dios, y Dios ha dejado plasmado en el corazón humano, a Dios buscamos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, porque sólo en Dios está la razón última a nuestras necesidades de vida y felicidad. Sólo Dios es la respuesta que no puede defraudar nuestras expectativas. Dios, en su Trinidad inconmensurable, en su plenitud de vida y de amor, puede llenar todos las células del corazón humano, creada para eso: para participar de la misma vida de su Creador; y recreado para llenarse de la fuerza del Espíritu vivificante, en la fidelidad a las enseñanzas del Hijo del Padre, El Eterno, El Santo Benditos Sea, El Rey del Universo, El Creador de todos los seres vivientes y de sus necesidades, El que vivifica las almas de todos los seres vivientes, El Todopoderoso que vivifica todos los mundos visible y los invisibles, que toma nuestra misma condición humana para que seamos completamente suyos por medio de la verdad.
Buscar y conocer a Dios es indudablemente la tarea más sublime, más cualificada, más importante de cuantas nos es dado realizar en esta tierra de peregrinación. Más aún, es la que debe informar todas las demás con el fin de que sean eficaces para la salvación universal.
El deseo de Dios puede convertirse en un suspiro que embarga el ser en su totalidad, en la única realidad capaz de dar sentido a la vida. <<Mi alma tiene sed de Dios>>, dice el salmista, del Dios vivo.
<<Como busca la cierva corrientes de agua, así, Dios mío, te busca mi ser. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?>> (Salmo 42, 1-2).
(Busca un buen terapeuta que te ayude a abrir los Registros Akáshicos. Es abrir el Libro de la Vida, y ahí verás a Jesucristo, a San Miguel y todos tus guías espirituales. Jesús es el Maestro, es Dios El Eterno. Pide permiso y se abrirá tu corazón, prueba y busca.)
Este deseo puede ser tan grande, tan vehemente, que nada es capaz de frenarlo cuando a uno/a le empuja hacia el encuentro con Dios. Ya no se miden los espacios ni los tiempos, tampoco las horas, los días o los años. También se es consciente de que el esfuerzo de la búsqueda no es óbice para que el encuentro con Dios siempre sea pura sincronicidad divina. Dios se hace encontrar y se da a conocer cuando quiere y como quiere. (Dentro de poco veremos a Jesús dando saltos, danzando al son de la música moderna por las calles.)
Al alma le basta saber que todo lo que hace es nada cuando lo que busca es el todo, Dios, que ya se ha manifestado en su amor. Por eso busca anhelante, pero sin angustia. Camina siempre, aunque sin ansia. El deseo de encontrar, de conocer, de amar; la mueve con suavidad y energía a un mismo tiempo. Sabe que no se mueve en busca de tierras desconocidas o sensaciones fuertes. No se siente cautiva de una ideología, o aspira a conocer los secretos de una ciencia. Le atrae la misma Sabiduría y no el saber; el Verbo, no una idea; el Espíritu, no una erudición. No es algo, sino alguien. Es Dios, esencia y perfección infinitas, Alfa y Omega, origen y razón de todo lo creado. En este camino, la imagen busca su arquetipo y la creatura a su Creador.
Porque Dios, en su magnificencia creadora, desea comunicar su vida, su bondad y su amor. Por eso es nuestro hábitat natural si queremos crecer y madurar, si queremos ser nosotros mismos. En Dios vivimos, porque Él nos crea. Y sólo en Él puede descansar verdaderamente nuestra vida, afirma el archimandrita Sofronio. Ésta es la verdadera <<autodeterminación>> de toda persona humana.
Lo importante en este tiempo, es tener por nuestra parte una actitud orante y humilde para acoger lo que llega con el corazón abierto. Hay que librarse, por lo mismo, de cargas y fardos inútiles, llevando a cabo el triple discernimiento propuesto por san Máximo el Confesor. Es decir, no quedar atrapados por la letra, la superficie y los sentidos, que empujan hacia abajo, para acoger al espíritu, al logos y a la inteligencia, que introducen en el conocimiento de Dios, la fuente de aguas vivas y la luz que nos hace ver la luz (sfr. Sal. 35, 7-10). Buscar a Dios pone de manifiesto el deseo de vivir en Dios, que es amor y nos amó primero (c.fer. 1 Jn. 4, 7-10). Amar es conocer: Cuando los discípulos rogaron a san Basilio Magno que les hablara del amor de Dios, él se expresó con estas palabras:
<<¿Hay algo más admirable que la belleza divina? ¿Existe un pensamiento más cautivador que el de la prodigiosa grandiosidad de la belleza de Dios? ¿Qué deseo amoroso del alma es tan penetrante y tan extraordinario como el que Dios infunde en el alma purificada de toda malicia para que pueda afirmar con toda sinceridad. <<estoy herida de amor>>? (Cant. 2, 5). El mundo de hoy necesita buscadores de Dios. Debes saber, que casi todas las almas, por las experiencias vividas en las vidas anteriores <<están heridas de amor de Dios>>. Una herida que nos lleva a buscar incansablemente al amor que no defrauda. Muchas personas se sienten tristes, deprimidas por causas sin resolver, ... viven lo que dicen: <<La noche oscura del alma>>, un ser peregrino que anhela unirse a su alma gemela; esto es una gracia de Dios, poder conocer al alma gemela. Dios los une para construir el Nuevo Mundo, piensa.
Hasta cuando así Dios lo quiera. Señor, bendice y certifica la obra de nuestras manos. Hoy, te ruego que tengas misericordia del mundo y de toda la Creación, sobre todo de tus criaturas humanas y animales. Te pido, Señor, que se cumpla Tu voluntad en mí y en todos los que me rodean. No para huir corriendo, sino para construir la Nueva Sociedad con Palabras de Verdad y Justicia Divina en esta Tierra. Señor: ¡Paz y alegría universal! Amén.
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