LA VIDENCIA EN BUSCA DEL PASADO REMOTO CREA LA EXPERIENCIA DEL MISTERIO DEL FUTURO DE LO PORVENIR
No pretendo asombrar a ningún hijo de Dios, o del Universo, o de la Tierra como ustedes prefieran denominarse. Ya sé que soy una recolectora de textos de los sabios que nos han precedido, y así los quiero mostrar, dando mi toque mágico; nuestros antepasados que han escrito sobre la actividad que se desarrolla en el mundo, la Experiencia, ha creado lo más prodigioso: el Misterio. Ha sabido hacer oscuro su camino a su propia vista. Ha compuesto el mundo fenoménico con medios tales como el olvido, la distancia, la debilidad de los sentidos, las proyecciones y los conflictos de cada espectador. La Experiencia ha triunfado al reconocer que se desconoce. Se ha convertido para sí misma en objeto de intriga. ¿Acaso podemos nosotros, con la forma de nuestro espíritu, imaginar un universo enteramente acabado? La ciencia del abuelo decía <<sí>>. Los mejores científicos de nuestros días dicen <<no>>. ¡Que bien estaba ordenado el mundo en la belle époque! No me refiero solo a la estabilidad política, económica y social. Se trata aquí del Universo de los sabios. La Física parecía haber alcanzado su fin y su cumbre. Los planetas obedecían a las reglas de Newton, lo mismo que las manzanas, las bolas de billar o los granos de arena. Cada cuerpo se movía dentro de la órbita que le había sido asignada por la mecánica clásica. A nosotros nos importa sólo conocer la posición exacta de cada átomo, su masa, su velocidad y la dirección de su movimiento. Con ello, todo está hecho. En aquel tiempo se trataba de causas y efectos. Aquel Universo en el que reinaba el determinismo, aquel Universo tan estable como la renta francesa, ¡ah, qué consolador era para el sentimiento de inseguridad del hombre! Algunos filósofos se lamentaban..., pero, ¿cuándo no se lamentaban los filósofos? En el seno de esta cosmogonía mecanicista, los pensamientos eran sólo epifenómenos indignos de un pensador serio. La reacción de la medida sobre el objeto medido habría parecido inverosímil antes de la mecánica cuántica. Hoy sabemos que sólo lo verdadero es inverosímil. El observador modifica el fenómeno observado. La disimetría de hecho tiene razón contra la simetría de derecho. <<La clarividencia no es una enfermedad vergonzosa>>.
Cuando tiene miedo de un fantasma, el hombre que se considera serio exclama: <<¡soy cartesiano!>>, como si blandiera un amuleto. Y precisamente este cartesiano que se oculta en el regazo de una madre es al que habría que pedirle certificado médico y los documentos de identidad. Freud -que, sin embargo abrió tantas puertas a lo inconsciente- tardó diez años en admitir el simple hecho de la telepatía. Siempre honesto, no duda en admitir que esta repugnancia era debida <<al miedo de que la teoría científica universal quedase amenazada por ello>>. Pero, ¿cómo es posible que una teoría pueda ser más preciosa que un hecho? Más he aquí que el comienzo de siglo empieza a prepararnos suavemente para lo irracional. Por tanto, la Ciencia ha podido abandonar la prisión caresiana sólo gracias a una nueva visión filosófica. <<Las palabras permanecen>>. Pero lo que designan queda disuelto en la niebla. Nadie sabe ya lo que es materia. Nadie sabe ya -nadie sabe ya, o quizá no lo sabe aún, o tal vez no lo sabrá nunca- lo que es el espíritu. Después de todo el mundo no se haya tan ordenado como se cree. Y esto es verdaderamente terrible para el sentimiento de inseguridad de los occidentales. Menos obsesionados por la angustia, los microfísicos son los más aptos para aceptar lo irracional. Heisenberg afirma: <<Hoy, lo único realmente científico es la imprecisión.>> ¿No se encuentra aquí la misma intención que en el <<embruteceos>> de un Pascal? Más aún que einstein, Heisenberg sacude los cimientos de la seguridad occidental cuando enfoca las ecuaciones de incertidumbre. En un átomo se pueden conocer tanto el desplazamiento de un electrón como su velocidad, pero jamás las dos cosas a la vez. ¿Conocemos su velocidad? Entonces ignoramos su desplazamiento, porque mientras calculamos, se ha movido. (¿No se trata acaso del ridículo desafío de Aquiles y la tortuga, ¡oh, Zenón de elea!?) Si situamos el emplazamiento de un electrón, no sabemos su velocidad. De todas formas, el experimentador perturba el objeto al que se acerca. <<Según los físicos de la Escuela danesa, cada plano corresponde a ciertos dominios de la actividad y de la afectividad. Hay subjetividad no sólo del conocimiento, sino también del Universo. El mundo físico se revela ahora como un juego de apariencias superpuestas. ¡Cuán cerca se halla esta idea de la maya de los hindúes! A esta reducción de nuestro Universo a un <<subjetivismo prababilista>> se adhirieron todos los congresistas bueno, casi todos. Sólo se opusieron a ello un dominico muy tomista y el delegado de la URSS. El indeterminismo cuántico era para ellos una píldora imposible de tragar. <<Veamos -había dicho el buen padre-: Esos torbellinos, esos micrones que describen ustedes son, a fin de cuentas, una especie de materia, ¿no es así?>> ¿Y quién apoyó al buen padre? Pues, aunque ustedes no lo crean ¡el soviético!
Los físicos daneses habían respondido que los microobjetos podían ser un estado de ánimo del experimentador, y que nada en microfísica nos estimularía a calificar como torbellinos unos materiales que eran más bien elementos afectivos. El dominico y el ruso se aferraron a la materia de la misma forma que los niños aprehenden fuertemente un puñado de arena que se les escapa de los dedos. <<(Eran tantos los libros, los documentos que su familia había recopilado sobre Napoleón, que su casa era un constante ir y venir de investigadores que se zambullían en legajos y manuscritos para escudriñar y sacar a la luz la vida pública e íntima del pequeño gran corso. Max también tenía sangre corsa en sus venas y sus antepasados habían seguido a Jay Gould: <<Dadme tiempo y haré una fortuna>>. ¡Oh, Max ha seguido a su padre y a su abuelo, es un agente de la Bolsa! Era huérfano y vivía rodeado de muebles Imperio en un palacete con su esposa, Miguela, y su abuela. La anciana, a pesar de su avanzada edad, 93 años, era capaz de recitar las mejores poesía de todas las antologías sin parpadear. Francisca poseía en sus archivos multitud de recetas y menús de la época napoleónica que le habían dado a la anciana para editar un curioso libro en el que además de las recetas de los grandes cocineros, recetaba plantas medicinales, que lo curaban casi todo, desde las migrañas a las colítis, las ulceras, obstruciones intestinales o el mal de amores.
Max había alquilado una destartalada oficina, lejos del palacete. Una fría mañana de noviembre se hallaba sentado, solo, era un joven de rostro demacrado, pálido y ojeroso, que contemplaba desde su ventana, la salida del sol. Había permanecido despierto durante toda la noche y frente a él se apilaban varias tazas de café. Se encontraba sumido en la angustia, como si hubiera tocado el fondo de un estrecho pozo, que le estaba ahogando. Sentía frío, la caldera no funcionaba, llevaba días esperando a los técnicos para que les instalara un moderno aparato, era un hombre austero, muy ahorrativo. Su oficina era desoladora, apenas tenía muebles, un sillón y varias sillas, una sencilla mesa de escritorio. Con eso le bastaba, puesto que apenas paraba en la destartalada oficina. En una pared había varios cuadros, no había títulos, ni de abogado ni de economista; Max no tenía ningún título académico, sólo había estudiado lo esencial, y con eso le bastaba porque era un lince para los negocios. La ventana, daba a una calle muy tranquila, el brillo del sol traslucía multiplicandose en los limpios cristales. Sobre el escritorio se amontonaban los libros de cuenta, papeles amarillentos se acumulaban sin orden ni concierto sobre la sencilla mesa. El joven seguía sentado en silencio. Al despuntar el sol, se inclinó hacia delante para encender la televisión. Una joven presentadora, meneo la cabeza de un lado a otro para ajustar su visión y comenzó a leer las estadísticas, de los difuntos y enfermos por la pandemia de Covid 19. Max permaneció inmóvil, pero en sus ojos asomó la tristeza, había un extraño brillo, en los ojos de la joven presentadora, como si un fuego interior hubiera despertado a la vida. Era una mirada aterradora, que Max hubiera querido no mirar, que muchos tenían motivos para desear olvidar. Max se detuvo mirando la televisión solo unos minutos; luego salió hasta una pequeña terraza, donde enciende un cigarrillo, se asustó, la ventana dio varios golpes al abrir la puerta que daba a la terraza se hizo un remolino de aire, una extraña corriente recorrió el pequeño cuarto, entonces cruzó la estancia y cerró la ventana. Con gran cautela, encendió su ordenador y allí que se calmó, varios mensajes recibidos con grandes noticias, sus inversiones han subido por las nubes. ¿Pero cómo es posible? La oferta y la demanda estaba paralizada, pero sus negocios eran de andar por casa. Inversiones siempre rentables: Farmacia y energías.
Max acumulaba tanto dinero, que no sabia ni que hacer. Por eso acudía a un centro de Yoga, para meditar, para llenarse de espiritualidad. Las noticias le resultó inquietante por dos motivos. En primer lugar, notó un lento y pesado zumbido en los oídos cuando escuchaba los datos tan violentos que daba la presentadora, y un tipo muy famoso un mago en los ordenadores y científico, había muerto por Covid 19. Lo había conocido un día en el banco. Le había dicho en ese primer encuentro la famosa frase de: R. H. Tawney: <<Un mercado de dinero organizado tiene muchas ventajas, pero no es una escuela de ética social ni de responsabilidad política.>> A la mañana siguiente se volvieron a encontrar, y así durante sucesivos días se fueron haciendo amigos. Se sentaban en una cafetería a tomar zumo de naranja, se fue desarrollando una gran amistad. Fran era, el auténtico mago de las ciencias, de las matemáticas que había desarrollado varios programas de los primeros ordenadores. En su corta vida se había convertido en una de las figuras punteras del procesamiento de datos. La mayoría de las personas que trabajan con ordenadores han leído sus obras en un momento u otro. Pero, a Fran, lo había conquistado Max, con su maravillosa biblioteca, sobre los libros recopilados sobre Napoleón. Max, solía invitar a su amigo a degustar los exquisitos platos que preparaba su anciana abuela... Otro día trataré de mejorar los cuentos, quiero hacer relatos cortos, para no aburrir a nadie, y así tampoco me canso yo.
¿Recuerda esta frase?:
<<La disciplina de las máquinas
elimina los cimientos de la Ley y orden sobre los
que se basa la empresa comercial.
¿Qué puede hacerse para salvar a la humanidad civilizada de
la vulgarización y la desintegración forjadas por la
industria de las máquinas?>>.
The Machine Age
Thorstein Veblen.
Yo quiero tener fe en los hombres y mujeres
Confianza en la gente que administran dinero
Porque, Señor, Dios, yo te he visto en mi casa
Y quiero con todas mis fuerzas volver a verte
Quiero creer que te volveré a ver solo o acompañado
Te ví, sí que te ví, cuando estaba desesperada y sola
Eran tus ojos limpios como dos luceros mañaneros
Comprendo ahora que todo lo malo nos ocurre por
las viejas culpas, lo sé sin velos, lo sé porque lo veo
Quiero creer en los gobernantes de ahora son buenos
Quiero tener absoluta confianza en que despierten
Que comprendan que de nada sirve acumular dinero
Limpia de cieno los ojos cansados de los viejos egoístas
Devuelveles aquellas puras sensaciones del amor primero
El aire se ha vuelto puro y transparente sin humos de hidrocarburos
Ya todo asombra y todo se está enterrando en las viejas sombras
Tu que pusiste las frescas gotas de la sabiduría en su cabeza y olvidan, y debajo dejan correr la miel y la hiel rebosando el miedo. Ya Jesús, padrecito y hermano, Dios, y Salvador el redentor nuestro. Ya Hijo del Hombre, los desahuciados de la Tierra lloran sus penas. Ya basta, ¡basta ya de tanta barbarie! y debajo de la piel se escribe. Escrito está la devoción de los hombres al trabajo en los talleres. Familias derrotadas, puramente mal administrados todos los recursos. Y el abandono es tan absoluto que ya nada asombra de estos incautos. Guerra en el horizonte marroquí, guerras en África son sin fin y que fin y oscuro lastran los plomos de los fusiles y quieren volver en pateras, buscando la tierra del rocío y de la gente alegre, y que venda tienen en los ojos, y que pesan los párpados con esas transparencias. La vida es una novela nostálgica y cómica y nada tiene de gracia aquí, rebelión de piojos ingratos, que no saben como pican en el brazo; porque yo Señor, yo te he visto, y yo te ruego que los demás te vean para que en Ti crean, y quiero creer en Tu bondad y en Tu paz, y que yo quiero y deseo creer en los hombres y mujeres de Fe.
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